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DAVID PAVÓN CUÉLLAR Y MARÍA LUISA VEGA
PRESENTACIÓN
Lucha eperrista es una presentación con la que el
Centro de Documentación de los Movimientos Armados inaugura su aporte
en el conocimiento de una causa generalmente desconocida: la lucha armada
en América Latina. Desde el Centro trabajamos en ese sentido, no ya
en defensa de causa alguna sino para volver accesible el pensamiento de quienes
decidieron enfrentar con las armas al Estado.
“¿Cómo asombrarse de que el EPR dispare sus fusiles si
únicamente son sus disparos y no su palabra –pero sí la
palabra que el gobierno mexicano esgrime acerca de ellos– lo que los
medios eligen para propagar como noticia?”, retumban las palabras captadas
en el trabajo de María Luisa Vega y David Pavón Cuéllar
que aquí presentamos, quizá como premonición y verdad
irrefutable de una realidad que busca abrirse paso para no concluir arrasada.
No obstante, esta sentencia no es exclusiva de los grupos armados mexicanos
actuales, con la clara excepción del EZLN, sino que alcanza a la mayoría
de las organizaciones insurgentes armadas latinoamericanas.
Una de las virtudes del presente trabajo es el tiempo que toman las entrevistas
y la forma como se realizaron. Una parte presencial y otra por vía
electrónica, que sirven para ir desentrañando paulatinamente
el ideario eperrista a través de una poco ortodoxa ordenación.
Sin embargo, los temas abordados no parecen dejar nada librado al azar ni
pregunta sin responder. Conocer y desmitificar: he aquí dos de las
claves fundacionales, facetas imprescindibles, de Lucha eperrista. La negación
informativa y la distorsión de los sucesos es otro de los escollos
que enfrentan, donde pronunciar su palabra también está negado
como parte de la política oficial: quienes se atrevan a alzarse en
armas les depara la solución militar. Recluidos así en el anonimato
son orillados a radicalizar sus acciones y propuestas, y no convertirse en
invisibles ante los ojos sociales. En el comienzo del escrito, como una suerte
de observación participante, ya descubre su importancia: debido a rígidas
condiciones de seguridad que observan estas organizaciones, llegar hasta el
núcleo es una verdadera odisea, incluidos los riesgos que implican
concretar este objetivo.
Quizá de allí se desprende una parte fundamental de su valor.
Las dimensiones que adquiere a partir de las distintas y largas entrevistas
en pos de conocer lo que hasta hoy ha permanecido oculto, o de acuerdo con
las propias palabras de un eperrista: “esta entrevista informal, desordenada,
medio psicológica, es posible que revele otras facetas de nuestra personalidad,
facetas desconocidas...”.
En esta ocasión particular todos los temas parecen abordarse, pues
los autores traslucen que aquello que no se reproduce a través de los
grandes medios de comunicación sencillamente no existe. Y como validación
sirve el ejemplo de los zapatistas porque la dimensión y trascendencia
que adquirió el alzamiento evitó que ese paupérrimo ejército
de indígenas chiapanecos no fuese aniquilado aquel lejano y frío
enero de 1994.
Jorge Lofredo
CENTRO DE DOCUMENTACIÓN DE LOS MOVIMIENTOS ARMADOS
http://usuarios.lycos.es/cedema
Septiembre de 2005
INTRODUCCIONES
Tres introducciones para un mismo libro. Y por si fuera
poco, aquí, precediéndolas, una introducción a las introducciones.
Todo esto es sumamente anormal. Nuestros lectores merecen una inmediata explicación.
Justifiquemos en primer lugar esta introducción a las introducciones,
justifiquémosla diciendo que existe para justificar, por un lado para
justificar la pluralidad de las introducciones, pero por otro lado para justificarse
también a sí misma en su calidad de introducción a las
introducciones.
Aclaremos en segundo lugar el hecho de que hayan tres introducciones. Si hay
tres y no una, es porque en realidad, contra lo que parece, hay aquí
tres libros, tres y no uno. Al igual que nuestros alegres lectores, que acabarán
de percatarse ahora -mientras leen- de que han comprado tres libros por el
precio de uno, al igual que ellos, nosotros, en el colmo de la felicidad,
nos acabamos de percatar ahora -mientras escribimos- de que fueron tres los
libros que escribimos por el esfuerzo de uno. Tres libros completamente distintos,
que no coinciden ni en sus condiciones de publicación ni en su naturaleza
ni en sus funciones: uno que tendría que haberse publicado en 1999,
otro en el 2000 y otro más en el 2001; el de 1999 introducido en Francfort,
el del 2000 en Oporto y el del 2001 en París; el primero, el fatalista
de actualidad, aspirando a ser una iniciativa por la paz y contra la ignorancia;
el segundo, el más comprometido y el menos ambicioso, resignándose
a ser un modesto escaparate para la exhibición verbal; y el tercero,
el casi académico, estimándose como una valiosa fuente historiográfica.
Espero que alguno de nuestros libros, alguno por lo menos, se amolde a cada
uno de nuestros lectores, a cada uno de los que imaginamos como lectores:
al realista que gira en el torbellino de las últimas noticias, en el
único día que existe, en el hoy; al sensible que no deja de
correr tras el sueño de un mañana mejor, el único día
por el que puede hacerse algo, el único en el que los sueños
se hacen realidad; al racional que se detiene, toma sus distancias y analiza
lo que ocurre cuando ha ocurrido, siempre antes de ser analizado, siempre
en el pasado, en el ayer, en el único día sobre el que no ignoramos
todo. Los tres lectores son bienvenidos. Sus tres lecturas son igualmente
válidas. Los eperristas luchan tanto en presente como en pasado y en
futuro.
Los tres tiempos se han conjugado en el presente libro.
1. Francfort, 1999: Iniciativa por la
Paz y contra la Ignorancia
El martes pasado, en una flamante mansión decorada con gusto exquisito
y según las veleidades campestres y artesanales de la última
moda, tuve el honor de cenar con ciertos amigos que pertenecen a la más
prometedora, optimista y joven aristocracia de México. Entre ellos
se encontraban un francés, un estadounidense y sus respectivas esposas,
aparentemente criollas (es preciso insistir en el "aparentemente",
puesto que ante las damas adineradas latinoamericanas jamás se está
seguro si el aspecto criollo proviene de la casta, del azar o de los prodigiosos
poderes de la cirugía plástica). Después de charlar en
el salón principal acerca de pacientes neuróticos y demás
frivolidades relativas a nuestra profesión de psicólogos -pasatiempo
ejercido como profesión obviamente no por ellos sino sólo por
ellas y por mí-, subimos unas escaleras para sentarnos en torno a una
mesa redonda desde la que se gozaba de una magnífica vista panorámica
sobre el vestíbulo y los interiores menos
íntimos de la casa. En dicha elevación tan privilegiada, y mientras
saboreábamos un vino chileno y los platillos europeos que nos eran
servidos por una muchacha de rasgos indígenas, se desarrolló
un largo debate que verdaderamente desearía borrar de mi memoria, pues
tuvo el efecto muy lamentable de irritar a mis gentiles anfitriones, pero
al que habré de aludir en esta ocasión, violentándome
sin clemencia, dado que resulta indispensable conocerlo para comprender cabalmente
la más grande virtud que asignamos al presente libro, a saber, la de
contribuir a la paz disipando la ignorancia. Tal vez mis lectores vayan a
maravillarse cuando se hayan enterado, en este preciso momento, de que los
tópicos debatidos con mis amigos giraron todos en torno al problema
de la guerrilla en México. Juro solemnemente que yo no fui el culpable
de que haya sido abordado tal problema en un ambiente como el descrito, un
ambiente, sobra decirlo, en el que no se aspiraban otros aromas que no fueran
los de la más pura honorabilidad, con lo cual resultaba de la más
inapropiado para albergar escabrosas cuestiones de carácter revolucionario.
Lo que probablemente ocurrió fue que mis buenos amigos, al percatarse
de que me amargaban sus minuciosas alusiones a las inmensas fortunas de sus
otros amigos más afortunados que yo -entre ellos algunas renombradas
figuras de la política mexicana-, consideraron un gesto encomiable,
oportuno y de muy buena educación, cambiar de tema y solicitar mediante
insistentes preguntas mi dictamen del día acerca de un asunto que suele
interesarle a los mexicanos de escasa fortuna.
Mis amigos y yo nos dispusimos, pues, a disertar acerca de la guerrilla en
México. Tal vez si un sujeto como yo no hubiera estado presente -un
sujeto que no es capaz de abominar todo lo que se debe a las guerrillas de
su país-, la velada podría haber sido elegantemente revolucionaria,
cordialmente revolucionaria, sin convertirse en el altercado verbal que tanto
lamento. El caso es que algún atolondrado preparó la tragedia
invitándome a cenar y algún otro atolondrado precipitó
su desenlace dirigiéndome imprudentes preguntas sobre el Ejército
Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) y el Ejército Popular
Revolucionario (EPR). Mis respuestas, debo reconocerlo, fueron tan imprudentes
como las preguntas. En un rústico arranque de sinceridad, ataqué
aquello que yo perfectamente sabía que los contertulios defenderían
a ultranza, esto es, la historia de una violencia practicada por indios tontitos
y analfabetas manipulados por titiriteros inteligentes -léase blancos
y metropolitanos- con intereses ocultos. En lugar de confirmar esta historia,
la cual no carece ni de sentido común ni de lógica interna,
cometí el despropósito de exteriorizar una interpretación
de los hechos que será sabiamente menospreciada por los más
distinguidos entre mis lectores mexicanos. Esta interpretación, compartida
por algunos otros candorosos románticos, hace referencia a ciertas
acciones violentas motivadas por la desesperación, bastante justificadas
como defensa propia, y perpetradas por indígenas y blancos y mestizos
-por humanos sólo humanos- con tanta inteligencia y tan manipulables
como esos blancos de raza pura y nacidos por gracia de Dios en la ciudad o
en el extranjero.
La reacción de mis ofendidos amigos no se hizo esperar.
A un tiempo todos me acometieron con mayor o menor ímpetu, según
fuera su propia identidad, su experiencia pretérita y su interés
personal en la materia. La ofensiva más rápida provino de la
anfitriona de la casa, una señora de abolengo - heredera de grandes
extensiones de tierra en la Huasteca-, la cual, en un temerario movimiento
táctico, decidió conducir el combate al terreno de la reforma
agraria y remató sus razonamientos con la arrolladora conclusión
de que "los indios lo perdieron todo por apendejarse y ahora no pueden
tener justificación para quitárselo a quienes lo han ganado
con su trabajo a lo largo de tantos años". Acto seguido, fui embestido
en otro flanco por el impertérrito estadounidense, el cual alegó,
con pésimo acento y excelente vocabulario, que "a los indios se
les debía educar en lugar de soliviantarlos" y que "la violencia
no estaba justificada en ninguna circunstancia". La esposa de este último
agresor,
una joven mujer a la que siempre he admirado por su franqueza y su honestidad,
se limitó a expresar un sinnúmero de ideas impenetrables con
movimientos de cabeza indescifrables y balbuceos ininteligibles, aunque pocos
minutos después, dentro de su automóvil, me confesó,
asestándome un golpe que me subyugó y me dejó sin aliento,
que a su juicio todos los problemas de México emanaban del hecho patente,
"sin duda una de las justificaciones de la guerrilla", de que las
mujeres se dejaban embarazar con excesiva frecuencia y facilidad, razón
por la cual, ella, actuando consecuentemente, seguía la norma de "nunca
dar limosna a las Marías que nomás piden dinero en las esquinas
y que si uno les ofrece trabajo nunca lo aceptan". Finalmente, con el
veredicto del avispado galo, que fue tan sencillo como abrumador, se consumó
el glorioso triunfo de mis adversarios: "muy probablemente haya justificaciones
para la guerrilla, pero no se conocen con exactitud, así que mejor
disfrutemos de estos momentos y olvidémonos de los zapatistas y los
eperristas". Ciertamente los sofisticados y bien estructurados juicios
de mis amigos han sido simplificados, aunque no con ánimo de ridiculizarlos,
sino involuntariamente, como consecuencia de mi precaria memoria y de mi aún
más precario entendimiento. No obstante, lo esencial que me he propuesto
demostrar lo he demostrado, y es que todos estos juicios, tan habituales en
la más alta y culta sociedad mexicana, descansan en un completo desconocimiento
de las argumentaciones -reales o ficticias- con las que explican los propios
guerrilleros su opción por la violencia. Alcanzo a recordar que a lo
largo de nuestra discusión, una y otra vez, fui interrumpido con recatadas
exhortaciones para que revelara las razones, las inimaginables razones, con
las que osaría justificar algo tan nocivo y depravado como el EPR y
el EZLN. Esta específica ignorancia de mis amigos no invalida sus juicios,
puesto que su competencia en la versión oficial de la historia es grande
y erudita, casi tan grande y erudita como la competencia de los guerrilleros
en la versión subversiva. Los juicios de mis amigos, digámoslo
de una vez, poseen tanto fundamento como los juicios de los eperristas, pero
aun en el caso de que no lo poseyeran, no por ello tendrían menores
posibilidades de ser verdaderos (todos sabemos que entre los seres humanos
la verdad es una cosa bastante arbitraria que no suele estar condicionada
por nada externo a ella, ni siquiera por la realidad a la que se remite).
Lo único de lo que cojean los juicios de mis amigos,
los cuales no porque cojeen han de ser declarados inválidos, es, repito,
aquella ignorancia casi total con respecto a las argumentaciones con las que
la propia guerrilla explica su existencia. Dicha ignorancia puede ser censurable
hasta cierto punto en el caso de los zapatistas, considerando la gran divulgación
de la que han sido objeto las palabras del subcomandante Marcos; no obstante,
en el caso de los eperristas, incurriríamos en una grave injusticia
-tan grave como las denunciadas por la guerrilla- si condenáramos a
aquellos ciudadanos que se han preocupado por adquirir un periódico
todas las mañanas, que han buscado siempre con avidez las notas que
conciernen al EPR, y que al final, invariablemente, han terminado leyéndose
de cabo a rabo las mismas opiniones y noticias baratas acerca de los disparos
de la guerrilla. A estos pobres ciudadanos, entre los que se cuentan mis opulentos
amigos, no se les ha permitido comprar jamás, a ningún precio
y en ningún sitio, ni en Coyoacán ni en Los Angeles ni en Madrid,
las palabras de los eperristas, sus propias palabras, sus propias y valiosas
justificaciones para los disparos. La culpa de la situación descrita,
seamos contundentes, no es de los que no están informados sino de los
que no informan.
En México y en el mundo, los periodistas han optado por seleccionar
las noticias que suministran acerca del EPR de acuerdo a los rigurosos criterios
impuestos por la Secretaría de Gobernación o por algún
otro ente abstracto.
De este modo, los medios autodenominados informativos han llegado a ser desinformativos
hasta extremos insospechados. Ellos y sólo ellos son los culpables
de la insuperable ignorancia de quienes lamentan la ignorancia de aquellos
analfabetas que nunca ignoran tanto como los asiduos lectores de la mayor
parte de la prensa escrita... ¿Cómo asombrarse de que el EPR
dispare sus fusiles si únicamente son sus disparos y no su palabra
-pero sí la palabra del gobierno mexicano acerca de
ellos- lo que los medios eligen para propagar como noticia? ¿Con qué
derecho condenar las manifestaciones violentas de inconformidad si no se han
abierto, ni siquiera en los medios más informativos de México
y del mundo, unos espacios que sean suficientemente vastos para manifestar
la inconformidad de manera pacífica?
Para liquidar sin guerra una guerra primero hay que entender la guerra que
no es lo mismo que disculparla-, escuchar a los guerreros, tolerar su palabra,
comprender por qué hacen la guerra. En este sentido es válido
afirmar que el presente libro es una iniciativa para la paz y contra la ignorancia.
Dentro de él resuenan las palabras del EPR, sus razones para tomar
las armas y sus exigencias para dejarlas, es decir, las causas supuestas de
la guerra y las condiciones posibles para la paz.
Ni María Luisa ni yo aspiramos a desencadenar un proceso de diálogo
y negociación con nuestra insignificante iniciativa. Inclusive presentimos
que ni siquiera las cuatro personas con las que cené la noche del martes
modificarán sus convicciones al descubrir todo lo que el EPR tiene
que decirles. No nos sorprendería que las palabras de los guerrilleros
fueran descalificadas por estar unidas a la violencia, o bien que fueran despreciadas
como una sarta de mentiras o de excusas vacías, y que al final, en
uno y otro caso, terminaran deslizándose por la superficie impermeable
de aquellas corazas medievales con las que franceses escépticos, norteamericanos
pacifistas y mexicanas temerosas se protegen y protegen a sus familias contra
cualquier amenaza para su bienestar zedillista.
Los argumentos con los que el EPR justifica su opción por la lucha
armada pueden ser rechazados, ya sea parcial o totalmente, pero mejor sería
que antes de ser rechazados fueran conocidos. Contribuir a este conocimiento
será el propósito de las siguientes páginas. En ellas
se presentará por primera vez la versión íntegra de una
dilatada entrevista que ha tenido lugar durante los últimos ocho meses
en el ciberespacio. A fin de complementar esta entrevista, que no será
bien recibida por quienes todavía estén aferrados al mundo real,
daremos aquí parte de una segunda entrevista que se realizó
en este viejo mundo, específicamente dentro de una lóbrega casa
de seguridad del EPR, hace apenas dos días, esto es, la misma semana
de la cena a la que me he referido en los párrafos anteriores. Sin
duda le divertirá a mis pacientes lectores saber que en esa casa de
seguridad, mientras desayunaba en compañía de los eperristas,
un yo perverso desconocido por mí, quizás aguijoneado por aquel
travieso antojo infantil de mortificar a monstruos y gigantes, le relató
brevemente a uno de los entrevistados el debate que sostuve con mis amigos
aristócratas. Después de haberme escuchado, mientras jugueteaban
sus dedos con la tela de su capucha, el temible guerrillero estalló
en una breve carcajada, y luego, con voz triste -demasiado triste como para
seguir sin afectación a la risa precedente- comentó:
- Mucha gente, como esos amigos tuyos, no sabe nada de nosotros, y es por
eso que desconfía, y que al final, por más que se resista, acaba
creyendo en las mentiras que dice el gobierno. Es necesario que esa gente
nos escuche. Por ahora no vale la pena discutir. Nomás se pierden los
amigos y no sirve para nada. Antes de discutir se necesita saber algo de lo
que se discute, y la gente no sabe casi nada, o lo que es peor, sabe muchas
cosas que no son ciertas y con las que nos calumnia el gobierno. Antes de
esas discusiones tenemos que ser escuchados. Mientras tanto, ni siquiera existen
elementos que permitan a la mayoría de la gente hablar sobre nosotros...
¿Cómo se va a juzgar al EPR si ni siquiera se sabe lo que piensa?
¿Cómo se va a hablar de paz si ni siquiera se sabe lo que demandamos?
La última pregunta que nos plantea nuestro estimado encapuchado, resume,
con laconismo y claridad indignantes, la idea que me he esforzado por transmitir
-al parecer ociosamente- a través de esta larga y oscura introducción.
El presente montón de papel impreso, permítanme insistir en
ello, representa una verdadera iniciativa para la paz y contra la ignorancia.
Después de leer todas las siguientes páginas, sólo después
de leerlas todas, nuestros lectores, entre los cuales desearíamos que
se encontrasen los belicosos partidarios de la revolución o del exterminio
de la guerrilla, sabrán lo que demandan los eperristas y habrán
adquirido el conocimiento mínimo imprescindible para poder hablar acerca
de la paz. Y no olvidemos que la paz, como todo lo demás en nuestra
complicada y cotorra civilización, debe de hablarse antes de hacerse.
Para despejar presunciones policiacas, y evitar así uno de aquellos
peligrosos malentendidos de los que se derivan en México un sinnúmero
de molestias -entre amenazas, interrogatorios, torturas, encarcelamientos
y homicidios-, es preciso aclarar que nuestra única relación
con el grupo guerrillero se limita a las mencionadas entrevistas. Nuestra
única relación, entiéndase bien, ha consistido en un
intercambio de preguntas y respuestas cuyo fin es exclusivamente periodístico.
La relación es pura y fría y superficialmente periodística.
No existe con los transgresores de la ley relación de ninguna otra
índole, ni política ni militar ni solidaria ni económica.
Nosotros no somos ni asesores ni portavoces ni colaboradores de este grupo
clandestino, sino una rara especie de periodistas comprometidos con la verdad
y con la paz, aunque sólo aficionados, emergentes e inexpertos.
Es necesario destacar, además, que María Luisa y yo diferimos
sustancialmente de los planteamientos eperristas, los cuales nos desconciertan
casi tanto como los que sostienen mis cuatro amigos aristócratas (a
cuyas reuniones me temo que no volveré a ser invitado). Nuestra apreciación
general, simplona como la de todos los mexicanos que viven en Europa y fatalista
como la de todos los periodistas comprometidos con la verdad y con la paz,
es que los diferentes sectores de la sociedad mexicana se han polarizado y
radicalizado hasta el absurdo, hasta ese absurdo que a veces precede al caos
y otras veces a la dictadura. Entre los polos, entre los dos bandos de radicales,
se abre poco a poco un abismo de incomunicación que intentamos llenar
con libros como el presente. Unos claman por el exterminio de las guerrillas.
Otros aspiran al derrumbe del actual gobierno. Por nuestra parte, en el medio,
no queremos ni la revolución ni la dictadura, ni pertenecemos al partido
de los explotados ni al de los explotadores, ni tampoco al de los subversivos
ni al de los conformistas. Pretendemos, con nuestras iniciativas de paz, ser
unos más entre todos los intermediarios que ya existen. Esta vez, considerando
que la palabra de una parte ya se había difundido lo que le correspondía,
quisimos dar la palabra a la otra parte, a la que nadie o casi nadie ha escuchado
todavía. Esa parte debe tener derecho a conducirse verbalmente, civilizadamente.
Si le negamos ese
derecho, las conductas salvajes, rugidoras y atronadoras serán inevitables,
y la guerra será inevitable, y nosotros, María Luisa y yo, trabajamos
precisamente será inevitable, y nosotros, María Luisa y yo,
trabajamos precisamente para evitar la guerra.
Las charlas que acompañaron a una cena tan exquisita como tediosamente
mundana, disfrutada en una elegante mansión de Tecamachalco, y a un
desayuno tan revolucionario como típicamente mexicano, vivido en una
humilde casa de seguridad del EPR, terminaron de convencerme, poco antes de
partir de la Ciudad de México, de que una obra como ésta podría
ser un medio idóneo para contender a distancia y en abstracto, sin
que corriera una sola gota de sangre, contra la ignorancia de los cultos aristócratas
que habitan en los barrios menos mexicanos de la capital mexicana, y así,
conciliando mediante el conocimiento al mundo con México y a la elegancia
con la humildad y a los exquisitos de arriba con los típicos de abajo
y a lo tedioso que se disfruta con lo revolucionario que simplemente se vive,
la obra podría ser también un granito de arena en el empeño
colectivo para sosegar y avenir a la particularmente dividida y enardecida
sociedad mexicana. Después, en algún pasillo del aeropuerto
internacional Benito Juárez, se me ha ocurrido la idea de aclarar dicho
propósito desde la introducción. Finalmente, dentro de un Boeing
747, encima de las Nubes y de Groenlandia, me he sentido inspirado para escribir...
Ahora, pocas horas después de aterrizar en Alemania, estoy a punto
de concluir una introducción para un libro que nunca se publique...
(D. P., Francfort, 20 de enero de 1999)
2. Oporto, 2000: Modesto escaparate para
la exhibición verbal
Se publicará el libro, con retraso -¡vaya retraso!-, pero se
publicará.
Mucho es lo que ha ocurrido en México durante el tiempo que se ha retrasado
la publicación. Ha surgido un nuevo grupo armado autodenominado Fuerzas
Armadas Revolucionarias Populares (FARP), se han registrado nuevas acciones
del EPR, ha llegado al poder un presidente panista y el PRI se ha convertido
en segunda fuerza. No se ha detenido la historia para esperarnos.
El curso de los acontecimientos nos ha rebasado y sabemos que ya no podremos
alcanzarlo. En estas condiciones, lo mejor será quedarse aquí,
rezagados, avanzando a nuestro paso, no lamentando el rezago, sino aprovechándolo
para soñar, para volar por encima del presente y mirar al futuro, mirarlo
desde atrás, desde donde mejor se mira el adelante. A este libro, tan
felizmente retrasado, lo preceden ya tres artículos: («O EPR
cercado polo siléncio», en Outrasvozes, número
11 de noviembre de 1998. Durante 1999 se publicaron «Aproximación
al Ejército Popular Revolucionario», en Resumen Latinoamericano,
número 39 (enero); y «EPR, EZLN, ERPI, sem espaços democráticos
de participaçom política pacífica», en Abrente,
número 13, del mes de julio y una breve selección («Ciberentrevista
a periodistas europeos » en el boletín clandestino El Insurgente,
número 21 correspondiente al mes de mayo, editado por el propio EPR),
que han divulgado parcialmente, con toda celeridad, la entrevista que se llevó
a cabo en el espacio virtual. De la otra entrevista, la que ha tenido lugar
en una casa de seguridad, no se ha querido adelantar hasta hoy ningún
fragmento. Se ha preferido presentarla entera de
una sola vez. Si la hubiéramos revelado poco a poco, citando en ocasiones
diferentes pasajes aislados y descontextualizados, para exponer la posición
eperrista con respecto a uno u otro asunto, su aportación informativa
habría sido escasa y de carácter un tanto ambiguo y contradictorio,
mientras que su contenido vivencial, en el que a nuestro juicio reside su
principal valor, se habría perdido casi por completo al romperse la
unidad de la experiencia subjetiva.
Precisamente al contenido vivencial, que no es fácil abarcar en un
pequeño artículo, se ha consagrado toda la primera parte del
libro, intitulada Personajes, tiempos y escenarios, en la que se hizo un esfuerzo
enorme para describir los escenarios en los que transcurrió la entrevista,
retratar a los personajes entrevistados y narrar en el tiempo nuestra experiencia,
lo que vivimos, sentimos y pensamos cuando entrevistábamos. Luego,
en la segunda parte, que titulamos Palabras leídas y oídas,
incluimos fragmentariamente lo informativo, lo no vivencial, esto es, nuestras
preguntas a los eperristas y las respuestas que leímos en la pantalla
de una computadora o que oímos dentro de una casa de seguridad... ¿Y
qué nos propondremos hoy al transcribir informaciones y vivencias relativas
al EPR? ¿Seguiremos acaso abrigando el noble propósito de contribuir
a la paz disipando la ignorancia? ¿Nos habremos rezagado tanto que
ya perdimos de vista la realidad actual y hasta la realidad a secas, total,
natural, intemporal? Casi dos años después de la extravagante
introducción del 20 de enero de 1999, que salió de una cabeza
perturbada por la reclusión todavía demasiado reciente dentro
de una casa de seguridad y por dos noches sin dormir y por una buena cantidad
de vodka en las nubes, el presente libro ha dejado ya de representar para
mí algo tan sumamente útil y trascendental como una iniciativa
contra la ignorancia humana y por la paz universal. No deseo ya con él
ilustrar ni apaciguar a ninguna víctima de ninguna ignorancia. Me propongo,
simplemente, permitirles a los eperristas lo que se les ha permitido muy pocas
veces, a saber, decir lo que tengan que decir. Tal vez sean ignorados, y entonces
no habremos avanzado gran cosa contra la ignorancia, o tal vez no sean ignorados,
pero el efecto de su palabra sea otro muy diferente del esperado, pensemos,
por poner dos casos extremos, en la decisión de algún lector
de engrosar las filas eperristas o en la reafirmación en otro lector
de su odio acérrimo hacia unos sujetos que sólo tienen a su
juicio cosas odiosas que decir.
Habiendo puesto los pies en la tierra y habiendo caído al fin bajo
el benéfico influjo de la sensatez de María Luisa, me resigno
a ser con ella un modesto escaparate para la exhibición verbal, un
simple medio para que los eperristas, por su cuenta y riesgo, se exhiban a
su manera, con sus palabras, frente al siempre imprescindible público
espectador. Y lo de ser un simple medio no debe malinterpretarse. María
Luisa y yo somos bien conscientes de que los medios condicionan los fines,
de que los eperristas no sólo se mostrarán a su manera con este
medio, sino también a la manera del medio, a nuestra manera, a la que
les hemos impuesto con nuestras preguntas, así como con el ordenamiento
y la elección y la nunca suficientemente mesurada corrección
estilística de sus respuestas, pero sobre todo con mi exposición
de lo vivencial en la primera parte. Sin embargo, debe concedérsenos
que también los eperristas - ¡no faltaba más!-, por lo
menos a través de todas las palabras suyas que hemos trascrito literalmente
-que son la gran mayoría-, disponen aquí de una oportunidad
sin precedentes para mostrarse a su manera, como ellos aseguran que ellos
son, y para cuestionar aquellas otras afirmaciones acerca de lo que son
que ellos juzgan como erróneas o engañosas o un producto de
incomprensiones o malentendidos. Los eperristas, en efecto, intentarán
persuadirles a ustedes, queridos lectores, de que no son ni unos terroristas
sin base social, como rezan las declaraciones oficiales; ni los malos entre
los guerrilleros, como ha sugerido el gobierno al compararles con los zapatistas;
ni unos luchadores por la toma del poder, como les ha caracterizado el subcomandante
Marcos; ni servidores de fuerzas ocultas en el seno del narcotráfico
y de los sectores más duros del gobierno, como todos hemos sospechado
en algún momento; ni el último estertor de las viejas guerrillas
de los setentas, como han sentenciado los especialistas en la materia; ni
unos trasnochados que están fuera de contexto y que no han sido informados
sobre la caída del muro y sobre tantos otros cambios sustanciales en
el mundo contemporáneo, como lamentan los consternados intelectuales
post-marxistas y post-modernos que todo lo saben. Los eperristas, como es
de esperar, aseguran que no son nada de esto. Ustedes podrán creerles
o no creerles y creer que mienten. Ellos se esforzarán por convencer
de que son sinceros y hablan con la verdad. Ustedes podrán ser tan
incrédulos como ustedes quieran. Ellos serán tan insistentes
como se les permita ser, tan insistentes como las páginas que se lean.
Ustedes serán los que decidan cuándo callar a los insistentes,
cuándo cerrar el libro. Nosotros nada tendremos que ver en este duelo
a muerte entre ustedes y ellos. A lo sumo seremos una especie de padrinos,
los padrinos de ellos, no los de ustedes, pues en este duelo a muerte ya sabemos
por anticipado que sólo ellos podrán ser los muertos, no ustedes,
que ni siquiera precisan de arma, sino que sólo requieren armarse de
un poco de paciencia, o de impaciencia si es que desean que la sangre corra,
que sea la sangre la que corra, la sangre y no la tinta.
(D. P., Oporto, 25 de junio del 2000)
3. París, 2001:
Valiosa fuente historiográfica
No ha corrido la sangre. Tampoco se ha firmado la paz ni se ha disipado la
ignorancia. Todo México está en suspenso,como hipnotizado, con
los ojos fijos en su encantador primer mandatario. Los que no han caído
en el hechizo, como los zapatistas y los eperristas, se dedican a matar el
tiempo de la mejor manera que pueden, los unos viajando en caravana por la
República y los otros organizando un Congreso Nacional y disputando
con sus disidentes.
La tensa calma foxista, esta pausa en la historia, este aparente no pasa nada
que no sea el presidente, nos ha servido a nosotros, a María Luisa
y a mí, para serenarnos y charlar de la actualidad mexicana tan despreocupadamente
como si fuera la Francia decimonónica: - ¿Pasará Fox
a la historia como un Napoleón o como un Napoleón III? -me pregunto
preguntándole a María Luisa. Ella me responde sabiamente, sin
responder: - Como ninguno de los dos. Nadie puede pasar a la historia como
alguien más.
- Lo que me pregunto es si en el futuro se le venerará o se le despreciará...
- En México nunca se sabe, si los napoleones hubieran sido mexicanos,
tal vez del primero nadie se acordaría, mientras que el tercero tendría
su billete, su avenida, su delegación en el DF y su monumento en Reforma.
- No digas eso -protesto indignado-, la historia es tan injusta en Francia
como en México.
María Luisa, familiarizada con el síntoma de susceptibilidad
patriótica que suele afectar a los mexicanos en Europa, me ve con ojos
burlones, pero de inmediato recuerda que la discriminación positiva
de los países del primer mundo resulta políticamente incorrecta,
así que se pone seria y asiente con la cabeza.
- Tienes razón -reconoce-, la historia francesa no es menos injusta
que la mexicana. En lugar de recordar el nombre de cada uno de los cuatro
mil sublevados a los que asesinó el cabrón de Cavaignac en junio,
prefiere acordarse del inepto Luis Felipe, del afeminado Lamartine, del imbécil
Napoleón III y hasta de un asesino como Cavaignac.
- Se tenía bien merecido que meara sobre su tumba en Montmartre - agrego
con voz orgullosa.
- El único acto verdaderamente revolucionario de tu vida -declara despreciativamente
María Luisa.
- ¿Y la entrevista con los eperristas? -replico.
- Ellos son los revolucionarios. Tú no eres más que un payaso
que no sabe creer en nada.
Entonces comprendo que ha llegado el momento de poner en su lugar a María
Luisa:
- Igual que tú -exclamo señalándola con el dedo-, además
se te olvida que muchos payasos que ni siquiera creían en la revolución
murieron en las barricadas, ebrios, cantando...
- Pero ellos iban a las barricadas.
- Yo fui a una casa de seguridad -me defiendo.
- Nosotros no nos jugamos la vida como ellos -prosigue María Luisa
como si no hubiera escuchado mi defensa-, ni estamos cerca de los revolucionarios,
sino que nos quedamos aquí, en Europa, bebiendo Burdeos -lo dice llevándose
la copa de vino a sus labios- y haciendo gala con los amigos de nuestras aventuras
underground con la guerrilla. Esas aventuras no son para nosotros más
que un decorado más para nuestras personas, una experiencia intrascendente
para hacernos los originales, pero sólo jugamos, no creemos en lo que
hacemos ni ponemos en riesgo nuestras vidas. Y lo más duro es que la
historia prefiere
acordarse de gentes como nosotros que de los eperristas, de los que no conocemos
ni siquiera sus nombres, ni sus caras, ni sus vidas, ni sus opiniones individuales.
Ellos, anónimos, pura masa, contándose por miles en México
y en el mundo, ellos son el combustible de la historia y deben morir para
serlo.
Ello son los que llenan las fosas comunes, los que mueren por miles, como
en junio del 48 en Francia, y ellos son los que morirán en México,
y nadie se acordará después de ellos, ellos que son de lo más
real que está pasando en nuestro país...
- En nuestro país no existe otra cosa que no sea Fox. Sólo existe
aquello de lo que se habla, y en México no se habla más que
del presidente. Para que los eperristas existan habría que hablar de
ellos, nombrarlos, y ni siquiera tú podrías decirme el nombre
de las decenas de eperristas que han muerto. En cambio, te aseguro que puedes
nombrar centenares de frivolidades sobre Fox, por ejemplo, esas botas que
le regaló a Bush. En nuestro mundo, un par de botas existe más
que un par de eperristas encarcelados o muertos o en peligro de muerte. Y
la historia no les hará justicia a estos eperristas...
- Es decir -precisa María Luisa-, a una de cosas más reales
que existen y que están pasando en nuestro país...
- Te haces ilusiones -le contesto-, probablemente antes, cuando atacaban con
mayor frecuencia los cuarteles militares, poseían algo de existencia
real, aunque nunca tanta como las botas de Bush. Pero ahora no. Los eperristas,
como casi todos los de abajo, deben matar si quieren existir, pues sólo
matando se les nombrará y se hablará de ellos. Nadie se da cuenta
de que a los eperristas se les está obligando a matar. Sólo
matando existen, y sólo existiendo pueden luchar por lo que desean
y conseguirlo. Mientras que el gobierno y los medios informativos sigan ocupándose
de frivolidades foxistas, y silenciando los comunicados y las demás
palabras eperristas, ese gobierno y esos medios informativos estarán
obligando a los guerrilleros a existir y luchar por otros medios que los verbales.
- Y por más que se les obligue a matar -añade María Luisa
con una sonrisa irónica-, los eperristas se resisten y optan por seguir
emitiendo comunicados, organizando congresos y respondiendo entrevistas.
- Sí, optan por los medios verbales, pero nadie les hace caso, de modo
que no existen...
- ¡Y nosotros los haremos existir gracias a nuestro libro! -exclama
carcajeándose María Luisa.
- Eso mero.
- De modo que seremos como dioses, seremos los creadores de los eperristas,
ellos serán nuestras criaturas...
Y María Luisa continuó burlándose de mí en los
mismos términos, mientras que yo, resignado a no ser nunca tomado en
serio, me ensimismé reflexionando acerca de las capacidades ontogenéticas
de una fuente historiográfica tan valiosa como la presente.
(D. P., París, 21 de junio de 2001)
PRIMERA PARTE
Personajes, tiempos y escenarios
Cada uno de los apartados en los que se dividirá esta primera parte,
la de los cuándos y dóndes y quiénes, se ocupará
de un momento específico de la entrevista, de alguno de los sitios
en los que ésta se ha realizado, así como de aquel o aquellos
eperristas, o verdaderos o supuestos, o reales o virtuales, que han participado
en ella.
El tiempo que habremos de recorrer abarca más de cuatro años,
desde mayo de 1997, once meses antes de que empezara la entrevista, hasta
julio del 2001, cuando tuvimos que despedirnos definitivamente de nuestros
entrevistados. Entre los escenarios que reconstruiremos, que no son más
que aquellos que se nos ha permitido reconstruir, estarán los de una
casa de seguridad, los de algunas calles de la ciudad de México y hasta
los que rodeaban a computadoras en París, Oporto y Santiago de Compostela.
En cuanto a los personajes, a los que haremos desfilar uno después
de otro, no sabemos nada sobre ellos, ni de dónde salieron, ni cuál
es su verdadero nombre, ni por qué accedieron a ser entrevistados por
nosotros... En fin, para que se tenga una idea precisa de nuestra ignorancia,
debemos confesar que no estamos enterados ni siquiera de
cuántos fueron los entrevistados.
El presunto eperrista Javier: Sabiduría y sagacidad
Corría el mes de mayo de 1997. Yo consagraba casi todo mi tiempo al
libro Zapatismo y contrazapatismo: cronología de un enfrentamiento,
que escribí con la colaboración de Mariola López. Las
investigaciones documentales se hallaban ya para entonces prácticamente
rematadas, gracias a la heroíca perseverancia de Mariola, que malgastó
un millar de tardes recluida en una hemeroteca. Había llegado el momento
de reunir testimonios de toda suerte de sujetos cuya opinión, a nuestro
juicio, fuese valiosa para comprender el conflicto en Chiapas. Con este fin,
entre los meses de abril y de agosto, llevamos a cabo
unas treinta entrevistas, de las cuales integramos algunos fragmentos a nuestra
cronología, bajo la denominación de visiones retrospectivas,
después de los episodios a los que se referían. Entre dichas
entrevistas, una de las que mejor recuerdo, tanto por la misteriosa identidad
del entrevistado como por las extrañas circunstancias que me condujeron
a él -más fortuitas e imprevistas que buscadas por mí
deliberadamente-, fue la que realicé al presunto eperrista Javier;
y es preciso hacer hincapié desde ahora en su condición de presunto
eperrista, pues los eperristas inequívocamente eperristas, a los que
empecé a entrevistar casi un año más tarde, pusieron
en duda que Javier fuera efectivamente un miembro de su organización.
¿Era Javier un eperrista o un charlatán? Si era un vulgar charlatán,
¿con qué objeto se expuso al enorme peligro de hacerse pasar
por eperrista? Y si era un verdadero eperrista, ¿por qué no
me confirmaron luego sus compañeros su militancia en la organización?
Tal vez porque había sido eperrista y ya no lo era, pasando a ser un
erpista, lo cual parece admisible si consideramos que residía en el
estado de Guerrero. Aunque también cabe pensar que la organización
no haya quedado totalmente satisfecha con sus opiniones, las cuales, por lo
demás, fueron expresadas por Javier a título personal, insistiendo
una y otra vez en que no hablaba ni en nombre del EPR ni en calidad de eperrista.
Nosotros, los tramposos de este lance, aprovechándonos de una situación
tan sumamente ambigua -en la que un entrevistado que asegura pertenecer al
EPR nos advierte que sus palabras nada tienen que ver con su pertenencia al
grupo armado y al mismo tiempo no impone prohibición alguna sobre lo
que podemos y no podemos decir al respecto-, lo presentamos en el libro como
un miembro del EPR, calibrando el gran peso que adquirían sus palabras
al vincularlas a la organización armada, incrementando con este gran
peso el insignificante peso de nuestro libro, pero dando lugar tal vez al
muy comprensible descontento de la propia organización.
Haya ocurrido lo que haya ocurrido, y fuese quien fuese Javier, lo cierto
es que sus conocimientos sobre la situación política mexicana,
en especial los relativos a la guerrilla y al conflicto chiapaneco, eran extraordinariamente
profundos, más profundos que los míos y que los de la mayoría
de las personas a quienes había entrevistado, muchas de las cuales,
hay que tenerlo en cuenta, eran especialistas o activistas de tiempo completo.
Charlando con Javier un rato, apenas unas dos o tres horas, aprendí
tanto como si hubiera leído varios libros sobre los temas que tocaba.
Su erudición política de actualidad, por llamarla de algún
modo, era comparable a la de los más prestigiosos analistas, investigadores
y catedráticos. Pocos eran los últimos sucesos de la tragedia
mexicana del poder, la representada en el escenario público, de los
que no estuviera enterado y sobre los que no se hubiera formado una opinión
cuya lucidez habría dejado estupefactos a los más entendidos
en la materia. Sin embargo, además de su erudición con base
hemerográfica o bibliográfica, sus noticias acerca de trapicheos,
maquinaciones y gran variedad de fechorías ocultas en el seno del gobierno,
si es que verdaderamente reflejaban la realidad, sólo eran equiparables
a los secretos de cualquier alto funcionario del gobierno. Por si fuera poco,
a sus hondos conocimientos y a sus penetrantes opiniones, se sumaban unas
intuiciones geniales y unas predicciones que entonces me parecieron disparatadas
y que al paso del tiempo se han visto confirmadas, entre ellas, por nombrar
únicamente la más impresionante de todas, la concerniente al
triunfo del PAN en las elecciones del 2000:
- En los setentas y ochentas, cuando el mundo se estaba ya derechizando, América
Latina era una tierra todavía fértil para las revoluciones.
Los ideales de la izquierda, los únicos ideales en toda la amplitud
de la palabra, tardaron aquí más en erosionarse. Lo vimos en
El Salvador y en Nicaragua y en otros lugares. Fue por eso que a Cárdenas
le fue tan bien en el 88. Esa fue su última oportunidad, y la perdió
por tarugo. Luego se cayó el muro de Berlín, y México,
a la cola del mundo, se fue inclinando a la derecha, se fue volviendo panista,
cada vez más panista. Lo vimos en el 94 y lo vamos a volver a ver en
el 2000. Si el PRI no gana en el 2000, que yo creo que ahora sí ya
no va a ganar, entonces será el PAN el que gane, el PAN y no el PRD.
La izquierda perredista deberá esperar, deberá seguir esperando,
quizá hasta el 2006, o hasta el 2012, o hasta
el 3000. Por suerte estamos nosotros y el EZLN. Sólo nosotros, los
violentos, podemos acelerar el proceso, y si no hay condiciones para acelerarlo,
y fracasamos y somos asesinados por un gobierno panista o priista, que no
hay mucha diferencia, por lo menos habremos hecho menos aburrida la espera.
Javier sonrió con amargura mientras yo terminaba de anotar en mi libreta
sus últimas palabras. Luego examiné su rostro. Me esforcé
por entrever, en su sonrisa que se desdibujaba poco a poco, en su ceño
fruncido y en su vista clavada en el suelo, cuáles eran los sentimientos
de un revolucionario ante una visión tan catastrófica del futuro.
No pude entrever más que fatiga y resignación, que no eran,
por supuesto, los estados de ánimo que uno suele atribuir a los revolucionarios.
Sirva éste como un indicio más para desconfiar de la condición
de eperrista de Javier, el cual, si a pesar de todos los indicios resulta
ser un auténtico eperrista, habrá sido el único -además
de un emisario que en principio no debe ser miembro de la organización-
del que pude contemplar el rostro, un rostro maduro, arrugado, moreno, mestizo,
con unas cejas muy pobladas y unos grandes bigotes que podrían haber
sido los del señor presidente Vicente Fox, pero que no lo eran, para
bien o para mal. Los eperristas virtuales Victoria Pueblo y Francisco Javier:
Representantes diplomáticos de lo más contrario a la diplomacia
que pueda imaginarse Casi un año después de entrevistar a Javier,
y residiendo María Luisa y yo en Santiago de Compostela, comenzaron
nuestras habituales reuniones dentro del ciberespacio con eperristas virtuales,
primero sólo desde Galicia y con Victoria Pueblo, de abril a septiembre
de 1998, y luego desde Galicia o Portugal o Francia o México y con
Francisco Javier, a partir de octubre del mismo año. Se debe tener
presente que no sabemos casi nada sobre la identidad real, no virtual, de
estos personajes. Quizá detrás de ambos haya un solo eperrista
real, o quizá detrás de cada uno hayan varios eperristas reales.
Detalles como éstos los ignoramos por completo. Lo único seguro
es que detrás de Victoria Pueblo y de Francisco Javier está
el EPR, lo cual ha sido plenamente confirmado con la inserción de un
fragmento de la entrevista en el número 21 del periódico El
Insurgente, dirigido y publicado por el PDPR-EPR, así como con el encuentro
que tuvo lugar en el espacio físico, dentro de una casa de seguridad
eperrista, en enero de 1999.
Las computadoras, esas puertas por las que penetramos al ciberespacio en el
que transcurrió la entrevista con los eperristas virtuales, se ubicaron
en escenarios de lo más variado. Como una medida vana de seguridad,
empleamos siempre máquinas públicas, gratuitas o de alquiler,
por lo general en ciberlocutorios o cibercafés. Hasta octubre de 1998,
de noche o de madrugada, con un ambiente de música techno y de adolescentes
noctámbulos haciéndose por chat el amor, pagamos cien pesetas
la hora de internet en un local abierto hasta el amanecer, ubicado en un segundo
piso de Compostela, pero no en una
casona típica de la zona vieja, sino en un alto edificio de los noventas,
a un paso de la Plaza Roja, en uno de los barrios más insulsos de la
ciudad. Luego, en Oporto, entre octubre de 1999 y agosto de 2000, por las
tardes, bebiendo vermouth, trabajamos en una elegante madriguera de trescientos
escudos la hora, con servicio de bar y pantalla gigante de televisión,
todo bien escondido en un sótano de la célebre Avenida de los
Aliados. Por último, a partir de septiembre del 2000, en París,
a toda hora y siempre con poco tiempo, fueron unas ineficientes máquinas
gratuitas instaladas en los pasillos de la universidad y del metro, en la
gigantesca estación Châtelet-Les Halles, con nosotros de pie,
sudando, zampándonos unos sandwiches de Camembert-beurre, ensuciando
inevitablemente las teclas de mantequilla y siendo presionados por una fila
de cinco impacientes a nuestras espaldas. Además de estos puestos relativamente
fijos, hubieron otros de una sola vez, en casas ajenas, oficinas, bibliotecas,
universidades, aeropuertos y centros comerciales; en Madrid, Amsterdam, Francfort,
Ciudad de México, Ciudad Satélite, Huixquilucan y Naucalpan;
con silencio, jazz, salsa, risas y hasta vibraciones de aviones que despegan.
Sobra decir que nada sabemos del espacio real que hubo al otro lado, en algún
lugar de la República Mexicana, rodeando a Victoria Pueblo y a Francisco
Javier. Tampoco hemos podido enterarnos de las condiciones en las que se han
comunicado con nosotros, ¿ha sido a solas o en compañía,
en computadoras públicas o privadas, con música o en silencio?
Cuestiones tal vez carentes de importancia, pero que no dejan de excitar nuestra
curiosidad, casi tanto como la excitan los personajes en sí mismos.
Acerca de ellos, sin embargo, sí podemos saber algo más que
nada. En seguida, para que puedan adivinarse algunos rasgos de su intrigante
personalidad, al tiempo que se obtiene información relevante sobre
la entrevista, presentamos en orden cronológico una breve relación
y algunos extractos de nuestros encuentros con ellos en el ciberespacio:
Abril de 1998. Nos ponemos en comunicación con Victoria
Pueblo.
Mayo. Proponemos la entrevista. Ofrecemos difundirla totalmente con el presente
libro y parcialmente en periódicos y revistas. Planteamos un formato
con diez temas diferentes, a los que se refieren aquí los diez primeros
capítulos de la segunda parte, y dos series sucesivas de preguntas,
la segunda formulada a partir de las respuestas a la primera.
26 de Junio. Victoria Pueblo: "Sobre la propuesta, es
bastante atractiva y creemos que es viable que se lleve a cabo, sobre todo
por el formato que proponen, así como por el destino que llevará
el fruto de este trabajo. Por ello tengan por seguro que no queremos truncar
sus inquietudes."
28 de junio. Victoria Pueblo nos informa que se aprobó la realización
de la entrevista.
2 de julio. Enviamos nuestro primer cuestionario, consistente
en diez preguntas,
con las que se inician cada uno de los diez primeros capítulos de la
segunda parte. Establecemos un calendario tentativo de trabajo, según
el cual la entrevista se completaría en unas cuantas semanas.
8 de julio. Victoria Pueblo: "Deben tenernos paciencia, por los mecanismos internos de comunicación, que a veces tardan."
6 de agosto. Victoria Pueblo: "Les rogamos que disculpen la tardanza en enviar las respuestas. Estamos dispuestos a seguir cooperando, y si es necesario, tal como se plantea, responder una segunda ronda de preguntas. Les reafirmamos que estamos dispuestos, porque nuestro interés, tal como ya lo hemos manifestado, es dar a conocer de la manera más amplia nuestra lucha."
10 de agosto. Recibimos la primera serie de respuestas.
12 de agosto. Despachamos la segunda serie de preguntas, correspondientes
aquí a la segunda y tercera de cada uno de los diez primeros capítulos
de la segunda parte. Además, al margen de la entrevista, le pedimos
a Victoria Pueblo que nos hable sobre el temor de los eperristas.
12 de septiembre. Victoria Pueblo: "Debemos pedirles nuestras sinceras
disculpas por el retraso en la entrega de las respuestas a las preguntas que
amablamente nos han formulado, lo cual se debe a factores técnicos
y de tiempo, y de ninguna manera a razones de molestia o malos entendidos".
Acerca del temor de los eperristas, Victoria Pueblo expresa: "Cuando
los militantes y combatientes del PDPR-EPR decidimos luchar por justicia,
libertad, democracia, igualdad y todo aquello que represente mejores condiciones
de vida para el pueblo, sabemos que esto exige un gran esfuerzo y que podemos
sufrir la cárcel, la tortura e incluso la muerte, pues nos enfrentamos
a un gobierno represor antipopular y antidemocrático que no respeta
los más elementales derechos humanos, e indudablemente que esto causa
temor en nuestras filas, pero nos sobreponemos fortaleciendo nuestra conciencia
y convicción de la justeza de la lucha, pues día a día
crecen el hambre, la miseria y la opresión en nuestro país."
15 de septiembre. Victoria Pueblo se despide.
23 de septiembre. Francisco Javier entra en comunicación con nosotros.
Inmediatamente le escribimos: "Hay una duda básica que hasta ahora
no nos habíamos planteado: ¿Quién nos ha respondido las
preguntas? Desde luego que tenemos la certeza de que se trata de alguien del
EPR, pero no sabemos a quién debemos referirnos en nuestras publicaciones...
¿Victoria Pueblo? ¿Francisco Javier? ¿Comandante 'algo'?
Les rogamos que nos hagan saber qué nombre prefieren ustedes. Como
suponemos que todos los nombres son ficticios, para nosotros carece de importancia
cuál nombre sea el elegido, aunque preferimos uno que remita a una
persona individual y no a un grupo, lo cual dará más confianza
a los lectores (por ello quisiéramos rechazar el nombre de 'Victoria
Pueblo'). También nos gustaría preceder el nombre con algún
grado militar (comandante o mayor o cualquier otro) por razones de efecto
que ustedes comprenderán perfectamente. Desde luego que no decidiremos
nada sin su consentimiento, así que esperamos ansiosos su respuesta."
28 de septiembre. Francisco Javier: "Efectivamente, los nombres que se
usan en los correos electrónicos son ficticios, aunque el último,
el mío, el de Francisco Javier, sí es real, se trata del internacionalista
español que lucho en la guerra de Independencia: Francisco Javier Mina.
Pasando a otra cosa, ya se envió la petición que nos hiciste,
pero preliminarmente, conforme a nuestra política, las declaraciones
públicas son siempre avaladas colectivamente. El cuestionario no lo
responde en particular una comisión, sino un grupo de compañeros
de diferentes lugares y de diferentes responsabilidades, para darle un carácter
más formal, para incentivar la participación de todos los compañeros
y para impedir que siempre sean los mismos los que expresen nuestras ideas."
19 de octubre. Recibimos la segunda serie de respuestas y solicitamos una
tercera serie para "profundizar" y "cerrar de la mejor manera"
los diez temas de la entrevista.
21 de octubre. Francisco Javier nos da a conocer la disposición del
PDPR-EPR a contestar la tercera serie de preguntas.
22 de octubre. Remitimos la tercera serie de preguntas, cuarta y quinta de
cada uno de los diez primeros capítulos de la segunda parte.
26 de diciembre. Recibimos la tercera serie de respuestas.
30 de diciembre. Pedimos una entrevista fuera del ciberespacio con miembros
del EPR.
Enero de 1999. Somos guiados por Francisco Javier hasta una entrevista en
el espacio real, en la que los miembros del EPR acceden a responder, nuevamente
a través de Francisco Javier y en el ciberespacio, una cuarta serie
de preguntas, las cuales tendrían que ser formuladas a partir de "inquietudes
colectivas sobre el EPR que recogiéramos en Europa".
Febrero. Intentamos cumplir con la misión encomendada por el EPR. Preguntamos
a un buen número de gallegos, madrileños, asturianos, valencianos,
catalanes y bretones, todos ellos amigos nuestros y allegados a diversas organizaciones
de izquierda, qué es lo que les interesaría saber sobre los
eperristas.
En base a la información recabada, redactamos y enviamos a Francisco
Javier una cuarta serie de preguntas, correspondientes, por un lado, a la
sexta de cada uno de los diez primeros capítulos, y además,
por otro lado, a las seis primeras de los capítulos once y doce, relativos
a la mujer y a la familia, dos temas que habíamos olvidado tratar y
que parecían inquietar colectivamente a los europeos.
Octubre. Recibimos las respuestas a la cuarta serie de preguntas y damos por
terminada la entrevista.
Julio del 2000. Solicitamos un segundo encuentro fuera del ciberespacio.
Agosto. El segundo encuentro en el espacio real es rechazado.
Septiembre. Francisco Javier nos envía correcciones sustanciales del
PDPR-EPR a sus respuestas anteriores. Nosotros las aceptamos.
Octubre. Nos comprometemos a tener listo el presente libro en enero del 2001.
Diciembre. Notificamos que no terminaremos el libro en la fecha convenida.
Enero del 2001. Por causa de problemas técnicos, se rompe la comunicación.
Julio. Se reestablece la comunicación. Nos disculpamos con Francisco
Javier por nuestro largo silencio y le enviamos al fin el libro.
Pasando por alto las eventuales diferencias que pudieran haber entre Victoria
Pueblo y Francisco Javier, cabe destacar algunos grandes rasgos compartidos
por ambos personajes virtuales. En primer lugar, su paciencia y mansedumbre
ante nuestros constantes errores y retrasos, algunos provocados por negligencia
e irresponsabilidad, así como su delicadeza, corrección y afabilidad,
con sus abundantes "fraternos saludos" y "sinceras disculpas".
En segundo lugar, su prudente mesura y su discreción individual, con
su acatamiento y sujeción al ente colectivo, al "compañeros"
y al "nosotros". En tercer lugar, su
apego a las metas e ideales de la organización, un apego entusiasta
e incontenible, que a veces les hizo excederse en su limitada función
de intermediarios y canales de comunicación. Todos estos rasgos, apenas
delineados en nuestro intercambio de mensajes, conforman la personalidad de
estos dos inusitados representantes diplomáticos de la capucha y el
fusil, de la clandestinidad y la guerra, de la rebeldía y la furia,
de lo popular y lo revolucionario, en suma, de lo más contrario a la
diplomacia que pueda imaginarse.
El pueblo emisario : dos encuentros
Una desilusión en el doloroso primer encuentro
En enero de 1999, acordamos con Francisco Javier un lugar, un día y
una hora para el encuentro, el primer encuentro en el espacio real, que habría
de ser "breve" y no tendría otro objeto que el de "conocernos".
Sería en el sur de la ciudad de México, un viernes en la tarde.
Yo tendría que acudir en compañía de María Luisa
y de nadie más, sin grabadora ni cuaderno de notas ni cámara
fotográfica. Ellos se encargarían del resto. Sólo me
pedían que fuera puntual, precavido y discreto.
Debí correr por las calles y por los pasillos del metro, no tuve tiempo
de ser indiscreto ni de tomar las debidas precauciones, pero fui puntual,
fui yo solo puntual, pues María Luisa no me acompañaba.
El emisario llegó con unos cinco minutos de retraso. Me examinó
de pies a cabeza y se sentó a mi lado. Nuestras rodillas se tocaron.
Él retiró la suya. Yo permanecí inmóvil. Intercambiamos
las contraseñas convenidas. Le miré fraternalmente, como a un
viejo amigo, y le sonreí con la más abierta de mis sonrisas.
Él también sonrió, pero por pura urbanidad, sin emoción
alguna. Sus ojos no respondieron a los míos, aunque tampoco es correcto
decir que los hayan esquivado, sino que simplemente se quedaron suspendidos
en sus órbitas, extraviados en el vacío, como los de un ciego.
- Bonito día -me comentó en un susurro.
- Sí, muy bonito.
- Hace unas horas estaba muy nublado, hasta pensé que nos iba a caer
un aguacero.
- Yo también, por eso estoy tan abrigado, pero el clima se ha vuelto
loco.
- Así es.
- Y seguimos talando los bosques...
- ¿Usted es David? -me interrumpió inquieto, después
de consultar su reloj.
- Sí.
- Yo soy el emisario.
Para mí no era más que una desilusión. Ni su apariencia
ordinaria ni la timidez y el embarazo de su voz me parecieron congruentes
con su función de representante de un grupo clandestino armado. No
es que yo esperase al célebre terrorista, el que a todos nos hacen
imaginar, el de voz tenebrosa y cara de malo, el de mandíbula saliente
y lentes obscuros. No, yo no esperaba a este fabuloso personaje, el manipulador,
sólo sospechado, nunca visto; así como tampoco esperaba al otro
personaje, el sólo visto en la televisión, el ranchero analfabeta
y muerto de hambre, tonto y pobre, manipulable y comprable,
manipulado y comprado. Mi anterior contacto con Javier, el presunto eperrista,
me había hecho sospechar ya que ni los burros milicianos ni el comandante
león son como los pintan, o, mejor dicho, que ni los milicianos tienen
facha de burros ni los comandantes la tienen de leones. Yo no esperaba, pues,
tratar con ningún animal. El hombre con el que traté me pareció
tan hombre como el hombre con el que esperaba tratar. Lo inesperado fue la
falta absoluta de seguridad y desenvoltura en un sujeto radicalmente normal,
extraordinariamente común, que se mostraba tan vulnerable como cualquiera
se hubiese mostrado en estas mismas circunstancias; un sujeto en el que no
había nada inusual o turbio que me inquietara, con el que podía
sentirme tan a gusto como con un vecino simpático del que nada temiera
y del que nada me interesara.
El emisario guardaba silencio. Yo me hallaba ensimismado, con la cabeza baja,
sufriendo mi desilusión y esforzándome por justificarla o impugnarla.
Alguien que deambulaba pasó lentamente muy cerca de nosotros. Me sobresalté.
El emisario echó un vistazo a nuestro alrededor, bostezó, volvió
a consultar su reloj y me propuso que paseáramos un rato. Yo estaba
cansado, me gustaba el lugar en el que nos encontrábamos sentados,
pero la propuesta era más bien una orden terminante. No me atreví
a rechazarla. Nos levantamos, él de un salto, yo con desgana. Anduvimos
por una calle ancha y solitaria, primero completamente silenciosos, luego
intercalando comentarios cada vez más dilatados. Seguidamente, ya sin
dejar de hablar el uno con el otro, nos internamos en un barrio humilde y
nos perdimos por sus ruinosas y sucias callejuelas, esquivando a chiquillos
desaliñados con un aspecto indómito y revoltoso, aterradoramente
decidido, entre los que yo nunca hubiese tenido el valor de aventurarme sin
contar con la protección de un ser tan presumiblemente peligroso como
el que me acompañaba.
Una multitud en el revelador inicio del segundo encuentro
El segundo encuentro con el emisario, que tuvo lugar al día siguiente
en la esquina de dos avenidas muy transitadas, precedió por unas tres
horas a mi reclusión en una casa de seguridad y a la entrevista física
formal con los miembros de la organización armada. Nuevamente debí
correr y fui el primero en llegar. No tuve tiempo de comer nada. Me sentía
hambriento. Compré unos cacahuates japoneses y me subí a un
puente peatonal. Desde ahí dominaba todo el territorio. No teniendo
experiencia en materia de guerrilla urbana, pero sí en libros de caballería,
supuse candorosamente que al permanecer encaramado en esa posición
estratégica, inexpugnable a mis ojos como la de un castillo medieval,
podría ver a todos sin ser visto y conservaría un amplio margen
de maniobra para huir en caso de emergencia.
A Dios gracias los diez minutos de espera transcurrieron sin imprevistos,
pero desde mi parapeto, en el que por cierto se consumían con una rapidez
preocupante mis escasas provisiones de cacahuates, fue de todo punto imposible
distinguir la cara del emisario entre las de la multitud. Esa cara, a la que
había observado con detenimiento hacía unas cuantas horas, se
manifestaba esta vez multiplicada en innumerables caras con facciones sutilmente
desiguales entre sí, expresiones más o menos exactas de una
sola realidad, rostros diferentes con un mismo gesto que más parecían
gestos diferentes de un mismo rostro.
Mientras desde mis alturas analizaba con desesperación a la multitud,
en esos largos minutos en los que por locura o por miopía o por genuina
perspicacia podía ver o imaginar o alucinar la curiosísima proliferación
de unos mismos rasgos en muy distintos individuos, el emisario dejó
de representar para mí una simple desilusión y cobró
un significado enorme, tal vez inmerecido, pero que todavía conserva.
El emisario, para decirlo en pocas palabras, se convirtió en una de
las más puras encarnaciones del pueblo que jamás hubiese conocido.
Sin duda es inmenso el número de personas con las que he tropezado
y que encarnan a ese ente abstracto al que llamamos pueblo, mas en su calidad
de encarnaciones, y por motivos que desconozco, sólo muy pocas de ellas
me han parecido tan puras como ésta. No pretenderé, desde luego,
que se preste a este juicio mayor crédito del que debe prestarse a
una apreciación por entero subjetiva. Acéptese exclusivamente
como un eslabón más en la cadena de impresiones, imágenes
y sentimientos en la que se engarzan las palabras de la entrevista. El emisario,
pues, sintetizando en sí a todos los transeúntes y mostrándose
en cada uno de ellos, no se distinguiría claramente de los demás
desde mi distante punto de observación. Por tanto, en el instante mismo
en el que se hubieron agotado mis provisiones de cacahuates, decidí
volver a tierra y mezclarme con la multitud. Experimenté cierta inseguridad
al quedarme sin mi visión panorámica del territorio. Afortunadamente,
una vez que me perdí entre las encarnaciones más o menos puras
del pueblo, tardé apenas un abrir y cerrar de ojos en identificar a
la más pura de ellas...
Fue un momento conmovedor el del segundo encuentro. Mi estómago reclamaba
otra bolsa de cacahuates, pero el puesto en el que se vendía estaba
situado a la otra orilla de un ancho y desenfrenado torrente de automóviles,
precisamente aquel sobre el que se había construido un puente peatonal
para que fuese usado como tal -como puente peatonal y no como torre de vigilancia
para actividades clandestinas- por los buenos ciudadanos, los sumisos y responsables.
Yo, que me enorgullezco de no pertenecer a esa clase de ciudadanos, me disponía
a torear los coches, pasando la avenida por debajo del puente, cuando súbitamente
sorprendí al emisario en la otra acera disponiéndose a consumar
la misma hazaña. Nos saludamos con un gesto de complicidad. Había
sido claro para uno y para otro que pertenecíamos a la misma clase
de ciudadanos, la popular y multitudinaria, la de los insumisos e irresponsables.
Caballerosidad en la femenina continuación del segundo encuentro
El emisario me esperó en su acera. Yo crucé corriendo la avenida.
Nos dimos la mano y nos sonreímos. Esta vez él respondió
a mi sonrisa con otra sonrisa tan abierta o casi tan abierta como la mía.
Nos pusimos a caminar. Después de una media hora, durante la cual sólo
intercambiamos unas cuantas palabras sobre asuntos irrelevantes, llegamos
a la plaza principal de Coyoacán. A lo lejos, delante de nosotros,
divisé una cara conocida. Nos aproximábamos rápidamente
a ella. Debí ladear la cabeza hacia la izquierda, hacia el emisario,
para no ser reconocido. Pasamos a un lado, a unos dos metros de distancia
de esa cara, y yo alcancé a oír su voz, una voz que me era tan
familiar... Ya no quise alzar más la cabeza, con todo y que no dejaba
de atraerme una escena tan divertida como la de toparnos con un amigo, tener
que presentarle de algún modo a mi acompañante, probablemente
ser invitados a tomar un cafecito en El Parnaso, y verse obligados a declinar
la invitación diciendo que íbamos con retraso hacia la cineteca,
y que el otro quisiera
saber qué película veríamos, y tener que inventar un
título y un nombre italiano para el director, y que el otro se mostrase
interesado y que se le antojara ir con nosotros...
El emisario atajó el brote de mi fantasía con un tímido
comentario...
- De los artículos que nos ha mandado, el que más me gustó
fue el último...
- ¿El último? ¿Cuál fue el último?
- El que acaba de publicarse en una revista, ¿de Madrid...?
- ¡Ah, sí! En Resumen Latinoamericano.
- Sí, eso mero. Los demás artículos son muy fríos.
En cambio, en éste, se ve que María Luisa y usted simpatizan
más con nuestra causa.
- Lo que pasa es que son artículos diferentes. No se puede escribir
igual en todos los medios.
Atravesamos de extremo a extremo la plaza de Coyoacán. Luego seguimos
caminando, tal vez durante otra media hora, hasta que al fin nos subimos a
un taxi que nos llevó a una estación de metro, en la que nos
introducimos de inmediato. Bajamos corriendo las escaleras y conseguimos entrar
a un vagón justo antes de que cerraran las puertas. Nos sentamos uno
junto al otro. En la siguiente parada entró una mujer y el emisario
le cedió su asiento. Yo también me puse de pie. - No me imaginé
que fueran ustedes tan caballerosos -le dije, burlón. Charlamos un
buen rato acerca de la cuestión femenina. He olvidado casi todas sus
opiniones al respecto. Ya esa misma noche, haciendo un balance de la jornada
en la casa de seguridad, no pude rememorar con exactitud y anotar fielmente
más que una sola de ellas:
- Las mujeres se cansan menos, aguantan más, pueden llegar a ser más
valientes y más canijas que los hombres, pero sólo cuando se
les deja, cuando se les deja ser ellas mismas.
Inteligencia en el erótico fin del segundo encuentro
Salimos del metro en una zona de la ciudad en la que yo jamás había
estado. El emisario me dejó recargado en un poste, cerca de la estación
de metro, junto a un concurrido puesto de "tortas gigantes", mirando
hacia un pequeño edificio en cuyo segundo piso podía contemplarse,
a través de los grandes ventanales, una hilera de jovencitas practicando
aerobics.
- Quédese aquí -me indicó el emisario al oído
y señalando el poste con un movimiento de cabeza-, exactamente aquí,
tranquilo, quieto, sin moverse, ni ver a su alrededor, ni voltear, ni hablar
con nadie. Procure comportarse normalmente,
sin llamar la atención, como si estuviera esperando a alguien. Es posible
que yo tarde. No se vaya usted a ir...
- No me voy a ir. Puede tardar todo el tiempo que usted quiera. Mientras estas
chavas sigan bailando...
Él dejó asomar una evanescente sonrisita de inteligencia, tal
vez dándome a entender que no había sido casual la elección
de ese lugar. Acto seguido, recobrando la compostura, continuó proporcionándome
diversas informaciones e instrucciones. Por último, antes de irse,
tuvo la gentileza de pedirme que lo disculpara:
- Perdone usted todas estas medidas de seguridad, que son una forma de imponerle
nuestros métodos a usted, que ha de tener los suyos propios. Espero
que comprenda que tantas precauciones son algo normal. Bueno, en realidad
son algo anormal, pero tan anormal como todo lo demás.
Lo vi alejarse y me quedé bien quietecito en el lugar tan privilegiado
que me habían asignado. Las jóvenes aeróbicas no dejaban
de bailar para mí, pero el tortero del puesto vecino me veía
constantemente mientras se reía y cuchicheaba con uno de sus clientes,
seguramente comentando el descaro de este güero tan mirón. No
hubo más remedio que posar la mirada en otro punto, en un insulso anuncio
luminoso que no era precisamente como los de Wonderbra.
Pasaron diez minutos, un cuarto de hora, tal vez hasta media hora, y nadie
venía a buscarme. Poco a poco fui sumiéndome en un hondo letargo.
Mis ensueños me transportaron hasta mi ventana en Santiago de Compostela,
ésta frente a la que ahora estoy escribiendo -con su espectacular vista
panorámica sobre torres barrocas y tejados y chimeneas y gatos y gaviotas-,
y progresivamente perdí la conciencia de la singular situación
en la que me encontraba.
Filiberto el terrible: Cuatro voces y un silencio intermedio
Voz amenazante
Rugió a mis espaldas una voz amenazante, la de Filiberto, la del primer
Filiberto.
- Ya llegamos. No vaya usted a voltear.
Descargó una mano grande y pesada sobre mi hombro y me impulsó
con fuerza hacia adelante. Nos apartamos de los comercios ambulantes. El barullo
fue disminuyendo hasta que ya sólo se oían nuestros pasos y
el zumbido uniforme de la ciudad. Mientras Filiberto y el emisario murmuraban
algo entre ellos, yo abandoné mi ventana de Santiago, desperté
de mi letargo, y súbitamente, aterrorizado, redescubrí el suelo,
el suelo al que caen los muertos, su magnetismo, la gravedad doblándome
las piernas y atrayéndome hacia nuestras sombras proyectadas por la
luz amarilla de las farolas, hacia las cortantes irregularidades en el pavimento,
hacia una bolsa con trozos de fruta putrefacta en su interior. En mi sesera
no cuajó ningún pensamiento, ninguno digno de recordarse, por
más consistentes e indelebles que hayan sido mis sensaciones, primero
la de un terror paralizante y luego la de sentirme tan atrapado y tan vivo
y tan muerto como un pedazo de fruta putrefacta dentro de una bolsa transparente.
Hubiera querido lanzarme a correr por la callejuela desierta. Sabía
que no lo haría, pero me sosegaba imaginando que lo hacía, que
dejaba atrás esa voz amenazante, que me zafaba de esa mano monstruosa,
y que se quedaba allá, muy lejos, aguardando en vano a su víctima,
todo aquello que pudiese hacerme caer al suelo.
Mi huída imaginaria terminó cuando nos detuvimos, se abrió
la portezuela de un vehículo y volvió a rugir la voz de Filiberto,
esta vez aún más amenazante.
- No levante la cabeza. Aquí se queda el emisario, pero usted va a
subirse a este coche. Lo voy a llevar hasta el lugar en el que platicaremos
con los compañeros.
Si quiere que todo salga bien, tiene que hacer lo que yo le diga. Seguidamente,
después de haberse disculpado por golpearme la frente al introducirme
bruscamente dentro del vehículo, me transmitió algunas indicaciones
concisas sobre cuál tendría que ser mi comportamiento en las
próximas horas...
- Ahora tiene que cerrar los ojos...
Voz preguntando
A lo largo del trayecto, el cual duró unas dos horas que en la negrura
de mis ojos cerrados se me hicieron interminables, Filiberto ya no fue más
que una voz preguntando.
En efecto, el segundo Filiberto, el conductor, sólo sabía preguntar.
No comentaba mis respuestas. No respondía ni siquiera con monosílabos.
Yo me esforzaba por entablar con él una conversación. Él
procuraba mantenerse callado y escuchar. Luchamos así el uno contra
el otro; sin embargo, en una lucha tan desigual como ésta, en la que
se estrellaban una y otra vez mis palabras contra su silencio, yo mismo le
ayudé involuntariamente a que me derrotara. Yo fui quien hablaba para
hacerle hablar. Él me dejó hacer. Yo me impacienté y
hablé cada vez más. Él se relajó cada vez más
y habló cada vez menos.
El mutismo de Filiberto se impuso. Yo era escuchado. Él callaba o preguntaba.
Ya no recuerdo todo lo que le habré dicho. Mis palabras no eran importantes,
no significaban casi nada para mí, no iban precedidas por ninguna idea
sólida ni por ningún razonamiento consecuente. Respondían
sin responder en absoluto, sólo dudando, a veces interrogando, siempre
al final suplicando.
Mi ametrallamiento de palabras vacías e inconexas, recurso torpe y
desesperado para vencer el silencio de Ricardo, no me sirvió más
que para inspirar su desconfianza y hacerle extremar justificadamente su discreción.
Silencio desconfiado
Cuando mis oídos me indicaron que habíamos dejado atrás
la ciudad, o que ya estábamos fuera de su núcleo más
ruidoso, las preguntas de Filiberto cesaron por completo, sin que mediara
ninguna disculpa ni explicación ni despedida.
Me sentí solo, inerme y desamparado, pero también irritado,
sobre todo irritado.
El silencio de Filiberto me irritaba por lo que podría significar,
porque sentí que estaba motivado por su falta de confianza, o bien,
asumiendo responsabilidades, por mi nula capacidad para ganar su confianza.
Aunque no hubieran evidencias de la desconfianza de Filiberto, ésta
me parecía más que evidente, se respiraba, se adivinaba extrasensorialmente,
en una actitud sutilmente desconfiada que me penetraba por debajo de la evidencia.
Filiberto no se fiaba de mí. Algo había detectado en mi conducta
que lo hacía recelar. Sólo me consolaba suponer, aferrándome
a unos pocos y vagos indicios que apenas permitían suponerlo, que los
eperristas eran unos desconfiados empedernidos, siempre y con todos, por naturaleza
o más probablemente por una larga experiencia.
Voz sentenciosa
Pocos minutos antes de llegar a nuestro destino, en un largo camino de terracería,
Filiberto rompió su silencio y me dirigió la última serie
de preguntas. - ¿Por qué no vino María Luisa? Los esperábamos
a los dos.
Percibí cierto disgusto en su voz y comprendí que debía
justificarme.
- Yo hubiera querido que viniera -le dije con toda sinceridad.
- ¿No quiso venir?
- Sí, ella sí quería, pero nos dio miedo. Usted sabe
que una mujer siempre es más vulnerable que un hombre, así que
decidimos que yo viniera solo.
- ¿Usted y ella lo decidieron?
- Sí, platicamos varias horas acerca de esto, yo le expliqué
la situación y terminé convenciéndola.
- ¡Ah! Eso ya es otra cosa. Fue usted el que lo decidió y luego
la convenció.
- Bueno, sí, podría decirse que así fue.
- Sí, así fue -afirmó tajante.
- Con matices...
- No, sin matices. Me voy a meter en lo que no me importa y le voy a informar
que hizo usted mal, muy mal. No sé cuál sea su relación
con María Luisa, pero me queda claro que usted la está oprimiendo.
Además de quitarle su libertad, convenciéndola de que no haga
algo que ella quiere hacer, no la está dejando usted crecer, pues para
crecer hay que arriesgarse. Entre mayor sea el riesgo, más aprendemos
y más nos fortalecemos. Por eso nunca somos tan fuertes ni sabemos
tanto como cuando ponemos en peligro nuestras vidas.
La voz se tornó un tanto sentenciosa al pronunciar las últimas
palabras. A través de ellas pude intuir lo peligroso que era mi acompañante.
Su veredicto había golpeado en una de mis partes más sensibles.
Quedé anonadado. No me defendí... ¿Cómo habría
podido defenderme? Inmediatamente, eso sí, resolví que no tendría
por qué incluir en la presente obra tan despiadada intrusión
en mi vida privada.
Voz dura
Llegamos a la casa de seguridad. El vehículo quedó estacionado
frente a ella. Apenas se apagó el motor, Filiberto salió apresuradamente,
luego abrió mi portezuela, me sacó jalándome del brazo,
vendó mis ojos, me introdujo a la casa y me guió hasta el cuarto
en el que habría de tener lugar la entrevista, cerrando tras de sí
una puerta, seguidamente haciéndome atravesar una cortina
y por último sentándome en una silla. Luego, una vez que se
hubieron cumplido algunos rituales de bienvenida, me retiró la venda
de los ojos...
Me hallaba en el centro de una estancia grande y obscura, una especie de bodega
improvisada en la que se guardaban utensilios de cocina, herramientas de todo
género y una gran cantidad de cajas y bolsas de las que nunca pude
conocer el contenido. El suelo y el techo eran de cemento, los muros de tabique,
sin pintura ni recubrimiento de ninguna clase. A mi lado izquierdo se veía
una ventana tapiada con madera y cartón, cubierta por un trozo de tela
rasgada y desteñida, y junto a ella dos banderas, la de México
y la rojinegra del EPR, ambas pegadas en la pared. A mi derecha, en el lado
contrario, había una puerta negra de lámina metálica,
y muy cerca, en el muro adyacente, una cortina colgando, la cual debía
ser atravesada para acceder al resto de la casa.
Frente a mí estaba la mesa de madera en la que yo habría de
escribir, cubierta por un mantel de plástico y rodeada por algunas
sillas, en las que tomarían asiento los entrevistados. Más allá,
en un rincón, se encontraba mi cama, un pequeño catre de fierro
con la colchoneta cubierta por un sarape de Saltillo. A mis espaldas se escuchó
la voz de Filiberto:
- Puede usted voltear.
Volví la cabeza y Filiberto cobró ante mis ojos una forma tan
visible como fantasmagórica, tan largamente esperada como repentinamente
inesperada, la forma de un eperrista encapuchado, sin rostro, con su rostro
oculto detrás de un trozo de tela azul con dos agujeritos para verme...
¿Qué me habrá visto Filiberto que no pudo contener una
sonora carcajada?
¿Fue capaz de ver el espanto que me causaba su aspecto y que me esforzaba
por disimular? ¿Vió acaso el temblor de mis labios o la turbación
de mi sonrisa o el inquieto desvarío de mis ojos que no sabían
hacia dónde mirar? Haya visto lo que haya visto, no tardó en
reprimir su hilaridad y en terminar su carcajada carraspeando, restándole
así toda su importancia al acto de carcajearse, como si éste
hubiera sido su estilo personal de empezar a carraspear.
A Filiberto me lo he figurado a veces como aquel a quien se le habría
encomendado conservar la terrorífica solemnidad del acto y preparar
al pobre entrevistador, prepararlo infundiéndole una dosis mínima
de tensión y ansiedad que lo mantuviera suficientemente atento y cauteloso.
Quizá con este propósito, después de carraspear y al
percatarse de que ya me estaba relajando y de que hasta me estaba atreviendo
a reclinarme en la silla y a cruzar las piernas, me pidió con sequedad
que vaciara mis bolsillos y que depositara "todito" su contenido
en un plato de cocina. Luego, tras haber registrado minuciosamente mi cartera
y mi monedero, le ordenó a otro encapuchado, el cual acababa de entrar,
que se acercara y que me cacheara. El otro obedeció con presteza, y
mientras me palpaba el cuerpo con sus manos, Filiberto, refiriéndose
a él, dejó caer con voz dura las siguientes palabras:
- A él no debe darle a conocer su identidad. Él sólo
recibe órdenes, las recibe y las ejecuta, y nada más. No sabe
quién es usted, no lo sabe ni puede saberlo. No le diga su nombre,
ni a qué se dedica, ni a qué ha venido. Él sólo
recibe órdenes. Cualquier cosa que usted necesite puede pedírsela,
pero no se ponga a platicar con él, no se ponga a platicar, yo sólo
se lo aconsejo, pues mañana hay que madrugar y ahorita lo mejor es
que duerma bien.
Emiliano sin tierra: Conversación desaconsejada
Lo más conveniente, sin duda alguna, habría sido acatar el "consejo"
de Filiberto y dormir bien las pocas horas de noche de las que disponía.
Sin embargo, la presencia del otro, al que he bautizado como Emiliano, era
una tentación que no pude resistir. Así pues, apenas partió
Filiberto, deseándome las buenas noches y dejándome a solas
con el tal Emiliano, procuré iniciar con él la conversación
desaconsejada. Tras varios intentos fallidos, en los que se reía y
advertía que él sólo recibía órdenes, logré
arrancarle su historia y algunas opiniones desperdigadas sobre diversos asuntos.
Debí empezar hablando sobre el clima.
- ¿Cómo está la temperatura afuera? -le pregunté
candorosamente.
- Ajuera hace mucho frío. Aquí adentro no, ¿verdad?
- Sí, aquí se está muy bien, hasta hace un poquito de
calor y da sed, pero
con esta botellota de refresco, que usted tuvo la amabilidad de comprarme,
pasaré una excelente noche.
- No le quedan muchas horas pa'dormir, sólo unas dos o tres.
- ¿Usted las pasará en vela?
- Pos sí, yo debo cuidarlo.
- Si quiere duérmase una horita y mientras tanto yo lo cuido.
- Nooo -me constestó riéndose.
- Pues me da usted lástima. Quedarse allí parado, tantas horas,
desvelándose, aburriéndose...
- Pos ni modo, así es la vida, así es la lucha del campesino.
Pero hay que luchar, contra el gobierno, que es muy político, muy injusto...
- Oiga -lo interrumpí-, ¿me daría permiso de escribir
lo que dice?
- No, no sé, no sé si pueda. No, mejor no.
- Ándele...
- No sé...
- No sea malo...
- Bueno, como usted quiera, usted es aquí el que manda, pero no sé
si esté bien.
- Sí, esta bien, no se preocupe, recuerde que su compañero únicamente
me prohibió hablarle a usted de mí -le hice notar mientras me
sentaba y empezaba a escribir.
- Escribe usted muy rápido.
- No hay de otra.
- Pos sí, no hay de otra.
- Y usted, ¿es chilango?
- No, yo vine del campo.
- ¿Y cómo está la situación allá?
- Mal, ta'pior que en la ciudad. Yo no tenía nada, nada, ni un pedacito
de tierra. Los pinches latifundistas tienen hasta dos mil hectáreas
y los protege el gobierno, pero nosotros, los campesinos, o no tenemos nada
o tenemos muy poco, tan poco que no da pa'vivir, y es por eso que hay que
ir a la ciudad. Yo vine hace casi tres años, vine buscando trabajo.
Desde que llegué soy albañil.
Hace ya mucho tiempo que conocí a los del EPR. Ellos me ayudaron a
quitarme la venda de los ojos y a darme cuenta de que no es justo lo que pasa,
que no es justo ganar en la ciudad tan poquito y chambear tanto y en tan malas
condiciones, y que tampoco es justo allá trabajar la tierra que no
es de uno, y tenerse que venir a la ciudad a construirles sus casotas a los
ricos, a los dueños de la tierra, y que los cabrones, además
de haberle quitado a uno la tierra, lo humillen y le hagan cargar como un
burro y le paguen una miseria que no da ni pa'comer unos taquitos de canasta,
y que tenga cada uno de estos jijos de la chingada hasta dos mil hectáreas,
y que los campesinos trabajen para él como jornaleros, ganando un pinche
salario que es todavía pior que el de los albañiles, y todo
esto lo permiten los comisarios ejidales, que reciben los muy cabrones casas
y camionetas último modelo y millones de pesos por hacerse de la vista
gorda frente a los campesinos que pierden su tierra por no tener crédito
y que tienen que vendérsela a los ricos, millonarios, que acumulan
más y más terrenos. Y a ellos, ¿pa'qué les sirve
tanto terreno? Pues sólo para hacerse ricos y pa'construirse casotas
en la ciudad, pos para otra cosa no. Ellos no aprecian la tierra. Para ellos
no es más que otro negocio. Pa'nosotros, en cambio, la tierra es muchas
cosas. Allí nacimos y vivimos y morimos. Y la tierra en México
es muy rica. Lo jodido es que no la tenemos, que nos la quitaron y que nos
mandan matar cuando queremos recuperarla. Son los caciques, esos cabrones
que lo acaparan todo, la tierra, la industria y el dinero, y que se protegen
con guaruras, con policías, con soldados, con guardias blancas y con
el gobierno.
Todo en México es de ellos, las tierras en las que uno cultiva, los
negocios en los que uno compra, las casas que uno contruye. Y me han contado
que es lo mismo en otros países, y que también en otros países
hay guerrilleros como nosotros, y ricos y pobres, y malos y buenos. Así
es la vida, por eso hay que luchar. Es triste, pero hay que luchar...
- Y hay que desvelarse, mientras otros duermen...
- Sí, no hay de otra, pero ya duérmase, pa'que aguante mañana
y siga escribiendo
tan rápido.
Y Emiliano se rió, y se quedó sentado junto a la cama, cuidándome,
y no me dejó que lo cuidara, y no durmió esa noche, mientras
yo dormía, o intentaba dormir, porque no es facil conciliar el sueño
cuando hay alguien vigilándonos a nuestro lado.
Alejandro pico de oro : Exaltado y sereno
Exaltación
Antes del alba me despertó Emiliano, a su modo, asiendo mi brazo y
sacudiéndolo con fuerza.
Ya levántese, ya es muy tarde, los compañeros van a llegar y
se van a encabronar si lo ven acostado.
Bostecé, me froté los ojos, me senté sobre la cama y
tardé por lo menos unos cinco segundos en tomar conciencia de que había
pasado la noche dentro de una casa de seguridad del EPR.
- ¿Durmió bien? -me preguntó Emiliano, con voz más
suave.
- No muy bien. Creo que ni siquiera llegué a dormir, lo que se dice
dormir.
Estuve sólo medio aletargado, apendejado, como si me hubieran anestesiado.
- Pos a mí me pareció que roncaba.
- Sí, puede ser, hubieron algunos minutos en los que pude haberme dormido,
pero fue poco tiempo. Oiga, ¿dónde está el baño?
- Allá -y señaló con el dedo índice la puerta
negra que estaba detrás de él-, pero debo ir con usted.
Cuando nos habíamos puesto de pie y nos disponíamos a salir
por la puerta, súbitamente se abrió la cortina que conducía
al resto de la casa y entró un nuevo encapuchado, Alejandro, el cual,
después de saludarme amablemente, darme la mano, presentarse y susurrarle
algo al oído a Emiliano, quien se marchó en el acto, se ofreció
él mismo para acompañarme al retrete. Fui con él. No
me dejó solo ni un instante. Luego regresamos y nos sentamos el uno
frente al otro, él examinándome con curiosidad y en silencio,
yo cohibido por su mirada, examinando por mi parte, con el mismo silencio
y la misma curiosidad, su vestimenta y su postura, su camisa de cuadros y
sus dedos entrelazados, su pantalón de mezclilla deslavada y sus largas
piernas cruzadas, sus viejos zapatos y el movimiento rítmico de uno
de sus pies.
Alejandro fue el que rompió el silencio, tuteándome, con una
voz joven, llana y jovial, en la que había, sin embargo, un deje afectado
y misterioso de universitario-capitalino-intelectual-atormentado-clasemediero-de-izquierda.
- En unos minutos van a llegar los demás. Ahora soy todo tuyo. Puedes
preguntarme lo que tú quieras.
Le pregunté lo que yo quise. Con ningún otro eperrista me sentí
en tanta confianza para preguntar, para preguntarlo todo. En cuanto a él,
no dejó de esforzarse por responder, por responderlo todo, prolijamente,
con una elocuencia notable, sin eludir ningún tema y sin escatimar
largas aclaraciones e interminables circunloquios, hasta que un respiro mío
le permitió manifestar
su asombro ante mi singular manera de preguntar:
- ¡Preguntas unas cosas! No es común que nos hagan preguntas
como las que tú estás haciendo.
- Es que soy psicólogo de profesión y no tengo ninguna experiencia
como periodista. Mi especialidad son las entrevistas psicológicas...
- ¡Eres psicólogo! ¿Y nos vas a dar terapia? La necesitamos,
pues algunos de nosotros estamos bien orates. No, la verdad, ya fuera de broma,
es que me gusta que hagas preguntas como las que estás haciendo. Hay
quienes se imaginan que somos unos monstruos, o unas máquinas de matar,
o unos dispositivos para producir inestabilidad. Es importante que esa gente
vea lo humanos que somos, que se dé cuenta que los eperristas somos
seres humanos antes que eperristas, que nuestra vida es humana y que vale
tanto como cualquier otra vida humana, que somos humanos, humanos como nuestros
enemigos, humanos
antes que nada, y que si hemos decidido ser también eperristas, lo
hemos decidido por motivaciones humanas. La gente debe de poder verse reflejada
en cada uno de nosotros, descubrirse en nosotros, descubrir en nosotros lo
que hay dentro de ellos, lo reprimido y lo ilegal y lo clandestino que hay
dentro de cada uno de ellos, lo revolucionario, lo encapuchado, su libertad
negada, sus ideales abandonados, sus sueños prohibidos. Los que entiendan
lo humanos que somos también comprenderán que nuestro asesinato
es simultáneamente el asesinato de una parte de ellos, que por cada
uno de nosotros que muera siempre habrá una parte de ellos que se esté
muriendo, una parte que... Entró Emiliano, trayendo platos y cubiertos
en sus dos manos, y Fernando enmudeció, quedándose unos segundos
callado, inmóvil, con su mano en el mentón, como absorto en
sus reflexiones. Seguidamente se levantó de la silla para ayudarle
a Emiliano, pero fue demasiado tarde, pues ya todo estaba colocado y ordenado
sobre la mesa.
Serenidad
Emiliano salió, desapareció como un fantasma, sigilosamente,
detrás de la cortina. Alcancé a oír el murmullo de dos
mujeres y el llanto de un niño, un llanto muy débil, tal vez
ahogado en el pecho de su madre.
Alejandro prosiguió, sin dejar de meditar sobre lo mismo, pero en un
talante menos exaltado.
- Lo que te quería decir es que esta entrevista de aprendiz de periodista,
de periodista principiante, inexperto, esta entrevista informal, desordenada,
medio psicológica, es posible que revele otras facetas de nuestra personalidad,
facetas desconocidas, y así, haciendo que se nos vea desde varios ángulos,
en tres dimensiones, también es posible que nos muestre menos simples,
menos planos, menos artistas de pantalla grande, más humanos, más
próximos al resto de la sociedad. Ya no seremos solamente los eperristas
que salen de la nada y que disparan y que advierten y que sostienen y que
desestabilizan, los bichos raros que hacen todas estas cosas raras que sólo
saben hacer los dioses o los símbolos abstractos y casi siempre sinvergüenzas
que aparecen en los periódicos, sino que seremos también los
que hacen cosas normales que todo el mundo hace, cosas normales, comer, fumar,
sentir, reírse, reflexionar, equivocarse, casarse, tener hijos, tener
miedo...
- ¿Tener miedo? -lo interrumpí, emocionado, queriendo saber
más sobre ese miedo que yo siempre achaco a los eperristas, miedo que
ellos han negado, pero que ahora delataban, dándome la razón,
o tal vez quitándomela, porque el miedo al que Alejandro se refería
era el normal, el de todo el mundo, y no el de los bichos raros, planos y
simples, que yo sigo insistiendo en achacar a los eperristas.
- Sí, tenemos miedo, siempre tenemos miedo, pero nunca demasiado, nunca
tanto que nos paralice...
Y Alejandro, sereno, empezó a disertar acerca del miedo, y a transmitirme
todo su miedo, paulatinamente, discretamente, sin que yo me diera cuenta,
helándome la sangre con toda serenidad, con toda la serenidad con la
que declamaba. Temí por mi vida. Nepantla y El Charco y otros escenarios
sanguinolentos pasaron por mi cabeza. Imaginé un asalto militar o policiaco
a la casa de seguridad, las sirenas, las peticiones de rendición, la
estúpida valentía de los eperristas, los disparos, los gritos,
las gotas de sangre salpicando mi libreta, la detención, mis promesas
de inocencia, "oiga oficial, yo no soy eperrista, ni siquiera soy periodista,
no soy más que un pobre aprendiz de periodista, se lo juro, y además
soy priísta, o panista, o lo que usted quiera, carrancista, huertista,
lo que usted quiera, pero ya no me lastime, ya no, que le digo que no soy
eperrista, ni zapatista, ni pobre, ni tampoco idealista, ni estudiante, ni
indígena, de veras, ya párele, se lo pido, por el amor de Dios".
Con lo que Alejandro consiguió aterrorizarme fue con su notable destreza
para sugerir imágenes, así como para sugestionar al oyente con
esas imágenes, una destreza que se aunaba a una facundia, a una inspiración
y a una sensibilidad que eran tan extraordinarias como la profundidad, la
erudición y la clarividencia del presunto eperrista Javier. No dejaba
de maravillarme, aunque tampoco dejaba de apenarme y hasta enfurecerme, un
hallazgo tan imprevisible como el de talentos semejantes en las filas de una
organización armada, en la que uno esperaría no encontrar inteligencias
destacadas más que en táctica militar, primeros auxilios o tiro
al blanco... ¿No es una pena que mexicanos de tanta valía tengan
que arriesgarse y sacrificarse como se arriesgan y sacrifican los eperristas,
de un modo tan vano, tan infructuoso, tan bueno para nada? ¿Pero no
es una maravilla que a mexicanos de tanta valía no les importe arriesgarse,
y que estén dispuestos a sacrificarse de este modo, y que todo lo hagan
sin nombre, ni rostro, ni reconocimiento? ¿Aunque no enfurece, al mismo
tiempo, que mexicanos de tanta valía sean los que de este modo se desperdicien,
mientras que otros, de considerablemente menor valía, sean a menudo
los que más se aprovechen en los centros de poder y decisión?
Fernando el taciturno: Cuerdo y honrado
Alejandro continuaba disertando sobre el miedo, y yo continuaba
estremeciéndome de miedo a cada una de sus palabras, cuando repentinamente,
produciendo en mí un sobresalto que fue el apogeo de mis terrores,
se abrió la cortina e hicieron su aparición tres encapuchados,
Filiberto y dos nuevos, de nombre Fernando y Jacinto, el primero alto y esbelto,
el segundo pequeño y regordete.
Alejandro y yo nos pusimos de pie y saludamos a los recién llegados.
Nos sentamos luego todos en torno a la mesa. Poco después llegó
Emiliano, se plantó detrás de mí, aguardó a que
nos calláramos y entonces anunció con cierta solemnidad que
ya estaba listo el desayuno. Los demás se levantaron, salieron a través
de la cortina y regresaron en un abrir y cerrar de ojos, trayendo las botellas
de refresco, las tortillas, los frijoles y una olla con huevos a la mexicana.
Cada uno se sirvió en su plato. Empezamos a comer, unos antes y otros
después, sin ninguna formalidad. Para introducir los alimentos en la
boca, ellos, ocultándose con una mano, debían alzar la capucha
hasta el labio superior. A mí, cómodamente concentrado en mi
paladar, la comida me pareció deliciosa. Queriendo hacérselos
saber, aventuré un elogio sutil que no fue muy bien recibido.
- ¿Para qué tomaron las armas si comen así de bien, tan
sabroso, exquisito y además abundante? Si estuvieran hambrientos lo
entendería, pero ¡comiendo así!
- No desayunamos así todos los días, pero de cualquier manera
no se toman las armas solamente para desayunar mejor -gruñó
Filiberto.
- Fue contraproducente agasajarlo, yo se los advertí -agregó
Jacinto en son de broma.
- Hay que reconocerlo, tomamos las armas para desayunar Corn Flakes, o de
perdida filete a la tampiqueña, chilaquiles y jugo de naranja, como
en Sanborn's
-explicó por su parte Alejandro.
Fernando no comentó nada, sólo se rió y asintió
con la cabeza, con la cabeza baja, meditabundo. Muchas veces repitió
este mismo gesto, expresando con él la forma razonada y atenta de su
aprobación o adhesión a lo que se estuviese diciendo.
Entre los entrevistados, Fernando fue sin duda el que menos habló.
Tan escasas fueron sus palabras que me ha resultado sumamente difícil
forjarme con ellas una imagen de él. En un principio no se me ocurría
nada que pudiera escribir sobre este hombre, hasta que ayer por la noche,
cuando repasaba una y otra vez mis anotaciones de aquel día, creí
adivinar dos rasgos que podrían ser idóneos para caracterizarlo:
por un lado la sensatez, que le hacía matizar las declaraciones de
sus compañeros y tornarlas más acordes a la realidad, y por
otro lado la honestidad, que teñía cada una de sus intervenciones
y que probablemente motivaba su decisión de no intervenir con demasiada
frecuencia.
Estos dos rasgos, confundidos por lo general el uno con el otro, han de haber
sido los que llevaron a Fernando a mantener una actitud autocrítica
despiadada y demoledora frente a toda suerte de problemas, errores y deficiencias
que percibía en el EPR: la falta de un comunicador tan competente como
el subcomandante Marcos, la reiterada inferiorización de la mujer,
la uniformidad y frialdad de las publicaciones... Cuando exterioricé
ante Fernando cuánto me admiraba su actitud autocrítica,
él, evidentemente incomodado, se limitó a señalar con
humildad:
- No serviría para nada presumir de que no cometemos errores, como
hacen otras organizaciones, que no viene al caso nombrar. Todos cojeamos,
y todos cojearemos siempre, aunque podemos cojear cada vez menos, pero ésto
sólo es posible si reconocemos antes nuestra cojera y nos empeñamos
en curarla.
Jacinto el jacarandoso: Especulaciones sobre la seguridad,
la verdad y la feminidad
Periodistas mañosos
Si hay sujetos que han nacido con gracia, que no pueden ser más que
graciosos y que no saben hablar más que graciosamente, Jacinto era
uno de ellos.
Jacinto, magistralmente jocoso, picante, ocurrente y sandunguero; entremeseando
y salpimentando la entrevista con toda clase de lindezas, chistes, agudezas
y bufonadas; riendo sin parar y haciendo reír a costa mía y
de sus compañeros; burlándose de nuestra gravedad, jugando con
nuestras palabras, no tomando casi nada en serio, casi nada que no fuese del
más exuberante género humorístico mexicano.
Justo después de su llegada, Jacinto se me aproximó, cogió
mi cabeza con sus dos manos y me escudriñó una oreja, mientras
increpaba a sus compañeros:
- ¿Cómo? ¿No le revisaron las orejas? ¡Pues son
ustedes unos irresponsables!
¿Y si trajera un micrófono? ¿Qué? ¿No saben
ustedes que los periodistas son todos unos mañosos?
De no haber sido por las risas que suscitó la inocentada, yo también
habría desaprobado la negligencia de los eperristas y habría
soportado sin rechistar esta muy sabia medida mínima e imprescindible
de seguridad.
Jacinto prosiguió, dirigiéndose a mí, gritándome
al oído:
- Así como lo oyes, ustedes los periodistas son todos unos mañosos,
unos mañosos y unos sinvergüenzas. No se puede confiar en ustedes.
Nomás andan viendo cómo entramparnos, malinterpretando lo que
decimos, inventando cosas que no decimos, pasando a Gobernación lo
que decimos y los que no decimos. Nunca nos regalan nada, nadita de nada,
ni siquiera unos miserables dulcesitos, y si nos los regalaran sería
porque les pusieron cianuro o porque vienen con policía incluido. Por
eso debemos ser tan precavidos, porque la cárcel de Almoloya es muy
fría.
Fealdad encapuchada
Desayunamos. Jacinto me ofreció un cigarro, que rechacé, diciéndole
que no fumaba.
- ¿Y bebes? -me preguntó con voz extrañada.
- No, tampoco -le mentí.
- ¿Cómo puede ser? No fumas, no bebes. Entonces, ¿qué
habrás venido a enseñarnos? -se preguntó Jacinto a sí
mismo, rascándose la cabeza y mirando al techo.
- Yo vengo a que ustedes me enseñen -corregí.
- Ya lo vemos -continuó Jacinto-, ya vemos que eres un niño
todavía más bueno que nosotros. Ni modo, no podremos aprender
nada en este encuentro.
Los demás sí aceptaron un cigarro cada uno. Jacinto se los encendió
a todos.
A uno de ellos, que ya no recuerdo quién era, se le quemó una
orilla de su capucha. Siguieron las carcajadas y las bromas y la charla se
desvió hacia el tema de las capuchas. Jacinto intervino del modo acostumbrado.
- ¡Ah, no! Yo no le tengo miedo a nadie. Yo no me encapucho por miedo,
sino por vergüenza, porque estoy bien feo y no es correcto andar asustando
a las mujeres.
Todos nos reímos, y él, después de una pausa, continuó
en un tono más severo:
- No se rían, que no estoy mintiendo, yo nunca miento, ninguno de nosotros
miente. Lo más importante en nuestra organización es la verdad
y la sinceridad, no andar con apariencias que se vendan, sino ser lo que somos
y decir lo que somos y lo que sentimos, aunque sea feo, aunque no se venda.
Así que deben creerme cuando les digo que soy feo, que no estoy guapo
como el Che ni como el subcomandante Marcos. Ésta es la purita verdad,
puede ser publicada y difundida, no importa que nos reste simpatías.
Más adelante, criticando mi cuestionamiento a la ideología del
EPR, Jacinto volvió a tocar los temas de la compra y la venta y de
la verdad y la mentira:
- Creemos en lo que decimos que creemos. No mentimos. Nuestra moneda no es
la mentira. Nosotros jamás compraremos nada pagando con mentiras.
Nuestra única moneda es la verdad, no tenemos otra, no podemos cambiar
la que tenemos. Podemos estar equivocados, pero no mentiremos. Si cambiamos
de ideas, será porque alguien nos ha convencido que nuestras ideas
son falsas, pero no porque alguien nos haya convencido que nuestras ideas
valen poco en el mercado de las ideas. Mientras nuestras ideas sean las que
son, las proclamaremos tal como son, aunque no tengan ningún valor
en el mercado. Nosotros ni siquiera queremos entrar en ningún mercado.
Sabemos que no podríamos entrar sin mentir, y lo más importante
para nosotros es la verdad. Mi
fealdad, por ejemplo, no cotiza bien en el mercado. Para venderme tendría
que asegurar que soy guapo y atractivo, y mentiría, pero yo soy un
eperrista y no puedo mentir, y al fin y al cabo tampoco me interesa venderme.
Nosotros no nos vendemos, por nada, ni por el triunfo ni por la celebridad,
ni siquiera por gustarle a las mujeres.
Comentario falocéntrico
Cuando incursionamos en el tema de las mujeres, Jacinto se defendió
con pasión de una de las autocríticas de Fernando, la referente
a la inferiorización de la mujer en el EPR.
- Aquí son bien amadas todas las mujeres. Las idolatramos, y hay días
que no podemos pensar más que en ellas y que nos olvidamos hasta de
hacer la revolución. De todas nuestras bajas, las que más nos
duelen son las femeninas, las de esas mujeres traicioneras que se dejan robar
por los guapos, los que no tienen que encapucharse como nosotros para esconder
su fealdad...
- Puede ser -le advertí- que ciertas mujeres juzguen falocéntrico
su comentario.
- ¿Falo... qué?
- Falocéntrico, de falocentrismo, de falo y centro -expliqué
sin explicar nada.
- ¿Falocentrismo? ¿Falocéntrico? Me gustan estas palabrotas,
suenan muy violentas, muy radicales, y al mismo tiempo muy a la moda, muy
posmodernas.
Se han de vender muy bien, ¿verdad?, así que se me hace que
desde mañana las vamos a incluir en nuestras declaraciones y comunicados,
pa'ganarnos a las mujeres en pie de lucha, pa'que se asusten los burgueses
conservadores y pa'que ya no anden criticándonos por usar un vocabulario
viejo y anticuado.
¿Lo ves? Yo sabía que ibas a enseñarnos algo... ¡Falocentrismo!
Y nosotros hablándote de tabaquismo y de alcoholismo. Siempre los eperristas
resultamos ser unos niños más inocentones que los que nos visitan.
No vayamos a pensar que todas las exteriorizaciones de Jacinto fueron tan
desenfadadas y campechanas como las que acabamos de mencionar. Ciertamente
la gran mayoría lo fueron hasta cierto punto, pero muchas no lo fueron,
y en cuanto a las que sí, hay que reconocer que nunca por completo
ni en exceso. A través de una ligereza y una gracia cristalina, siempre
traslució en ellas un fondo opaco de verdad y gravedad. Por más
graciosas que fueran, no sería justo que las tacháramos de frívolas,
insustanciales o superficiales. Por otra parte, contamos con aquellas extensas
participaciones de Jacinto que fueron predominantemente serias, las cuales
serán citadas en la segunda parte y en los capítulos que les
correspondan. En ellas, el humorismo, aunque pocas veces haya sido nulo, solía
ser mínimo o intrascendente, casi nulo, no sirviendo más que
para amenizar o agilizar la conversación.
Para concluir, no está de más asentar mi presunción de
que Jacinto ocupaba una posición superior con respecto a los otros
entrevistados, probablemente debido a su rango en el escalafón del
EPR, o tal vez, simplemente, en virtud de algún mérito personal,
de una mayor experiencia en la lucha o de su carisma y su liderazgo natos.
La inflexión de su voz, cada vez que dejaba de hablar conmigo y se
comunicaba con sus compañeros, lo delataba como un hombre acostumbrado
a mandar y a ser obedecido, o a enseñar y aconsejar y a ser especialmente
atendido y respetado. En cualquier caso, la diferencia que había entre
él y los demás era prácticamente imperceptible, por lo
que yo sólo alcancé a percatarme de ella hacia el final de la
entrevista. Dicho sea de paso que entre los eperristas, o por lo menos entre
estos eperristas en particular, se observaba una gran horizontalidad e igualdad
en el trato, cualidades tanto más encomiables cuanto que no resulta
nada fácil conservarlas en las organizaciones armadas, las cuales,
como bien sabemos, tienden naturalmente a la jerarquización y la verticalidad.
SEGUNDA PARTE
Palabras leídas y oídas
Esta segunda parte la hemos dividido en doce pequeños capítulos,
cada uno de los cuales, dedicado a uno de los doce temas generales que tratamos
con el EPR, está ordenado por temas específicos y consta de
las siguientes dos secciones:
Sección de las palabras leídas. Concierne a las palabras intercambiadas
en