DAVID PAVÓN CUÉLLAR Y MARÍA LUISA VEGA

PRESENTACIÓN

Lucha eperrista es una presentación con la que el Centro de Documentación de los Movimientos Armados inaugura su aporte en el conocimiento de una causa generalmente desconocida: la lucha armada en América Latina. Desde el Centro trabajamos en ese sentido, no ya en defensa de causa alguna sino para volver accesible el pensamiento de quienes decidieron enfrentar con las armas al Estado.
“¿Cómo asombrarse de que el EPR dispare sus fusiles si únicamente son sus disparos y no su palabra –pero sí la palabra que el gobierno mexicano esgrime acerca de ellos– lo que los medios eligen para propagar como noticia?”, retumban las palabras captadas en el trabajo de María Luisa Vega y David Pavón Cuéllar que aquí presentamos, quizá como premonición y verdad irrefutable de una realidad que busca abrirse paso para no concluir arrasada. No obstante, esta sentencia no es exclusiva de los grupos armados mexicanos actuales, con la clara excepción del EZLN, sino que alcanza a la mayoría de las organizaciones insurgentes armadas latinoamericanas.
Una de las virtudes del presente trabajo es el tiempo que toman las entrevistas y la forma como se realizaron. Una parte presencial y otra por vía electrónica, que sirven para ir desentrañando paulatinamente el ideario eperrista a través de una poco ortodoxa ordenación.
Sin embargo, los temas abordados no parecen dejar nada librado al azar ni pregunta sin responder. Conocer y desmitificar: he aquí dos de las claves fundacionales, facetas imprescindibles, de Lucha eperrista. La negación informativa y la distorsión de los sucesos es otro de los escollos que enfrentan, donde pronunciar su palabra también está negado como parte de la política oficial: quienes se atrevan a alzarse en armas les depara la solución militar. Recluidos así en el anonimato son orillados a radicalizar sus acciones y propuestas, y no convertirse en invisibles ante los ojos sociales. En el comienzo del escrito, como una suerte de observación participante, ya descubre su importancia: debido a rígidas condiciones de seguridad que observan estas organizaciones, llegar hasta el núcleo es una verdadera odisea, incluidos los riesgos que implican concretar este objetivo.
Quizá de allí se desprende una parte fundamental de su valor. Las dimensiones que adquiere a partir de las distintas y largas entrevistas en pos de conocer lo que hasta hoy ha permanecido oculto, o de acuerdo con las propias palabras de un eperrista: “esta entrevista informal, desordenada, medio psicológica, es posible que revele otras facetas de nuestra personalidad, facetas desconocidas...”.
En esta ocasión particular todos los temas parecen abordarse, pues los autores traslucen que aquello que no se reproduce a través de los grandes medios de comunicación sencillamente no existe. Y como validación sirve el ejemplo de los zapatistas porque la dimensión y trascendencia que adquirió el alzamiento evitó que ese paupérrimo ejército de indígenas chiapanecos no fuese aniquilado aquel lejano y frío enero de 1994.

Jorge Lofredo

CENTRO DE DOCUMENTACIÓN DE LOS MOVIMIENTOS ARMADOS
http://usuarios.lycos.es/cedema
Septiembre de 2005

INTRODUCCIONES

Tres introducciones para un mismo libro. Y por si fuera poco, aquí, precediéndolas, una introducción a las introducciones. Todo esto es sumamente anormal. Nuestros lectores merecen una inmediata explicación.
Justifiquemos en primer lugar esta introducción a las introducciones, justifiquémosla diciendo que existe para justificar, por un lado para justificar la pluralidad de las introducciones, pero por otro lado para justificarse también a sí misma en su calidad de introducción a las introducciones.
Aclaremos en segundo lugar el hecho de que hayan tres introducciones. Si hay tres y no una, es porque en realidad, contra lo que parece, hay aquí tres libros, tres y no uno. Al igual que nuestros alegres lectores, que acabarán de percatarse ahora -mientras leen- de que han comprado tres libros por el precio de uno, al igual que ellos, nosotros, en el colmo de la felicidad, nos acabamos de percatar ahora -mientras escribimos- de que fueron tres los libros que escribimos por el esfuerzo de uno. Tres libros completamente distintos, que no coinciden ni en sus condiciones de publicación ni en su naturaleza ni en sus funciones: uno que tendría que haberse publicado en 1999, otro en el 2000 y otro más en el 2001; el de 1999 introducido en Francfort, el del 2000 en Oporto y el del 2001 en París; el primero, el fatalista de actualidad, aspirando a ser una iniciativa por la paz y contra la ignorancia; el segundo, el más comprometido y el menos ambicioso, resignándose a ser un modesto escaparate para la exhibición verbal; y el tercero, el casi académico, estimándose como una valiosa fuente historiográfica.
Espero que alguno de nuestros libros, alguno por lo menos, se amolde a cada uno de nuestros lectores, a cada uno de los que imaginamos como lectores: al realista que gira en el torbellino de las últimas noticias, en el único día que existe, en el hoy; al sensible que no deja de correr tras el sueño de un mañana mejor, el único día por el que puede hacerse algo, el único en el que los sueños se hacen realidad; al racional que se detiene, toma sus distancias y analiza lo que ocurre cuando ha ocurrido, siempre antes de ser analizado, siempre en el pasado, en el ayer, en el único día sobre el que no ignoramos todo. Los tres lectores son bienvenidos. Sus tres lecturas son igualmente válidas. Los eperristas luchan tanto en presente como en pasado y en futuro.
Los tres tiempos se han conjugado en el presente libro.

1. Francfort, 1999: Iniciativa por la Paz y contra la Ignorancia
El martes pasado, en una flamante mansión decorada con gusto exquisito y según las veleidades campestres y artesanales de la última moda, tuve el honor de cenar con ciertos amigos que pertenecen a la más prometedora, optimista y joven aristocracia de México. Entre ellos se encontraban un francés, un estadounidense y sus respectivas esposas, aparentemente criollas (es preciso insistir en el "aparentemente", puesto que ante las damas adineradas latinoamericanas jamás se está seguro si el aspecto criollo proviene de la casta, del azar o de los prodigiosos poderes de la cirugía plástica). Después de charlar en el salón principal acerca de pacientes neuróticos y demás frivolidades relativas a nuestra profesión de psicólogos -pasatiempo ejercido como profesión obviamente no por ellos sino sólo por ellas y por mí-, subimos unas escaleras para sentarnos en torno a una mesa redonda desde la que se gozaba de una magnífica vista panorámica sobre el vestíbulo y los interiores menos
íntimos de la casa. En dicha elevación tan privilegiada, y mientras saboreábamos un vino chileno y los platillos europeos que nos eran servidos por una muchacha de rasgos indígenas, se desarrolló un largo debate que verdaderamente desearía borrar de mi memoria, pues tuvo el efecto muy lamentable de irritar a mis gentiles anfitriones, pero al que habré de aludir en esta ocasión, violentándome sin clemencia, dado que resulta indispensable conocerlo para comprender cabalmente la más grande virtud que asignamos al presente libro, a saber, la de contribuir a la paz disipando la ignorancia. Tal vez mis lectores vayan a maravillarse cuando se hayan enterado, en este preciso momento, de que los tópicos debatidos con mis amigos giraron todos en torno al problema de la guerrilla en México. Juro solemnemente que yo no fui el culpable de que haya sido abordado tal problema en un ambiente como el descrito, un ambiente, sobra decirlo, en el que no se aspiraban otros aromas que no fueran los de la más pura honorabilidad, con lo cual resultaba de la más inapropiado para albergar escabrosas cuestiones de carácter revolucionario. Lo que probablemente ocurrió fue que mis buenos amigos, al percatarse de que me amargaban sus minuciosas alusiones a las inmensas fortunas de sus otros amigos más afortunados que yo -entre ellos algunas renombradas figuras de la política mexicana-, consideraron un gesto encomiable, oportuno y de muy buena educación, cambiar de tema y solicitar mediante insistentes preguntas mi dictamen del día acerca de un asunto que suele interesarle a los mexicanos de escasa fortuna.
Mis amigos y yo nos dispusimos, pues, a disertar acerca de la guerrilla en México. Tal vez si un sujeto como yo no hubiera estado presente -un sujeto que no es capaz de abominar todo lo que se debe a las guerrillas de su país-, la velada podría haber sido elegantemente revolucionaria, cordialmente revolucionaria, sin convertirse en el altercado verbal que tanto lamento. El caso es que algún atolondrado preparó la tragedia invitándome a cenar y algún otro atolondrado precipitó su desenlace dirigiéndome imprudentes preguntas sobre el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) y el Ejército Popular Revolucionario (EPR). Mis respuestas, debo reconocerlo, fueron tan imprudentes como las preguntas. En un rústico arranque de sinceridad, ataqué aquello que yo perfectamente sabía que los contertulios defenderían a ultranza, esto es, la historia de una violencia practicada por indios tontitos y analfabetas manipulados por titiriteros inteligentes -léase blancos y metropolitanos- con intereses ocultos. En lugar de confirmar esta historia, la cual no carece ni de sentido común ni de lógica interna, cometí el despropósito de exteriorizar una interpretación de los hechos que será sabiamente menospreciada por los más distinguidos entre mis lectores mexicanos. Esta interpretación, compartida por algunos otros candorosos románticos, hace referencia a ciertas acciones violentas motivadas por la desesperación, bastante justificadas como defensa propia, y perpetradas por indígenas y blancos y mestizos -por humanos sólo humanos- con tanta inteligencia y tan manipulables como esos blancos de raza pura y nacidos por gracia de Dios en la ciudad o en el extranjero.

La reacción de mis ofendidos amigos no se hizo esperar. A un tiempo todos me acometieron con mayor o menor ímpetu, según fuera su propia identidad, su experiencia pretérita y su interés personal en la materia. La ofensiva más rápida provino de la anfitriona de la casa, una señora de abolengo - heredera de grandes extensiones de tierra en la Huasteca-, la cual, en un temerario movimiento táctico, decidió conducir el combate al terreno de la reforma agraria y remató sus razonamientos con la arrolladora conclusión de que "los indios lo perdieron todo por apendejarse y ahora no pueden tener justificación para quitárselo a quienes lo han ganado con su trabajo a lo largo de tantos años". Acto seguido, fui embestido en otro flanco por el impertérrito estadounidense, el cual alegó, con pésimo acento y excelente vocabulario, que "a los indios se les debía educar en lugar de soliviantarlos" y que "la violencia no estaba justificada en ninguna circunstancia". La esposa de este último agresor,
una joven mujer a la que siempre he admirado por su franqueza y su honestidad, se limitó a expresar un sinnúmero de ideas impenetrables con movimientos de cabeza indescifrables y balbuceos ininteligibles, aunque pocos minutos después, dentro de su automóvil, me confesó, asestándome un golpe que me subyugó y me dejó sin aliento, que a su juicio todos los problemas de México emanaban del hecho patente, "sin duda una de las justificaciones de la guerrilla", de que las mujeres se dejaban embarazar con excesiva frecuencia y facilidad, razón por la cual, ella, actuando consecuentemente, seguía la norma de "nunca dar limosna a las Marías que nomás piden dinero en las esquinas y que si uno les ofrece trabajo nunca lo aceptan". Finalmente, con el veredicto del avispado galo, que fue tan sencillo como abrumador, se consumó el glorioso triunfo de mis adversarios: "muy probablemente haya justificaciones para la guerrilla, pero no se conocen con exactitud, así que mejor disfrutemos de estos momentos y olvidémonos de los zapatistas y los eperristas". Ciertamente los sofisticados y bien estructurados juicios de mis amigos han sido simplificados, aunque no con ánimo de ridiculizarlos, sino involuntariamente, como consecuencia de mi precaria memoria y de mi aún más precario entendimiento. No obstante, lo esencial que me he propuesto demostrar lo he demostrado, y es que todos estos juicios, tan habituales en la más alta y culta sociedad mexicana, descansan en un completo desconocimiento de las argumentaciones -reales o ficticias- con las que explican los propios guerrilleros su opción por la violencia. Alcanzo a recordar que a lo largo de nuestra discusión, una y otra vez, fui interrumpido con recatadas exhortaciones para que revelara las razones, las inimaginables razones, con las que osaría justificar algo tan nocivo y depravado como el EPR y el EZLN. Esta específica ignorancia de mis amigos no invalida sus juicios, puesto que su competencia en la versión oficial de la historia es grande y erudita, casi tan grande y erudita como la competencia de los guerrilleros en la versión subversiva. Los juicios de mis amigos, digámoslo de una vez, poseen tanto fundamento como los juicios de los eperristas, pero aun en el caso de que no lo poseyeran, no por ello tendrían menores posibilidades de ser verdaderos (todos sabemos que entre los seres humanos la verdad es una cosa bastante arbitraria que no suele estar condicionada por nada externo a ella, ni siquiera por la realidad a la que se remite).

Lo único de lo que cojean los juicios de mis amigos, los cuales no porque cojeen han de ser declarados inválidos, es, repito, aquella ignorancia casi total con respecto a las argumentaciones con las que la propia guerrilla explica su existencia. Dicha ignorancia puede ser censurable hasta cierto punto en el caso de los zapatistas, considerando la gran divulgación de la que han sido objeto las palabras del subcomandante Marcos; no obstante, en el caso de los eperristas, incurriríamos en una grave injusticia -tan grave como las denunciadas por la guerrilla- si condenáramos a aquellos ciudadanos que se han preocupado por adquirir un periódico todas las mañanas, que han buscado siempre con avidez las notas que conciernen al EPR, y que al final, invariablemente, han terminado leyéndose de cabo a rabo las mismas opiniones y noticias baratas acerca de los disparos de la guerrilla. A estos pobres ciudadanos, entre los que se cuentan mis opulentos amigos, no se les ha permitido comprar jamás, a ningún precio y en ningún sitio, ni en Coyoacán ni en Los Angeles ni en Madrid, las palabras de los eperristas, sus propias palabras, sus propias y valiosas justificaciones para los disparos. La culpa de la situación descrita, seamos contundentes, no es de los que no están informados sino de los que no informan.
En México y en el mundo, los periodistas han optado por seleccionar las noticias que suministran acerca del EPR de acuerdo a los rigurosos criterios impuestos por la Secretaría de Gobernación o por algún otro ente abstracto.
De este modo, los medios autodenominados informativos han llegado a ser desinformativos hasta extremos insospechados. Ellos y sólo ellos son los culpables de la insuperable ignorancia de quienes lamentan la ignorancia de aquellos analfabetas que nunca ignoran tanto como los asiduos lectores de la mayor parte de la prensa escrita... ¿Cómo asombrarse de que el EPR dispare sus fusiles si únicamente son sus disparos y no su palabra -pero sí la palabra del gobierno mexicano acerca de
ellos- lo que los medios eligen para propagar como noticia? ¿Con qué derecho condenar las manifestaciones violentas de inconformidad si no se han abierto, ni siquiera en los medios más informativos de México y del mundo, unos espacios que sean suficientemente vastos para manifestar la inconformidad de manera pacífica?
Para liquidar sin guerra una guerra primero hay que entender la guerra que no es lo mismo que disculparla-, escuchar a los guerreros, tolerar su palabra, comprender por qué hacen la guerra. En este sentido es válido afirmar que el presente libro es una iniciativa para la paz y contra la ignorancia. Dentro de él resuenan las palabras del EPR, sus razones para tomar las armas y sus exigencias para dejarlas, es decir, las causas supuestas de la guerra y las condiciones posibles para la paz.
Ni María Luisa ni yo aspiramos a desencadenar un proceso de diálogo y negociación con nuestra insignificante iniciativa. Inclusive presentimos que ni siquiera las cuatro personas con las que cené la noche del martes modificarán sus convicciones al descubrir todo lo que el EPR tiene que decirles. No nos sorprendería que las palabras de los guerrilleros fueran descalificadas por estar unidas a la violencia, o bien que fueran despreciadas como una sarta de mentiras o de excusas vacías, y que al final, en uno y otro caso, terminaran deslizándose por la superficie impermeable de aquellas corazas medievales con las que franceses escépticos, norteamericanos pacifistas y mexicanas temerosas se protegen y protegen a sus familias contra cualquier amenaza para su bienestar zedillista.
Los argumentos con los que el EPR justifica su opción por la lucha armada pueden ser rechazados, ya sea parcial o totalmente, pero mejor sería que antes de ser rechazados fueran conocidos. Contribuir a este conocimiento será el propósito de las siguientes páginas. En ellas se presentará por primera vez la versión íntegra de una dilatada entrevista que ha tenido lugar durante los últimos ocho meses en el ciberespacio. A fin de complementar esta entrevista, que no será bien recibida por quienes todavía estén aferrados al mundo real, daremos aquí parte de una segunda entrevista que se realizó en este viejo mundo, específicamente dentro de una lóbrega casa de seguridad del EPR, hace apenas dos días, esto es, la misma semana de la cena a la que me he referido en los párrafos anteriores. Sin duda le divertirá a mis pacientes lectores saber que en esa casa de seguridad, mientras desayunaba en compañía de los eperristas, un yo perverso desconocido por mí, quizás aguijoneado por aquel travieso antojo infantil de mortificar a monstruos y gigantes, le relató brevemente a uno de los entrevistados el debate que sostuve con mis amigos aristócratas. Después de haberme escuchado, mientras jugueteaban sus dedos con la tela de su capucha, el temible guerrillero estalló en una breve carcajada, y luego, con voz triste -demasiado triste como para seguir sin afectación a la risa precedente- comentó:
- Mucha gente, como esos amigos tuyos, no sabe nada de nosotros, y es por eso que desconfía, y que al final, por más que se resista, acaba creyendo en las mentiras que dice el gobierno. Es necesario que esa gente nos escuche. Por ahora no vale la pena discutir. Nomás se pierden los amigos y no sirve para nada. Antes de discutir se necesita saber algo de lo que se discute, y la gente no sabe casi nada, o lo que es peor, sabe muchas cosas que no son ciertas y con las que nos calumnia el gobierno. Antes de esas discusiones tenemos que ser escuchados. Mientras tanto, ni siquiera existen elementos que permitan a la mayoría de la gente hablar sobre nosotros... ¿Cómo se va a juzgar al EPR si ni siquiera se sabe lo que piensa? ¿Cómo se va a hablar de paz si ni siquiera se sabe lo que demandamos? La última pregunta que nos plantea nuestro estimado encapuchado, resume, con laconismo y claridad indignantes, la idea que me he esforzado por transmitir -al parecer ociosamente- a través de esta larga y oscura introducción. El presente montón de papel impreso, permítanme insistir en ello, representa una verdadera iniciativa para la paz y contra la ignorancia. Después de leer todas las siguientes páginas, sólo después de leerlas todas, nuestros lectores, entre los cuales desearíamos que se encontrasen los belicosos partidarios de la revolución o del exterminio de la guerrilla, sabrán lo que demandan los eperristas y habrán adquirido el conocimiento mínimo imprescindible para poder hablar acerca de la paz. Y no olvidemos que la paz, como todo lo demás en nuestra complicada y cotorra civilización, debe de hablarse antes de hacerse.
Para despejar presunciones policiacas, y evitar así uno de aquellos peligrosos malentendidos de los que se derivan en México un sinnúmero de molestias -entre amenazas, interrogatorios, torturas, encarcelamientos y homicidios-, es preciso aclarar que nuestra única relación con el grupo guerrillero se limita a las mencionadas entrevistas. Nuestra única relación, entiéndase bien, ha consistido en un intercambio de preguntas y respuestas cuyo fin es exclusivamente periodístico. La relación es pura y fría y superficialmente periodística.
No existe con los transgresores de la ley relación de ninguna otra índole, ni política ni militar ni solidaria ni económica. Nosotros no somos ni asesores ni portavoces ni colaboradores de este grupo clandestino, sino una rara especie de periodistas comprometidos con la verdad y con la paz, aunque sólo aficionados, emergentes e inexpertos.
Es necesario destacar, además, que María Luisa y yo diferimos sustancialmente de los planteamientos eperristas, los cuales nos desconciertan casi tanto como los que sostienen mis cuatro amigos aristócratas (a cuyas reuniones me temo que no volveré a ser invitado). Nuestra apreciación general, simplona como la de todos los mexicanos que viven en Europa y fatalista como la de todos los periodistas comprometidos con la verdad y con la paz, es que los diferentes sectores de la sociedad mexicana se han polarizado y radicalizado hasta el absurdo, hasta ese absurdo que a veces precede al caos y otras veces a la dictadura. Entre los polos, entre los dos bandos de radicales, se abre poco a poco un abismo de incomunicación que intentamos llenar con libros como el presente. Unos claman por el exterminio de las guerrillas. Otros aspiran al derrumbe del actual gobierno. Por nuestra parte, en el medio, no queremos ni la revolución ni la dictadura, ni pertenecemos al partido de los explotados ni al de los explotadores, ni tampoco al de los subversivos ni al de los conformistas. Pretendemos, con nuestras iniciativas de paz, ser unos más entre todos los intermediarios que ya existen. Esta vez, considerando que la palabra de una parte ya se había difundido lo que le correspondía, quisimos dar la palabra a la otra parte, a la que nadie o casi nadie ha escuchado todavía. Esa parte debe tener derecho a conducirse verbalmente, civilizadamente. Si le negamos ese
derecho, las conductas salvajes, rugidoras y atronadoras serán inevitables, y la guerra será inevitable, y nosotros, María Luisa y yo, trabajamos precisamente será inevitable, y nosotros, María Luisa y yo, trabajamos precisamente para evitar la guerra.
Las charlas que acompañaron a una cena tan exquisita como tediosamente mundana, disfrutada en una elegante mansión de Tecamachalco, y a un desayuno tan revolucionario como típicamente mexicano, vivido en una humilde casa de seguridad del EPR, terminaron de convencerme, poco antes de partir de la Ciudad de México, de que una obra como ésta podría ser un medio idóneo para contender a distancia y en abstracto, sin que corriera una sola gota de sangre, contra la ignorancia de los cultos aristócratas que habitan en los barrios menos mexicanos de la capital mexicana, y así, conciliando mediante el conocimiento al mundo con México y a la elegancia con la humildad y a los exquisitos de arriba con los típicos de abajo y a lo tedioso que se disfruta con lo revolucionario que simplemente se vive, la obra podría ser también un granito de arena en el empeño colectivo para sosegar y avenir a la particularmente dividida y enardecida sociedad mexicana. Después, en algún pasillo del aeropuerto internacional Benito Juárez, se me ha ocurrido la idea de aclarar dicho propósito desde la introducción. Finalmente, dentro de un Boeing 747, encima de las Nubes y de Groenlandia, me he sentido inspirado para escribir...
Ahora, pocas horas después de aterrizar en Alemania, estoy a punto de concluir una introducción para un libro que nunca se publique... (D. P., Francfort, 20 de enero de 1999)

2. Oporto, 2000: Modesto escaparate para la exhibición verbal
Se publicará el libro, con retraso -¡vaya retraso!-, pero se publicará.
Mucho es lo que ha ocurrido en México durante el tiempo que se ha retrasado
la publicación. Ha surgido un nuevo grupo armado autodenominado Fuerzas Armadas Revolucionarias Populares (FARP), se han registrado nuevas acciones del EPR, ha llegado al poder un presidente panista y el PRI se ha convertido en segunda fuerza. No se ha detenido la historia para esperarnos.
El curso de los acontecimientos nos ha rebasado y sabemos que ya no podremos alcanzarlo. En estas condiciones, lo mejor será quedarse aquí, rezagados, avanzando a nuestro paso, no lamentando el rezago, sino aprovechándolo para soñar, para volar por encima del presente y mirar al futuro, mirarlo desde atrás, desde donde mejor se mira el adelante. A este libro, tan felizmente retrasado, lo preceden ya tres artículos: («O EPR cercado polo siléncio», en Outrasvozes, número 11 de noviembre de 1998. Durante 1999 se publicaron «Aproximación al Ejército Popular Revolucionario», en Resumen Latinoamericano, número 39 (enero); y «EPR, EZLN, ERPI, sem espaços democráticos de participaçom política pacífica», en Abrente, número 13, del mes de julio y una breve selección («Ciberentrevista a periodistas europeos » en el boletín clandestino El Insurgente, número 21 correspondiente al mes de mayo, editado por el propio EPR), que han divulgado parcialmente, con toda celeridad, la entrevista que se llevó a cabo en el espacio virtual. De la otra entrevista, la que ha tenido lugar en una casa de seguridad, no se ha querido adelantar hasta hoy ningún fragmento. Se ha preferido presentarla entera de
una sola vez. Si la hubiéramos revelado poco a poco, citando en ocasiones diferentes pasajes aislados y descontextualizados, para exponer la posición eperrista con respecto a uno u otro asunto, su aportación informativa habría sido escasa y de carácter un tanto ambiguo y contradictorio, mientras que su contenido vivencial, en el que a nuestro juicio reside su principal valor, se habría perdido casi por completo al romperse la unidad de la experiencia subjetiva.
Precisamente al contenido vivencial, que no es fácil abarcar en un pequeño artículo, se ha consagrado toda la primera parte del libro, intitulada Personajes, tiempos y escenarios, en la que se hizo un esfuerzo enorme para describir los escenarios en los que transcurrió la entrevista, retratar a los personajes entrevistados y narrar en el tiempo nuestra experiencia, lo que vivimos, sentimos y pensamos cuando entrevistábamos. Luego, en la segunda parte, que titulamos Palabras leídas y oídas, incluimos fragmentariamente lo informativo, lo no vivencial, esto es, nuestras preguntas a los eperristas y las respuestas que leímos en la pantalla de una computadora o que oímos dentro de una casa de seguridad... ¿Y qué nos propondremos hoy al transcribir informaciones y vivencias relativas al EPR? ¿Seguiremos acaso abrigando el noble propósito de contribuir a la paz disipando la ignorancia? ¿Nos habremos rezagado tanto que ya perdimos de vista la realidad actual y hasta la realidad a secas, total, natural, intemporal? Casi dos años después de la extravagante introducción del 20 de enero de 1999, que salió de una cabeza perturbada por la reclusión todavía demasiado reciente dentro de una casa de seguridad y por dos noches sin dormir y por una buena cantidad de vodka en las nubes, el presente libro ha dejado ya de representar para mí algo tan sumamente útil y trascendental como una iniciativa contra la ignorancia humana y por la paz universal. No deseo ya con él ilustrar ni apaciguar a ninguna víctima de ninguna ignorancia. Me propongo, simplemente, permitirles a los eperristas lo que se les ha permitido muy pocas veces, a saber, decir lo que tengan que decir. Tal vez sean ignorados, y entonces no habremos avanzado gran cosa contra la ignorancia, o tal vez no sean ignorados, pero el efecto de su palabra sea otro muy diferente del esperado, pensemos, por poner dos casos extremos, en la decisión de algún lector de engrosar las filas eperristas o en la reafirmación en otro lector de su odio acérrimo hacia unos sujetos que sólo tienen a su juicio cosas odiosas que decir.
Habiendo puesto los pies en la tierra y habiendo caído al fin bajo el benéfico influjo de la sensatez de María Luisa, me resigno a ser con ella un modesto escaparate para la exhibición verbal, un simple medio para que los eperristas, por su cuenta y riesgo, se exhiban a su manera, con sus palabras, frente al siempre imprescindible público espectador. Y lo de ser un simple medio no debe malinterpretarse. María Luisa y yo somos bien conscientes de que los medios condicionan los fines, de que los eperristas no sólo se mostrarán a su manera con este medio, sino también a la manera del medio, a nuestra manera, a la que les hemos impuesto con nuestras preguntas, así como con el ordenamiento y la elección y la nunca suficientemente mesurada corrección estilística de sus respuestas, pero sobre todo con mi exposición de lo vivencial en la primera parte. Sin embargo, debe concedérsenos que también los eperristas - ¡no faltaba más!-, por lo menos a través de todas las palabras suyas que hemos trascrito literalmente -que son la gran mayoría-, disponen aquí de una oportunidad sin precedentes para mostrarse a su manera, como ellos aseguran que ellos son, y para cuestionar aquellas otras afirmaciones acerca de lo que son
que ellos juzgan como erróneas o engañosas o un producto de incomprensiones o malentendidos. Los eperristas, en efecto, intentarán persuadirles a ustedes, queridos lectores, de que no son ni unos terroristas sin base social, como rezan las declaraciones oficiales; ni los malos entre los guerrilleros, como ha sugerido el gobierno al compararles con los zapatistas; ni unos luchadores por la toma del poder, como les ha caracterizado el subcomandante Marcos; ni servidores de fuerzas ocultas en el seno del narcotráfico y de los sectores más duros del gobierno, como todos hemos sospechado en algún momento; ni el último estertor de las viejas guerrillas de los setentas, como han sentenciado los especialistas en la materia; ni unos trasnochados que están fuera de contexto y que no han sido informados sobre la caída del muro y sobre tantos otros cambios sustanciales en el mundo contemporáneo, como lamentan los consternados intelectuales post-marxistas y post-modernos que todo lo saben. Los eperristas, como es de esperar, aseguran que no son nada de esto. Ustedes podrán creerles o no creerles y creer que mienten. Ellos se esforzarán por convencer de que son sinceros y hablan con la verdad. Ustedes podrán ser tan incrédulos como ustedes quieran. Ellos serán tan insistentes como se les permita ser, tan insistentes como las páginas que se lean. Ustedes serán los que decidan cuándo callar a los insistentes, cuándo cerrar el libro. Nosotros nada tendremos que ver en este duelo a muerte entre ustedes y ellos. A lo sumo seremos una especie de padrinos, los padrinos de ellos, no los de ustedes, pues en este duelo a muerte ya sabemos por anticipado que sólo ellos podrán ser los muertos, no ustedes, que ni siquiera precisan de arma, sino que sólo requieren armarse de un poco de paciencia, o de impaciencia si es que desean que la sangre corra, que sea la sangre la que corra, la sangre y no la tinta.

(D. P., Oporto, 25 de junio del 2000)

3. París, 2001: Valiosa fuente historiográfica
No ha corrido la sangre. Tampoco se ha firmado la paz ni se ha disipado la ignorancia. Todo México está en suspenso,como hipnotizado, con los ojos fijos en su encantador primer mandatario. Los que no han caído en el hechizo, como los zapatistas y los eperristas, se dedican a matar el tiempo de la mejor manera que pueden, los unos viajando en caravana por la República y los otros organizando un Congreso Nacional y disputando con sus disidentes.
La tensa calma foxista, esta pausa en la historia, este aparente no pasa nada que no sea el presidente, nos ha servido a nosotros, a María Luisa y a mí, para serenarnos y charlar de la actualidad mexicana tan despreocupadamente como si fuera la Francia decimonónica: - ¿Pasará Fox a la historia como un Napoleón o como un Napoleón III? -me pregunto preguntándole a María Luisa. Ella me responde sabiamente, sin responder: - Como ninguno de los dos. Nadie puede pasar a la historia como alguien más.
- Lo que me pregunto es si en el futuro se le venerará o se le despreciará...
- En México nunca se sabe, si los napoleones hubieran sido mexicanos, tal vez del primero nadie se acordaría, mientras que el tercero tendría su billete, su avenida, su delegación en el DF y su monumento en Reforma.
- No digas eso -protesto indignado-, la historia es tan injusta en Francia como en México.
María Luisa, familiarizada con el síntoma de susceptibilidad patriótica que suele afectar a los mexicanos en Europa, me ve con ojos burlones, pero de inmediato recuerda que la discriminación positiva de los países del primer mundo resulta políticamente incorrecta, así que se pone seria y asiente con la cabeza.
- Tienes razón -reconoce-, la historia francesa no es menos injusta que la mexicana. En lugar de recordar el nombre de cada uno de los cuatro mil sublevados a los que asesinó el cabrón de Cavaignac en junio, prefiere acordarse del inepto Luis Felipe, del afeminado Lamartine, del imbécil Napoleón III y hasta de un asesino como Cavaignac.
- Se tenía bien merecido que meara sobre su tumba en Montmartre - agrego con voz orgullosa.
- El único acto verdaderamente revolucionario de tu vida -declara despreciativamente María Luisa.
- ¿Y la entrevista con los eperristas? -replico.
- Ellos son los revolucionarios. Tú no eres más que un payaso que no sabe creer en nada.
Entonces comprendo que ha llegado el momento de poner en su lugar a María Luisa:
- Igual que tú -exclamo señalándola con el dedo-, además se te olvida que muchos payasos que ni siquiera creían en la revolución murieron en las barricadas, ebrios, cantando...
- Pero ellos iban a las barricadas.
- Yo fui a una casa de seguridad -me defiendo.
- Nosotros no nos jugamos la vida como ellos -prosigue María Luisa como si no hubiera escuchado mi defensa-, ni estamos cerca de los revolucionarios, sino que nos quedamos aquí, en Europa, bebiendo Burdeos -lo dice llevándose la copa de vino a sus labios- y haciendo gala con los amigos de nuestras aventuras underground con la guerrilla. Esas aventuras no son para nosotros más que un decorado más para nuestras personas, una experiencia intrascendente para hacernos los originales, pero sólo jugamos, no creemos en lo que hacemos ni ponemos en riesgo nuestras vidas. Y lo más duro es que la historia prefiere
acordarse de gentes como nosotros que de los eperristas, de los que no conocemos ni siquiera sus nombres, ni sus caras, ni sus vidas, ni sus opiniones individuales. Ellos, anónimos, pura masa, contándose por miles en México y en el mundo, ellos son el combustible de la historia y deben morir para serlo.
Ello son los que llenan las fosas comunes, los que mueren por miles, como en junio del 48 en Francia, y ellos son los que morirán en México, y nadie se acordará después de ellos, ellos que son de lo más real que está pasando en nuestro país...
- En nuestro país no existe otra cosa que no sea Fox. Sólo existe aquello de lo que se habla, y en México no se habla más que del presidente. Para que los eperristas existan habría que hablar de ellos, nombrarlos, y ni siquiera tú podrías decirme el nombre de las decenas de eperristas que han muerto. En cambio, te aseguro que puedes nombrar centenares de frivolidades sobre Fox, por ejemplo, esas botas que le regaló a Bush. En nuestro mundo, un par de botas existe más que un par de eperristas encarcelados o muertos o en peligro de muerte. Y la historia no les hará justicia a estos eperristas...
- Es decir -precisa María Luisa-, a una de cosas más reales que existen y que están pasando en nuestro país...
- Te haces ilusiones -le contesto-, probablemente antes, cuando atacaban con mayor frecuencia los cuarteles militares, poseían algo de existencia real, aunque nunca tanta como las botas de Bush. Pero ahora no. Los eperristas, como casi todos los de abajo, deben matar si quieren existir, pues sólo matando se les nombrará y se hablará de ellos. Nadie se da cuenta de que a los eperristas se les está obligando a matar. Sólo matando existen, y sólo existiendo pueden luchar por lo que desean y conseguirlo. Mientras que el gobierno y los medios informativos sigan ocupándose de frivolidades foxistas, y silenciando los comunicados y las demás palabras eperristas, ese gobierno y esos medios informativos estarán obligando a los guerrilleros a existir y luchar por otros medios que los verbales.
- Y por más que se les obligue a matar -añade María Luisa con una sonrisa irónica-, los eperristas se resisten y optan por seguir emitiendo comunicados, organizando congresos y respondiendo entrevistas.
- Sí, optan por los medios verbales, pero nadie les hace caso, de modo que no existen...
- ¡Y nosotros los haremos existir gracias a nuestro libro! -exclama carcajeándose María Luisa.
- Eso mero.
- De modo que seremos como dioses, seremos los creadores de los eperristas, ellos serán nuestras criaturas...
Y María Luisa continuó burlándose de mí en los mismos términos, mientras que yo, resignado a no ser nunca tomado en serio, me ensimismé reflexionando acerca de las capacidades ontogenéticas de una fuente historiográfica tan valiosa como la presente.

(D. P., París, 21 de junio de 2001)

PRIMERA PARTE

Personajes, tiempos y escenarios
Cada uno de los apartados en los que se dividirá esta primera parte, la de los cuándos y dóndes y quiénes, se ocupará de un momento específico de la entrevista, de alguno de los sitios en los que ésta se ha realizado, así como de aquel o aquellos eperristas, o verdaderos o supuestos, o reales o virtuales, que han participado en ella.
El tiempo que habremos de recorrer abarca más de cuatro años, desde mayo de 1997, once meses antes de que empezara la entrevista, hasta julio del 2001, cuando tuvimos que despedirnos definitivamente de nuestros entrevistados. Entre los escenarios que reconstruiremos, que no son más que aquellos que se nos ha permitido reconstruir, estarán los de una casa de seguridad, los de algunas calles de la ciudad de México y hasta los que rodeaban a computadoras en París, Oporto y Santiago de Compostela. En cuanto a los personajes, a los que haremos desfilar uno después de otro, no sabemos nada sobre ellos, ni de dónde salieron, ni cuál es su verdadero nombre, ni por qué accedieron a ser entrevistados por nosotros... En fin, para que se tenga una idea precisa de nuestra ignorancia, debemos confesar que no estamos enterados ni siquiera de
cuántos fueron los entrevistados.

El presunto eperrista Javier: Sabiduría y sagacidad
Corría el mes de mayo de 1997. Yo consagraba casi todo mi tiempo al libro Zapatismo y contrazapatismo: cronología de un enfrentamiento, que escribí con la colaboración de Mariola López. Las investigaciones documentales se hallaban ya para entonces prácticamente rematadas, gracias a la heroíca perseverancia de Mariola, que malgastó un millar de tardes recluida en una hemeroteca. Había llegado el momento de reunir testimonios de toda suerte de sujetos cuya opinión, a nuestro juicio, fuese valiosa para comprender el conflicto en Chiapas. Con este fin, entre los meses de abril y de agosto, llevamos a cabo
unas treinta entrevistas, de las cuales integramos algunos fragmentos a nuestra cronología, bajo la denominación de visiones retrospectivas, después de los episodios a los que se referían. Entre dichas entrevistas, una de las que mejor recuerdo, tanto por la misteriosa identidad del entrevistado como por las extrañas circunstancias que me condujeron a él -más fortuitas e imprevistas que buscadas por mí deliberadamente-, fue la que realicé al presunto eperrista Javier; y es preciso hacer hincapié desde ahora en su condición de presunto eperrista, pues los eperristas inequívocamente eperristas, a los que empecé a entrevistar casi un año más tarde, pusieron en duda que Javier fuera efectivamente un miembro de su organización.
¿Era Javier un eperrista o un charlatán? Si era un vulgar charlatán, ¿con qué objeto se expuso al enorme peligro de hacerse pasar por eperrista? Y si era un verdadero eperrista, ¿por qué no me confirmaron luego sus compañeros su militancia en la organización? Tal vez porque había sido eperrista y ya no lo era, pasando a ser un erpista, lo cual parece admisible si consideramos que residía en el estado de Guerrero. Aunque también cabe pensar que la organización no haya quedado totalmente satisfecha con sus opiniones, las cuales, por lo demás, fueron expresadas por Javier a título personal, insistiendo una y otra vez en que no hablaba ni en nombre del EPR ni en calidad de eperrista.
Nosotros, los tramposos de este lance, aprovechándonos de una situación tan sumamente ambigua -en la que un entrevistado que asegura pertenecer al EPR nos advierte que sus palabras nada tienen que ver con su pertenencia al grupo armado y al mismo tiempo no impone prohibición alguna sobre lo que podemos y no podemos decir al respecto-, lo presentamos en el libro como un miembro del EPR, calibrando el gran peso que adquirían sus palabras al vincularlas a la organización armada, incrementando con este gran peso el insignificante peso de nuestro libro, pero dando lugar tal vez al muy comprensible descontento de la propia organización.
Haya ocurrido lo que haya ocurrido, y fuese quien fuese Javier, lo cierto es que sus conocimientos sobre la situación política mexicana, en especial los relativos a la guerrilla y al conflicto chiapaneco, eran extraordinariamente profundos, más profundos que los míos y que los de la mayoría de las personas a quienes había entrevistado, muchas de las cuales, hay que tenerlo en cuenta, eran especialistas o activistas de tiempo completo. Charlando con Javier un rato, apenas unas dos o tres horas, aprendí tanto como si hubiera leído varios libros sobre los temas que tocaba. Su erudición política de actualidad, por llamarla de algún modo, era comparable a la de los más prestigiosos analistas, investigadores y catedráticos. Pocos eran los últimos sucesos de la tragedia mexicana del poder, la representada en el escenario público, de los que no estuviera enterado y sobre los que no se hubiera formado una opinión cuya lucidez habría dejado estupefactos a los más entendidos en la materia. Sin embargo, además de su erudición con base hemerográfica o bibliográfica, sus noticias acerca de trapicheos, maquinaciones y gran variedad de fechorías ocultas en el seno del gobierno, si es que verdaderamente reflejaban la realidad, sólo eran equiparables a los secretos de cualquier alto funcionario del gobierno. Por si fuera poco, a sus hondos conocimientos y a sus penetrantes opiniones, se sumaban unas intuiciones geniales y unas predicciones que entonces me parecieron disparatadas y que al paso del tiempo se han visto confirmadas, entre ellas, por nombrar únicamente la más impresionante de todas, la concerniente al triunfo del PAN en las elecciones del 2000:
- En los setentas y ochentas, cuando el mundo se estaba ya derechizando, América Latina era una tierra todavía fértil para las revoluciones. Los ideales de la izquierda, los únicos ideales en toda la amplitud de la palabra, tardaron aquí más en erosionarse. Lo vimos en El Salvador y en Nicaragua y en otros lugares. Fue por eso que a Cárdenas le fue tan bien en el 88. Esa fue su última oportunidad, y la perdió por tarugo. Luego se cayó el muro de Berlín, y México, a la cola del mundo, se fue inclinando a la derecha, se fue volviendo panista, cada vez más panista. Lo vimos en el 94 y lo vamos a volver a ver en el 2000. Si el PRI no gana en el 2000, que yo creo que ahora sí ya no va a ganar, entonces será el PAN el que gane, el PAN y no el PRD. La izquierda perredista deberá esperar, deberá seguir esperando, quizá hasta el 2006, o hasta el 2012, o hasta
el 3000. Por suerte estamos nosotros y el EZLN. Sólo nosotros, los violentos, podemos acelerar el proceso, y si no hay condiciones para acelerarlo, y fracasamos y somos asesinados por un gobierno panista o priista, que no hay mucha diferencia, por lo menos habremos hecho menos aburrida la espera. Javier sonrió con amargura mientras yo terminaba de anotar en mi libreta sus últimas palabras. Luego examiné su rostro. Me esforcé por entrever, en su sonrisa que se desdibujaba poco a poco, en su ceño fruncido y en su vista clavada en el suelo, cuáles eran los sentimientos de un revolucionario ante una visión tan catastrófica del futuro. No pude entrever más que fatiga y resignación, que no eran, por supuesto, los estados de ánimo que uno suele atribuir a los revolucionarios. Sirva éste como un indicio más para desconfiar de la condición de eperrista de Javier, el cual, si a pesar de todos los indicios resulta ser un auténtico eperrista, habrá sido el único -además de un emisario que en principio no debe ser miembro de la organización- del que pude contemplar el rostro, un rostro maduro, arrugado, moreno, mestizo, con unas cejas muy pobladas y unos grandes bigotes que podrían haber sido los del señor presidente Vicente Fox, pero que no lo eran, para bien o para mal. Los eperristas virtuales Victoria Pueblo y Francisco Javier: Representantes diplomáticos de lo más contrario a la diplomacia que pueda imaginarse Casi un año después de entrevistar a Javier, y residiendo María Luisa y yo en Santiago de Compostela, comenzaron nuestras habituales reuniones dentro del ciberespacio con eperristas virtuales, primero sólo desde Galicia y con Victoria Pueblo, de abril a septiembre de 1998, y luego desde Galicia o Portugal o Francia o México y con Francisco Javier, a partir de octubre del mismo año. Se debe tener presente que no sabemos casi nada sobre la identidad real, no virtual, de estos personajes. Quizá detrás de ambos haya un solo eperrista real, o quizá detrás de cada uno hayan varios eperristas reales. Detalles como éstos los ignoramos por completo. Lo único seguro es que detrás de Victoria Pueblo y de Francisco Javier está el EPR, lo cual ha sido plenamente confirmado con la inserción de un fragmento de la entrevista en el número 21 del periódico El Insurgente, dirigido y publicado por el PDPR-EPR, así como con el encuentro que tuvo lugar en el espacio físico, dentro de una casa de seguridad eperrista, en enero de 1999.
Las computadoras, esas puertas por las que penetramos al ciberespacio en el que transcurrió la entrevista con los eperristas virtuales, se ubicaron en escenarios de lo más variado. Como una medida vana de seguridad, empleamos siempre máquinas públicas, gratuitas o de alquiler, por lo general en ciberlocutorios o cibercafés. Hasta octubre de 1998, de noche o de madrugada, con un ambiente de música techno y de adolescentes noctámbulos haciéndose por chat el amor, pagamos cien pesetas la hora de internet en un local abierto hasta el amanecer, ubicado en un segundo piso de Compostela, pero no en una
casona típica de la zona vieja, sino en un alto edificio de los noventas, a un paso de la Plaza Roja, en uno de los barrios más insulsos de la ciudad. Luego, en Oporto, entre octubre de 1999 y agosto de 2000, por las tardes, bebiendo vermouth, trabajamos en una elegante madriguera de trescientos escudos la hora, con servicio de bar y pantalla gigante de televisión, todo bien escondido en un sótano de la célebre Avenida de los Aliados. Por último, a partir de septiembre del 2000, en París, a toda hora y siempre con poco tiempo, fueron unas ineficientes máquinas gratuitas instaladas en los pasillos de la universidad y del metro, en la gigantesca estación Châtelet-Les Halles, con nosotros de pie, sudando, zampándonos unos sandwiches de Camembert-beurre, ensuciando inevitablemente las teclas de mantequilla y siendo presionados por una fila de cinco impacientes a nuestras espaldas. Además de estos puestos relativamente fijos, hubieron otros de una sola vez, en casas ajenas, oficinas, bibliotecas, universidades, aeropuertos y centros comerciales; en Madrid, Amsterdam, Francfort, Ciudad de México, Ciudad Satélite, Huixquilucan y Naucalpan; con silencio, jazz, salsa, risas y hasta vibraciones de aviones que despegan. Sobra decir que nada sabemos del espacio real que hubo al otro lado, en algún lugar de la República Mexicana, rodeando a Victoria Pueblo y a Francisco Javier. Tampoco hemos podido enterarnos de las condiciones en las que se han comunicado con nosotros, ¿ha sido a solas o en compañía, en computadoras públicas o privadas, con música o en silencio? Cuestiones tal vez carentes de importancia, pero que no dejan de excitar nuestra curiosidad, casi tanto como la excitan los personajes en sí mismos. Acerca de ellos, sin embargo, sí podemos saber algo más que nada. En seguida, para que puedan adivinarse algunos rasgos de su intrigante personalidad, al tiempo que se obtiene información relevante sobre la entrevista, presentamos en orden cronológico una breve relación y algunos extractos de nuestros encuentros con ellos en el ciberespacio:

Abril de 1998. Nos ponemos en comunicación con Victoria Pueblo.
Mayo. Proponemos la entrevista. Ofrecemos difundirla totalmente con el presente libro y parcialmente en periódicos y revistas. Planteamos un formato con diez temas diferentes, a los que se refieren aquí los diez primeros capítulos de la segunda parte, y dos series sucesivas de preguntas, la segunda formulada a partir de las respuestas a la primera.

26 de Junio. Victoria Pueblo: "Sobre la propuesta, es bastante atractiva y creemos que es viable que se lleve a cabo, sobre todo por el formato que proponen, así como por el destino que llevará el fruto de este trabajo. Por ello tengan por seguro que no queremos truncar sus inquietudes."

28 de junio. Victoria Pueblo nos informa que se aprobó la realización de la entrevista.

2 de julio. Enviamos nuestro primer cuestionario, consistente en diez preguntas,
con las que se inician cada uno de los diez primeros capítulos de la segunda parte. Establecemos un calendario tentativo de trabajo, según el cual la entrevista se completaría en unas cuantas semanas.

8 de julio. Victoria Pueblo: "Deben tenernos paciencia, por los mecanismos internos de comunicación, que a veces tardan."

6 de agosto. Victoria Pueblo: "Les rogamos que disculpen la tardanza en enviar las respuestas. Estamos dispuestos a seguir cooperando, y si es necesario, tal como se plantea, responder una segunda ronda de preguntas. Les reafirmamos que estamos dispuestos, porque nuestro interés, tal como ya lo hemos manifestado, es dar a conocer de la manera más amplia nuestra lucha."

10 de agosto. Recibimos la primera serie de respuestas.
12 de agosto. Despachamos la segunda serie de preguntas, correspondientes aquí a la segunda y tercera de cada uno de los diez primeros capítulos de la segunda parte. Además, al margen de la entrevista, le pedimos a Victoria Pueblo que nos hable sobre el temor de los eperristas.
12 de septiembre. Victoria Pueblo: "Debemos pedirles nuestras sinceras disculpas por el retraso en la entrega de las respuestas a las preguntas que amablamente nos han formulado, lo cual se debe a factores técnicos y de tiempo, y de ninguna manera a razones de molestia o malos entendidos". Acerca del temor de los eperristas, Victoria Pueblo expresa: "Cuando los militantes y combatientes del PDPR-EPR decidimos luchar por justicia, libertad, democracia, igualdad y todo aquello que represente mejores condiciones de vida para el pueblo, sabemos que esto exige un gran esfuerzo y que podemos sufrir la cárcel, la tortura e incluso la muerte, pues nos enfrentamos a un gobierno represor antipopular y antidemocrático que no respeta los más elementales derechos humanos, e indudablemente que esto causa temor en nuestras filas, pero nos sobreponemos fortaleciendo nuestra conciencia y convicción de la justeza de la lucha, pues día a día crecen el hambre, la miseria y la opresión en nuestro país."
15 de septiembre. Victoria Pueblo se despide.
23 de septiembre. Francisco Javier entra en comunicación con nosotros. Inmediatamente le escribimos: "Hay una duda básica que hasta ahora no nos habíamos planteado: ¿Quién nos ha respondido las preguntas? Desde luego que tenemos la certeza de que se trata de alguien del EPR, pero no sabemos a quién debemos referirnos en nuestras publicaciones... ¿Victoria Pueblo? ¿Francisco Javier? ¿Comandante 'algo'? Les rogamos que nos hagan saber qué nombre prefieren ustedes. Como suponemos que todos los nombres son ficticios, para nosotros carece de importancia cuál nombre sea el elegido, aunque preferimos uno que remita a una persona individual y no a un grupo, lo cual dará más confianza a los lectores (por ello quisiéramos rechazar el nombre de 'Victoria Pueblo'). También nos gustaría preceder el nombre con algún grado militar (comandante o mayor o cualquier otro) por razones de efecto que ustedes comprenderán perfectamente. Desde luego que no decidiremos nada sin su consentimiento, así que esperamos ansiosos su respuesta." 28 de septiembre. Francisco Javier: "Efectivamente, los nombres que se usan en los correos electrónicos son ficticios, aunque el último, el mío, el de Francisco Javier, sí es real, se trata del internacionalista español que lucho en la guerra de Independencia: Francisco Javier Mina. Pasando a otra cosa, ya se envió la petición que nos hiciste, pero preliminarmente, conforme a nuestra política, las declaraciones públicas son siempre avaladas colectivamente. El cuestionario no lo responde en particular una comisión, sino un grupo de compañeros de diferentes lugares y de diferentes responsabilidades, para darle un carácter más formal, para incentivar la participación de todos los compañeros y para impedir que siempre sean los mismos los que expresen nuestras ideas."
19 de octubre. Recibimos la segunda serie de respuestas y solicitamos una tercera serie para "profundizar" y "cerrar de la mejor manera" los diez temas de la entrevista.
21 de octubre. Francisco Javier nos da a conocer la disposición del PDPR-EPR a contestar la tercera serie de preguntas.
22 de octubre. Remitimos la tercera serie de preguntas, cuarta y quinta de cada uno de los diez primeros capítulos de la segunda parte.
26 de diciembre. Recibimos la tercera serie de respuestas.
30 de diciembre. Pedimos una entrevista fuera del ciberespacio con miembros del EPR.
Enero de 1999. Somos guiados por Francisco Javier hasta una entrevista en el espacio real, en la que los miembros del EPR acceden a responder, nuevamente a través de Francisco Javier y en el ciberespacio, una cuarta serie de preguntas, las cuales tendrían que ser formuladas a partir de "inquietudes colectivas sobre el EPR que recogiéramos en Europa".
Febrero. Intentamos cumplir con la misión encomendada por el EPR. Preguntamos a un buen número de gallegos, madrileños, asturianos, valencianos, catalanes y bretones, todos ellos amigos nuestros y allegados a diversas organizaciones
de izquierda, qué es lo que les interesaría saber sobre los eperristas.
En base a la información recabada, redactamos y enviamos a Francisco Javier una cuarta serie de preguntas, correspondientes, por un lado, a la sexta de cada uno de los diez primeros capítulos, y además, por otro lado, a las seis primeras de los capítulos once y doce, relativos a la mujer y a la familia, dos temas que habíamos olvidado tratar y que parecían inquietar colectivamente a los europeos.
Octubre. Recibimos las respuestas a la cuarta serie de preguntas y damos por terminada la entrevista.
Julio del 2000. Solicitamos un segundo encuentro fuera del ciberespacio.
Agosto. El segundo encuentro en el espacio real es rechazado.
Septiembre. Francisco Javier nos envía correcciones sustanciales del PDPR-EPR a sus respuestas anteriores. Nosotros las aceptamos.
Octubre. Nos comprometemos a tener listo el presente libro en enero del 2001.
Diciembre. Notificamos que no terminaremos el libro en la fecha convenida.
Enero del 2001. Por causa de problemas técnicos, se rompe la comunicación.
Julio. Se reestablece la comunicación. Nos disculpamos con Francisco Javier por nuestro largo silencio y le enviamos al fin el libro.
Pasando por alto las eventuales diferencias que pudieran haber entre Victoria Pueblo y Francisco Javier, cabe destacar algunos grandes rasgos compartidos por ambos personajes virtuales. En primer lugar, su paciencia y mansedumbre ante nuestros constantes errores y retrasos, algunos provocados por negligencia e irresponsabilidad, así como su delicadeza, corrección y afabilidad, con sus abundantes "fraternos saludos" y "sinceras disculpas". En segundo lugar, su prudente mesura y su discreción individual, con su acatamiento y sujeción al ente colectivo, al "compañeros" y al "nosotros". En tercer lugar, su
apego a las metas e ideales de la organización, un apego entusiasta e incontenible, que a veces les hizo excederse en su limitada función de intermediarios y canales de comunicación. Todos estos rasgos, apenas delineados en nuestro intercambio de mensajes, conforman la personalidad de estos dos inusitados representantes diplomáticos de la capucha y el fusil, de la clandestinidad y la guerra, de la rebeldía y la furia, de lo popular y lo revolucionario, en suma, de lo más contrario a la diplomacia que pueda imaginarse.

El pueblo emisario : dos encuentros
Una desilusión en el doloroso primer encuentro

En enero de 1999, acordamos con Francisco Javier un lugar, un día y una hora para el encuentro, el primer encuentro en el espacio real, que habría de ser "breve" y no tendría otro objeto que el de "conocernos". Sería en el sur de la ciudad de México, un viernes en la tarde. Yo tendría que acudir en compañía de María Luisa y de nadie más, sin grabadora ni cuaderno de notas ni cámara fotográfica. Ellos se encargarían del resto. Sólo me pedían que fuera puntual, precavido y discreto.
Debí correr por las calles y por los pasillos del metro, no tuve tiempo de ser indiscreto ni de tomar las debidas precauciones, pero fui puntual, fui yo solo puntual, pues María Luisa no me acompañaba.
El emisario llegó con unos cinco minutos de retraso. Me examinó de pies a cabeza y se sentó a mi lado. Nuestras rodillas se tocaron. Él retiró la suya. Yo permanecí inmóvil. Intercambiamos las contraseñas convenidas. Le miré fraternalmente, como a un viejo amigo, y le sonreí con la más abierta de mis sonrisas. Él también sonrió, pero por pura urbanidad, sin emoción alguna. Sus ojos no respondieron a los míos, aunque tampoco es correcto decir que los hayan esquivado, sino que simplemente se quedaron suspendidos en sus órbitas, extraviados en el vacío, como los de un ciego.
- Bonito día -me comentó en un susurro.
- Sí, muy bonito.
- Hace unas horas estaba muy nublado, hasta pensé que nos iba a caer un aguacero.
- Yo también, por eso estoy tan abrigado, pero el clima se ha vuelto loco.
- Así es.
- Y seguimos talando los bosques...
- ¿Usted es David? -me interrumpió inquieto, después de consultar su reloj.
- Sí.
- Yo soy el emisario.
Para mí no era más que una desilusión. Ni su apariencia ordinaria ni la timidez y el embarazo de su voz me parecieron congruentes con su función de representante de un grupo clandestino armado. No es que yo esperase al célebre terrorista, el que a todos nos hacen imaginar, el de voz tenebrosa y cara de malo, el de mandíbula saliente y lentes obscuros. No, yo no esperaba a este fabuloso personaje, el manipulador, sólo sospechado, nunca visto; así como tampoco esperaba al otro personaje, el sólo visto en la televisión, el ranchero analfabeta y muerto de hambre, tonto y pobre, manipulable y comprable,
manipulado y comprado. Mi anterior contacto con Javier, el presunto eperrista, me había hecho sospechar ya que ni los burros milicianos ni el comandante león son como los pintan, o, mejor dicho, que ni los milicianos tienen facha de burros ni los comandantes la tienen de leones. Yo no esperaba, pues, tratar con ningún animal. El hombre con el que traté me pareció tan hombre como el hombre con el que esperaba tratar. Lo inesperado fue la falta absoluta de seguridad y desenvoltura en un sujeto radicalmente normal, extraordinariamente común, que se mostraba tan vulnerable como cualquiera se hubiese mostrado en estas mismas circunstancias; un sujeto en el que no había nada inusual o turbio que me inquietara, con el que podía sentirme tan a gusto como con un vecino simpático del que nada temiera y del que nada me interesara.
El emisario guardaba silencio. Yo me hallaba ensimismado, con la cabeza baja, sufriendo mi desilusión y esforzándome por justificarla o impugnarla.
Alguien que deambulaba pasó lentamente muy cerca de nosotros. Me sobresalté. El emisario echó un vistazo a nuestro alrededor, bostezó, volvió a consultar su reloj y me propuso que paseáramos un rato. Yo estaba cansado, me gustaba el lugar en el que nos encontrábamos sentados, pero la propuesta era más bien una orden terminante. No me atreví a rechazarla. Nos levantamos, él de un salto, yo con desgana. Anduvimos por una calle ancha y solitaria, primero completamente silenciosos, luego intercalando comentarios cada vez más dilatados. Seguidamente, ya sin dejar de hablar el uno con el otro, nos internamos en un barrio humilde y nos perdimos por sus ruinosas y sucias callejuelas, esquivando a chiquillos desaliñados con un aspecto indómito y revoltoso, aterradoramente decidido, entre los que yo nunca hubiese tenido el valor de aventurarme sin contar con la protección de un ser tan presumiblemente peligroso como el que me acompañaba.
Una multitud en el revelador inicio del segundo encuentro
El segundo encuentro con el emisario, que tuvo lugar al día siguiente en la esquina de dos avenidas muy transitadas, precedió por unas tres horas a mi reclusión en una casa de seguridad y a la entrevista física formal con los miembros de la organización armada. Nuevamente debí correr y fui el primero en llegar. No tuve tiempo de comer nada. Me sentía hambriento. Compré unos cacahuates japoneses y me subí a un puente peatonal. Desde ahí dominaba todo el territorio. No teniendo experiencia en materia de guerrilla urbana, pero sí en libros de caballería, supuse candorosamente que al permanecer encaramado en esa posición estratégica, inexpugnable a mis ojos como la de un castillo medieval, podría ver a todos sin ser visto y conservaría un amplio margen de maniobra para huir en caso de emergencia.
A Dios gracias los diez minutos de espera transcurrieron sin imprevistos, pero desde mi parapeto, en el que por cierto se consumían con una rapidez preocupante mis escasas provisiones de cacahuates, fue de todo punto imposible distinguir la cara del emisario entre las de la multitud. Esa cara, a la que había observado con detenimiento hacía unas cuantas horas, se manifestaba esta vez multiplicada en innumerables caras con facciones sutilmente desiguales entre sí, expresiones más o menos exactas de una sola realidad, rostros diferentes con un mismo gesto que más parecían gestos diferentes de un mismo rostro.
Mientras desde mis alturas analizaba con desesperación a la multitud, en esos largos minutos en los que por locura o por miopía o por genuina perspicacia podía ver o imaginar o alucinar la curiosísima proliferación de unos mismos rasgos en muy distintos individuos, el emisario dejó de representar para mí una simple desilusión y cobró un significado enorme, tal vez inmerecido, pero que todavía conserva. El emisario, para decirlo en pocas palabras, se convirtió en una de las más puras encarnaciones del pueblo que jamás hubiese conocido. Sin duda es inmenso el número de personas con las que he tropezado
y que encarnan a ese ente abstracto al que llamamos pueblo, mas en su calidad de encarnaciones, y por motivos que desconozco, sólo muy pocas de ellas me han parecido tan puras como ésta. No pretenderé, desde luego, que se preste a este juicio mayor crédito del que debe prestarse a una apreciación por entero subjetiva. Acéptese exclusivamente como un eslabón más en la cadena de impresiones, imágenes y sentimientos en la que se engarzan las palabras de la entrevista. El emisario, pues, sintetizando en sí a todos los transeúntes y mostrándose en cada uno de ellos, no se distinguiría claramente de los demás desde mi distante punto de observación. Por tanto, en el instante mismo en el que se hubieron agotado mis provisiones de cacahuates, decidí volver a tierra y mezclarme con la multitud. Experimenté cierta inseguridad al quedarme sin mi visión panorámica del territorio. Afortunadamente, una vez que me perdí entre las encarnaciones más o menos puras del pueblo, tardé apenas un abrir y cerrar de ojos en identificar a la más pura de ellas...

Fue un momento conmovedor el del segundo encuentro. Mi estómago reclamaba otra bolsa de cacahuates, pero el puesto en el que se vendía estaba situado a la otra orilla de un ancho y desenfrenado torrente de automóviles, precisamente aquel sobre el que se había construido un puente peatonal para que fuese usado como tal -como puente peatonal y no como torre de vigilancia para actividades clandestinas- por los buenos ciudadanos, los sumisos y responsables.
Yo, que me enorgullezco de no pertenecer a esa clase de ciudadanos, me disponía a torear los coches, pasando la avenida por debajo del puente, cuando súbitamente sorprendí al emisario en la otra acera disponiéndose a consumar la misma hazaña. Nos saludamos con un gesto de complicidad. Había sido claro para uno y para otro que pertenecíamos a la misma clase de ciudadanos, la popular y multitudinaria, la de los insumisos e irresponsables.
Caballerosidad en la femenina continuación del segundo encuentro
El emisario me esperó en su acera. Yo crucé corriendo la avenida. Nos dimos la mano y nos sonreímos. Esta vez él respondió a mi sonrisa con otra sonrisa tan abierta o casi tan abierta como la mía.
Nos pusimos a caminar. Después de una media hora, durante la cual sólo intercambiamos unas cuantas palabras sobre asuntos irrelevantes, llegamos a la plaza principal de Coyoacán. A lo lejos, delante de nosotros, divisé una cara conocida. Nos aproximábamos rápidamente a ella. Debí ladear la cabeza hacia la izquierda, hacia el emisario, para no ser reconocido. Pasamos a un lado, a unos dos metros de distancia de esa cara, y yo alcancé a oír su voz, una voz que me era tan familiar... Ya no quise alzar más la cabeza, con todo y que no dejaba de atraerme una escena tan divertida como la de toparnos con un amigo, tener que presentarle de algún modo a mi acompañante, probablemente ser invitados a tomar un cafecito en El Parnaso, y verse obligados a declinar la invitación diciendo que íbamos con retraso hacia la cineteca, y que el otro quisiera
saber qué película veríamos, y tener que inventar un título y un nombre italiano para el director, y que el otro se mostrase interesado y que se le antojara ir con nosotros...
El emisario atajó el brote de mi fantasía con un tímido comentario...
- De los artículos que nos ha mandado, el que más me gustó fue el último...
- ¿El último? ¿Cuál fue el último?
- El que acaba de publicarse en una revista, ¿de Madrid...?
- ¡Ah, sí! En Resumen Latinoamericano.
- Sí, eso mero. Los demás artículos son muy fríos. En cambio, en éste, se ve que María Luisa y usted simpatizan más con nuestra causa.
- Lo que pasa es que son artículos diferentes. No se puede escribir igual en todos los medios.
Atravesamos de extremo a extremo la plaza de Coyoacán. Luego seguimos caminando, tal vez durante otra media hora, hasta que al fin nos subimos a un taxi que nos llevó a una estación de metro, en la que nos introducimos de inmediato. Bajamos corriendo las escaleras y conseguimos entrar a un vagón justo antes de que cerraran las puertas. Nos sentamos uno junto al otro. En la siguiente parada entró una mujer y el emisario le cedió su asiento. Yo también me puse de pie. - No me imaginé que fueran ustedes tan caballerosos -le dije, burlón. Charlamos un buen rato acerca de la cuestión femenina. He olvidado casi todas sus opiniones al respecto. Ya esa misma noche, haciendo un balance de la jornada en la casa de seguridad, no pude rememorar con exactitud y anotar fielmente más que una sola de ellas:
- Las mujeres se cansan menos, aguantan más, pueden llegar a ser más valientes y más canijas que los hombres, pero sólo cuando se les deja, cuando se les deja ser ellas mismas.
Inteligencia en el erótico fin del segundo encuentro
Salimos del metro en una zona de la ciudad en la que yo jamás había estado. El emisario me dejó recargado en un poste, cerca de la estación de metro, junto a un concurrido puesto de "tortas gigantes", mirando hacia un pequeño edificio en cuyo segundo piso podía contemplarse, a través de los grandes ventanales, una hilera de jovencitas practicando aerobics.
- Quédese aquí -me indicó el emisario al oído y señalando el poste con un movimiento de cabeza-, exactamente aquí, tranquilo, quieto, sin moverse, ni ver a su alrededor, ni voltear, ni hablar con nadie. Procure comportarse normalmente,
sin llamar la atención, como si estuviera esperando a alguien. Es posible que yo tarde. No se vaya usted a ir...
- No me voy a ir. Puede tardar todo el tiempo que usted quiera. Mientras estas chavas sigan bailando...
Él dejó asomar una evanescente sonrisita de inteligencia, tal vez dándome a entender que no había sido casual la elección de ese lugar. Acto seguido, recobrando la compostura, continuó proporcionándome diversas informaciones e instrucciones. Por último, antes de irse, tuvo la gentileza de pedirme que lo disculpara:
- Perdone usted todas estas medidas de seguridad, que son una forma de imponerle nuestros métodos a usted, que ha de tener los suyos propios. Espero que comprenda que tantas precauciones son algo normal. Bueno, en realidad son algo anormal, pero tan anormal como todo lo demás.
Lo vi alejarse y me quedé bien quietecito en el lugar tan privilegiado que me habían asignado. Las jóvenes aeróbicas no dejaban de bailar para mí, pero el tortero del puesto vecino me veía constantemente mientras se reía y cuchicheaba con uno de sus clientes, seguramente comentando el descaro de este güero tan mirón. No hubo más remedio que posar la mirada en otro punto, en un insulso anuncio luminoso que no era precisamente como los de Wonderbra.
Pasaron diez minutos, un cuarto de hora, tal vez hasta media hora, y nadie venía a buscarme. Poco a poco fui sumiéndome en un hondo letargo. Mis ensueños me transportaron hasta mi ventana en Santiago de Compostela, ésta frente a la que ahora estoy escribiendo -con su espectacular vista panorámica sobre torres barrocas y tejados y chimeneas y gatos y gaviotas-, y progresivamente perdí la conciencia de la singular situación en la que me encontraba.
Filiberto el terrible: Cuatro voces y un silencio intermedio
Voz amenazante
Rugió a mis espaldas una voz amenazante, la de Filiberto, la del primer Filiberto.
- Ya llegamos. No vaya usted a voltear.
Descargó una mano grande y pesada sobre mi hombro y me impulsó con fuerza hacia adelante. Nos apartamos de los comercios ambulantes. El barullo fue disminuyendo hasta que ya sólo se oían nuestros pasos y el zumbido uniforme de la ciudad. Mientras Filiberto y el emisario murmuraban algo entre ellos, yo abandoné mi ventana de Santiago, desperté de mi letargo, y súbitamente, aterrorizado, redescubrí el suelo, el suelo al que caen los muertos, su magnetismo, la gravedad doblándome las piernas y atrayéndome hacia nuestras sombras proyectadas por la luz amarilla de las farolas, hacia las cortantes irregularidades en el pavimento, hacia una bolsa con trozos de fruta putrefacta en su interior. En mi sesera no cuajó ningún pensamiento, ninguno digno de recordarse, por más consistentes e indelebles que hayan sido mis sensaciones, primero la de un terror paralizante y luego la de sentirme tan atrapado y tan vivo y tan muerto como un pedazo de fruta putrefacta dentro de una bolsa transparente.
Hubiera querido lanzarme a correr por la callejuela desierta. Sabía que no lo haría, pero me sosegaba imaginando que lo hacía, que dejaba atrás esa voz amenazante, que me zafaba de esa mano monstruosa, y que se quedaba allá, muy lejos, aguardando en vano a su víctima, todo aquello que pudiese hacerme caer al suelo.
Mi huída imaginaria terminó cuando nos detuvimos, se abrió la portezuela de un vehículo y volvió a rugir la voz de Filiberto, esta vez aún más amenazante.
- No levante la cabeza. Aquí se queda el emisario, pero usted va a subirse a este coche. Lo voy a llevar hasta el lugar en el que platicaremos con los compañeros.
Si quiere que todo salga bien, tiene que hacer lo que yo le diga. Seguidamente, después de haberse disculpado por golpearme la frente al introducirme bruscamente dentro del vehículo, me transmitió algunas indicaciones concisas sobre cuál tendría que ser mi comportamiento en las próximas horas...
- Ahora tiene que cerrar los ojos...
Voz preguntando
A lo largo del trayecto, el cual duró unas dos horas que en la negrura de mis ojos cerrados se me hicieron interminables, Filiberto ya no fue más que una voz preguntando.
En efecto, el segundo Filiberto, el conductor, sólo sabía preguntar. No comentaba mis respuestas. No respondía ni siquiera con monosílabos. Yo me esforzaba por entablar con él una conversación. Él procuraba mantenerse callado y escuchar. Luchamos así el uno contra el otro; sin embargo, en una lucha tan desigual como ésta, en la que se estrellaban una y otra vez mis palabras contra su silencio, yo mismo le ayudé involuntariamente a que me derrotara. Yo fui quien hablaba para hacerle hablar. Él me dejó hacer. Yo me impacienté y hablé cada vez más. Él se relajó cada vez más y habló cada vez menos.
El mutismo de Filiberto se impuso. Yo era escuchado. Él callaba o preguntaba. Ya no recuerdo todo lo que le habré dicho. Mis palabras no eran importantes, no significaban casi nada para mí, no iban precedidas por ninguna idea sólida ni por ningún razonamiento consecuente. Respondían sin responder en absoluto, sólo dudando, a veces interrogando, siempre al final suplicando.
Mi ametrallamiento de palabras vacías e inconexas, recurso torpe y desesperado para vencer el silencio de Ricardo, no me sirvió más que para inspirar su desconfianza y hacerle extremar justificadamente su discreción. Silencio desconfiado
Cuando mis oídos me indicaron que habíamos dejado atrás la ciudad, o que ya estábamos fuera de su núcleo más ruidoso, las preguntas de Filiberto cesaron por completo, sin que mediara ninguna disculpa ni explicación ni despedida.
Me sentí solo, inerme y desamparado, pero también irritado, sobre todo irritado.
El silencio de Filiberto me irritaba por lo que podría significar, porque sentí que estaba motivado por su falta de confianza, o bien, asumiendo responsabilidades, por mi nula capacidad para ganar su confianza. Aunque no hubieran evidencias de la desconfianza de Filiberto, ésta me parecía más que evidente, se respiraba, se adivinaba extrasensorialmente, en una actitud sutilmente desconfiada que me penetraba por debajo de la evidencia.
Filiberto no se fiaba de mí. Algo había detectado en mi conducta que lo hacía recelar. Sólo me consolaba suponer, aferrándome a unos pocos y vagos indicios que apenas permitían suponerlo, que los eperristas eran unos desconfiados empedernidos, siempre y con todos, por naturaleza o más probablemente por una larga experiencia.
Voz sentenciosa
Pocos minutos antes de llegar a nuestro destino, en un largo camino de terracería, Filiberto rompió su silencio y me dirigió la última serie de preguntas. - ¿Por qué no vino María Luisa? Los esperábamos a los dos.
Percibí cierto disgusto en su voz y comprendí que debía justificarme.
- Yo hubiera querido que viniera -le dije con toda sinceridad.
- ¿No quiso venir?
- Sí, ella sí quería, pero nos dio miedo. Usted sabe que una mujer siempre es más vulnerable que un hombre, así que decidimos que yo viniera solo.
- ¿Usted y ella lo decidieron?
- Sí, platicamos varias horas acerca de esto, yo le expliqué la situación y terminé convenciéndola.
- ¡Ah! Eso ya es otra cosa. Fue usted el que lo decidió y luego la convenció.
- Bueno, sí, podría decirse que así fue.
- Sí, así fue -afirmó tajante.
- Con matices...
- No, sin matices. Me voy a meter en lo que no me importa y le voy a informar que hizo usted mal, muy mal. No sé cuál sea su relación con María Luisa, pero me queda claro que usted la está oprimiendo. Además de quitarle su libertad, convenciéndola de que no haga algo que ella quiere hacer, no la está dejando usted crecer, pues para crecer hay que arriesgarse. Entre mayor sea el riesgo, más aprendemos y más nos fortalecemos. Por eso nunca somos tan fuertes ni sabemos tanto como cuando ponemos en peligro nuestras vidas.
La voz se tornó un tanto sentenciosa al pronunciar las últimas palabras. A través de ellas pude intuir lo peligroso que era mi acompañante. Su veredicto había golpeado en una de mis partes más sensibles. Quedé anonadado. No me defendí... ¿Cómo habría podido defenderme? Inmediatamente, eso sí, resolví que no tendría por qué incluir en la presente obra tan despiadada intrusión en mi vida privada.
Voz dura
Llegamos a la casa de seguridad. El vehículo quedó estacionado frente a ella. Apenas se apagó el motor, Filiberto salió apresuradamente, luego abrió mi portezuela, me sacó jalándome del brazo, vendó mis ojos, me introdujo a la casa y me guió hasta el cuarto en el que habría de tener lugar la entrevista, cerrando tras de sí una puerta, seguidamente haciéndome atravesar una cortina
y por último sentándome en una silla. Luego, una vez que se hubieron cumplido algunos rituales de bienvenida, me retiró la venda de los ojos...
Me hallaba en el centro de una estancia grande y obscura, una especie de bodega improvisada en la que se guardaban utensilios de cocina, herramientas de todo género y una gran cantidad de cajas y bolsas de las que nunca pude conocer el contenido. El suelo y el techo eran de cemento, los muros de tabique, sin pintura ni recubrimiento de ninguna clase. A mi lado izquierdo se veía una ventana tapiada con madera y cartón, cubierta por un trozo de tela rasgada y desteñida, y junto a ella dos banderas, la de México y la rojinegra del EPR, ambas pegadas en la pared. A mi derecha, en el lado contrario, había una puerta negra de lámina metálica, y muy cerca, en el muro adyacente, una cortina colgando, la cual debía ser atravesada para acceder al resto de la casa.
Frente a mí estaba la mesa de madera en la que yo habría de escribir, cubierta por un mantel de plástico y rodeada por algunas sillas, en las que tomarían asiento los entrevistados. Más allá, en un rincón, se encontraba mi cama, un pequeño catre de fierro con la colchoneta cubierta por un sarape de Saltillo. A mis espaldas se escuchó la voz de Filiberto:
- Puede usted voltear.
Volví la cabeza y Filiberto cobró ante mis ojos una forma tan visible como fantasmagórica, tan largamente esperada como repentinamente inesperada, la forma de un eperrista encapuchado, sin rostro, con su rostro oculto detrás de un trozo de tela azul con dos agujeritos para verme...
¿Qué me habrá visto Filiberto que no pudo contener una sonora carcajada?
¿Fue capaz de ver el espanto que me causaba su aspecto y que me esforzaba por disimular? ¿Vió acaso el temblor de mis labios o la turbación de mi sonrisa o el inquieto desvarío de mis ojos que no sabían hacia dónde mirar? Haya visto lo que haya visto, no tardó en reprimir su hilaridad y en terminar su carcajada carraspeando, restándole así toda su importancia al acto de carcajearse, como si éste hubiera sido su estilo personal de empezar a carraspear.
A Filiberto me lo he figurado a veces como aquel a quien se le habría encomendado conservar la terrorífica solemnidad del acto y preparar al pobre entrevistador, prepararlo infundiéndole una dosis mínima de tensión y ansiedad que lo mantuviera suficientemente atento y cauteloso. Quizá con este propósito, después de carraspear y al percatarse de que ya me estaba relajando y de que hasta me estaba atreviendo a reclinarme en la silla y a cruzar las piernas, me pidió con sequedad que vaciara mis bolsillos y que depositara "todito" su contenido en un plato de cocina. Luego, tras haber registrado minuciosamente mi cartera y mi monedero, le ordenó a otro encapuchado, el cual acababa de entrar, que se acercara y que me cacheara. El otro obedeció con presteza, y mientras me palpaba el cuerpo con sus manos, Filiberto, refiriéndose a él, dejó caer con voz dura las siguientes palabras:
- A él no debe darle a conocer su identidad. Él sólo recibe órdenes, las recibe y las ejecuta, y nada más. No sabe quién es usted, no lo sabe ni puede saberlo. No le diga su nombre, ni a qué se dedica, ni a qué ha venido. Él sólo recibe órdenes. Cualquier cosa que usted necesite puede pedírsela, pero no se ponga a platicar con él, no se ponga a platicar, yo sólo se lo aconsejo, pues mañana hay que madrugar y ahorita lo mejor es que duerma bien.
Emiliano sin tierra: Conversación desaconsejada
Lo más conveniente, sin duda alguna, habría sido acatar el "consejo" de Filiberto y dormir bien las pocas horas de noche de las que disponía. Sin embargo, la presencia del otro, al que he bautizado como Emiliano, era una tentación que no pude resistir. Así pues, apenas partió Filiberto, deseándome las buenas noches y dejándome a solas con el tal Emiliano, procuré iniciar con él la conversación desaconsejada. Tras varios intentos fallidos, en los que se reía y advertía que él sólo recibía órdenes, logré arrancarle su historia y algunas opiniones desperdigadas sobre diversos asuntos. Debí empezar hablando sobre el clima.
- ¿Cómo está la temperatura afuera? -le pregunté candorosamente.
- Ajuera hace mucho frío. Aquí adentro no, ¿verdad?
- Sí, aquí se está muy bien, hasta hace un poquito de calor y da sed, pero
con esta botellota de refresco, que usted tuvo la amabilidad de comprarme, pasaré una excelente noche.
- No le quedan muchas horas pa'dormir, sólo unas dos o tres.
- ¿Usted las pasará en vela?
- Pos sí, yo debo cuidarlo.
- Si quiere duérmase una horita y mientras tanto yo lo cuido.
- Nooo -me constestó riéndose.
- Pues me da usted lástima. Quedarse allí parado, tantas horas, desvelándose, aburriéndose...
- Pos ni modo, así es la vida, así es la lucha del campesino. Pero hay que luchar, contra el gobierno, que es muy político, muy injusto...
- Oiga -lo interrumpí-, ¿me daría permiso de escribir lo que dice?
- No, no sé, no sé si pueda. No, mejor no.
- Ándele...
- No sé...
- No sea malo...
- Bueno, como usted quiera, usted es aquí el que manda, pero no sé si esté bien.
- Sí, esta bien, no se preocupe, recuerde que su compañero únicamente me prohibió hablarle a usted de mí -le hice notar mientras me sentaba y empezaba a escribir.
- Escribe usted muy rápido.
- No hay de otra.
- Pos sí, no hay de otra.
- Y usted, ¿es chilango?
- No, yo vine del campo.
- ¿Y cómo está la situación allá?
- Mal, ta'pior que en la ciudad. Yo no tenía nada, nada, ni un pedacito de tierra. Los pinches latifundistas tienen hasta dos mil hectáreas y los protege el gobierno, pero nosotros, los campesinos, o no tenemos nada o tenemos muy poco, tan poco que no da pa'vivir, y es por eso que hay que ir a la ciudad. Yo vine hace casi tres años, vine buscando trabajo. Desde que llegué soy albañil.
Hace ya mucho tiempo que conocí a los del EPR. Ellos me ayudaron a quitarme la venda de los ojos y a darme cuenta de que no es justo lo que pasa, que no es justo ganar en la ciudad tan poquito y chambear tanto y en tan malas condiciones, y que tampoco es justo allá trabajar la tierra que no es de uno, y tenerse que venir a la ciudad a construirles sus casotas a los ricos, a los dueños de la tierra, y que los cabrones, además de haberle quitado a uno la tierra, lo humillen y le hagan cargar como un burro y le paguen una miseria que no da ni pa'comer unos taquitos de canasta, y que tenga cada uno de estos jijos de la chingada hasta dos mil hectáreas, y que los campesinos trabajen para él como jornaleros, ganando un pinche salario que es todavía pior que el de los albañiles, y todo esto lo permiten los comisarios ejidales, que reciben los muy cabrones casas y camionetas último modelo y millones de pesos por hacerse de la vista gorda frente a los campesinos que pierden su tierra por no tener crédito y que tienen que vendérsela a los ricos, millonarios, que acumulan más y más terrenos. Y a ellos, ¿pa'qué les sirve tanto terreno? Pues sólo para hacerse ricos y pa'construirse casotas en la ciudad, pos para otra cosa no. Ellos no aprecian la tierra. Para ellos no es más que otro negocio. Pa'nosotros, en cambio, la tierra es muchas cosas. Allí nacimos y vivimos y morimos. Y la tierra en México es muy rica. Lo jodido es que no la tenemos, que nos la quitaron y que nos mandan matar cuando queremos recuperarla. Son los caciques, esos cabrones que lo acaparan todo, la tierra, la industria y el dinero, y que se protegen con guaruras, con policías, con soldados, con guardias blancas y con el gobierno.
Todo en México es de ellos, las tierras en las que uno cultiva, los negocios en los que uno compra, las casas que uno contruye. Y me han contado que es lo mismo en otros países, y que también en otros países hay guerrilleros como nosotros, y ricos y pobres, y malos y buenos. Así es la vida, por eso hay que luchar. Es triste, pero hay que luchar...
- Y hay que desvelarse, mientras otros duermen...
- Sí, no hay de otra, pero ya duérmase, pa'que aguante mañana y siga escribiendo
tan rápido.
Y Emiliano se rió, y se quedó sentado junto a la cama, cuidándome, y no me dejó que lo cuidara, y no durmió esa noche, mientras yo dormía, o intentaba dormir, porque no es facil conciliar el sueño cuando hay alguien vigilándonos a nuestro lado.
Alejandro pico de oro : Exaltado y sereno
Exaltación

Antes del alba me despertó Emiliano, a su modo, asiendo mi brazo y sacudiéndolo con fuerza.
Ya levántese, ya es muy tarde, los compañeros van a llegar y se van a encabronar si lo ven acostado.
Bostecé, me froté los ojos, me senté sobre la cama y tardé por lo menos unos cinco segundos en tomar conciencia de que había pasado la noche dentro de una casa de seguridad del EPR.
- ¿Durmió bien? -me preguntó Emiliano, con voz más suave.
- No muy bien. Creo que ni siquiera llegué a dormir, lo que se dice dormir.
Estuve sólo medio aletargado, apendejado, como si me hubieran anestesiado.
- Pos a mí me pareció que roncaba.
- Sí, puede ser, hubieron algunos minutos en los que pude haberme dormido, pero fue poco tiempo. Oiga, ¿dónde está el baño?
- Allá -y señaló con el dedo índice la puerta negra que estaba detrás de él-, pero debo ir con usted.
Cuando nos habíamos puesto de pie y nos disponíamos a salir por la puerta, súbitamente se abrió la cortina que conducía al resto de la casa y entró un nuevo encapuchado, Alejandro, el cual, después de saludarme amablemente, darme la mano, presentarse y susurrarle algo al oído a Emiliano, quien se marchó en el acto, se ofreció él mismo para acompañarme al retrete. Fui con él. No me dejó solo ni un instante. Luego regresamos y nos sentamos el uno frente al otro, él examinándome con curiosidad y en silencio, yo cohibido por su mirada, examinando por mi parte, con el mismo silencio y la misma curiosidad, su vestimenta y su postura, su camisa de cuadros y sus dedos entrelazados, su pantalón de mezclilla deslavada y sus largas piernas cruzadas, sus viejos zapatos y el movimiento rítmico de uno de sus pies.
Alejandro fue el que rompió el silencio, tuteándome, con una voz joven, llana y jovial, en la que había, sin embargo, un deje afectado y misterioso de universitario-capitalino-intelectual-atormentado-clasemediero-de-izquierda.
- En unos minutos van a llegar los demás. Ahora soy todo tuyo. Puedes preguntarme lo que tú quieras.
Le pregunté lo que yo quise. Con ningún otro eperrista me sentí en tanta confianza para preguntar, para preguntarlo todo. En cuanto a él, no dejó de esforzarse por responder, por responderlo todo, prolijamente, con una elocuencia notable, sin eludir ningún tema y sin escatimar largas aclaraciones e interminables circunloquios, hasta que un respiro mío le permitió manifestar
su asombro ante mi singular manera de preguntar:
- ¡Preguntas unas cosas! No es común que nos hagan preguntas como las que tú estás haciendo.
- Es que soy psicólogo de profesión y no tengo ninguna experiencia como periodista. Mi especialidad son las entrevistas psicológicas...
- ¡Eres psicólogo! ¿Y nos vas a dar terapia? La necesitamos, pues algunos de nosotros estamos bien orates. No, la verdad, ya fuera de broma, es que me gusta que hagas preguntas como las que estás haciendo. Hay quienes se imaginan que somos unos monstruos, o unas máquinas de matar, o unos dispositivos para producir inestabilidad. Es importante que esa gente vea lo humanos que somos, que se dé cuenta que los eperristas somos seres humanos antes que eperristas, que nuestra vida es humana y que vale tanto como cualquier otra vida humana, que somos humanos, humanos como nuestros enemigos, humanos
antes que nada, y que si hemos decidido ser también eperristas, lo hemos decidido por motivaciones humanas. La gente debe de poder verse reflejada en cada uno de nosotros, descubrirse en nosotros, descubrir en nosotros lo que hay dentro de ellos, lo reprimido y lo ilegal y lo clandestino que hay dentro de cada uno de ellos, lo revolucionario, lo encapuchado, su libertad negada, sus ideales abandonados, sus sueños prohibidos. Los que entiendan lo humanos que somos también comprenderán que nuestro asesinato es simultáneamente el asesinato de una parte de ellos, que por cada uno de nosotros que muera siempre habrá una parte de ellos que se esté muriendo, una parte que... Entró Emiliano, trayendo platos y cubiertos en sus dos manos, y Fernando enmudeció, quedándose unos segundos callado, inmóvil, con su mano en el mentón, como absorto en sus reflexiones. Seguidamente se levantó de la silla para ayudarle a Emiliano, pero fue demasiado tarde, pues ya todo estaba colocado y ordenado sobre la mesa.

Serenidad
Emiliano salió, desapareció como un fantasma, sigilosamente, detrás de la cortina. Alcancé a oír el murmullo de dos mujeres y el llanto de un niño, un llanto muy débil, tal vez ahogado en el pecho de su madre.
Alejandro prosiguió, sin dejar de meditar sobre lo mismo, pero en un talante menos exaltado.
- Lo que te quería decir es que esta entrevista de aprendiz de periodista, de periodista principiante, inexperto, esta entrevista informal, desordenada, medio psicológica, es posible que revele otras facetas de nuestra personalidad, facetas desconocidas, y así, haciendo que se nos vea desde varios ángulos, en tres dimensiones, también es posible que nos muestre menos simples, menos planos, menos artistas de pantalla grande, más humanos, más próximos al resto de la sociedad. Ya no seremos solamente los eperristas que salen de la nada y que disparan y que advierten y que sostienen y que desestabilizan, los bichos raros que hacen todas estas cosas raras que sólo saben hacer los dioses o los símbolos abstractos y casi siempre sinvergüenzas que aparecen en los periódicos, sino que seremos también los que hacen cosas normales que todo el mundo hace, cosas normales, comer, fumar, sentir, reírse, reflexionar, equivocarse, casarse, tener hijos, tener miedo...
- ¿Tener miedo? -lo interrumpí, emocionado, queriendo saber más sobre ese miedo que yo siempre achaco a los eperristas, miedo que ellos han negado, pero que ahora delataban, dándome la razón, o tal vez quitándomela, porque el miedo al que Alejandro se refería era el normal, el de todo el mundo, y no el de los bichos raros, planos y simples, que yo sigo insistiendo en achacar a los eperristas.
- Sí, tenemos miedo, siempre tenemos miedo, pero nunca demasiado, nunca tanto que nos paralice...
Y Alejandro, sereno, empezó a disertar acerca del miedo, y a transmitirme todo su miedo, paulatinamente, discretamente, sin que yo me diera cuenta, helándome la sangre con toda serenidad, con toda la serenidad con la que declamaba. Temí por mi vida. Nepantla y El Charco y otros escenarios sanguinolentos pasaron por mi cabeza. Imaginé un asalto militar o policiaco a la casa de seguridad, las sirenas, las peticiones de rendición, la estúpida valentía de los eperristas, los disparos, los gritos, las gotas de sangre salpicando mi libreta, la detención, mis promesas de inocencia, "oiga oficial, yo no soy eperrista, ni siquiera soy periodista, no soy más que un pobre aprendiz de periodista, se lo juro, y además soy priísta, o panista, o lo que usted quiera, carrancista, huertista, lo que usted quiera, pero ya no me lastime, ya no, que le digo que no soy eperrista, ni zapatista, ni pobre, ni tampoco idealista, ni estudiante, ni indígena, de veras, ya párele, se lo pido, por el amor de Dios".
Con lo que Alejandro consiguió aterrorizarme fue con su notable destreza para sugerir imágenes, así como para sugestionar al oyente con esas imágenes, una destreza que se aunaba a una facundia, a una inspiración y a una sensibilidad que eran tan extraordinarias como la profundidad, la erudición y la clarividencia del presunto eperrista Javier. No dejaba de maravillarme, aunque tampoco dejaba de apenarme y hasta enfurecerme, un hallazgo tan imprevisible como el de talentos semejantes en las filas de una organización armada, en la que uno esperaría no encontrar inteligencias destacadas más que en táctica militar, primeros auxilios o tiro al blanco... ¿No es una pena que mexicanos de tanta valía tengan que arriesgarse y sacrificarse como se arriesgan y sacrifican los eperristas, de un modo tan vano, tan infructuoso, tan bueno para nada? ¿Pero no es una maravilla que a mexicanos de tanta valía no les importe arriesgarse, y que estén dispuestos a sacrificarse de este modo, y que todo lo hagan sin nombre, ni rostro, ni reconocimiento? ¿Aunque no enfurece, al mismo tiempo, que mexicanos de tanta valía sean los que de este modo se desperdicien, mientras que otros, de considerablemente menor valía, sean a menudo los que más se aprovechen en los centros de poder y decisión?

Fernando el taciturno: Cuerdo y honrado

Alejandro continuaba disertando sobre el miedo, y yo continuaba estremeciéndome de miedo a cada una de sus palabras, cuando repentinamente, produciendo en mí un sobresalto que fue el apogeo de mis terrores, se abrió la cortina e hicieron su aparición tres encapuchados, Filiberto y dos nuevos, de nombre Fernando y Jacinto, el primero alto y esbelto, el segundo pequeño y regordete.
Alejandro y yo nos pusimos de pie y saludamos a los recién llegados. Nos sentamos luego todos en torno a la mesa. Poco después llegó Emiliano, se plantó detrás de mí, aguardó a que nos calláramos y entonces anunció con cierta solemnidad que ya estaba listo el desayuno. Los demás se levantaron, salieron a través de la cortina y regresaron en un abrir y cerrar de ojos, trayendo las botellas de refresco, las tortillas, los frijoles y una olla con huevos a la mexicana. Cada uno se sirvió en su plato. Empezamos a comer, unos antes y otros después, sin ninguna formalidad. Para introducir los alimentos en la boca, ellos, ocultándose con una mano, debían alzar la capucha hasta el labio superior. A mí, cómodamente concentrado en mi paladar, la comida me pareció deliciosa. Queriendo hacérselos saber, aventuré un elogio sutil que no fue muy bien recibido.
- ¿Para qué tomaron las armas si comen así de bien, tan sabroso, exquisito y además abundante? Si estuvieran hambrientos lo entendería, pero ¡comiendo así!
- No desayunamos así todos los días, pero de cualquier manera no se toman las armas solamente para desayunar mejor -gruñó Filiberto.
- Fue contraproducente agasajarlo, yo se los advertí -agregó Jacinto en son de broma.
- Hay que reconocerlo, tomamos las armas para desayunar Corn Flakes, o de perdida filete a la tampiqueña, chilaquiles y jugo de naranja, como en Sanborn's
-explicó por su parte Alejandro.
Fernando no comentó nada, sólo se rió y asintió con la cabeza, con la cabeza baja, meditabundo. Muchas veces repitió este mismo gesto, expresando con él la forma razonada y atenta de su aprobación o adhesión a lo que se estuviese diciendo.
Entre los entrevistados, Fernando fue sin duda el que menos habló. Tan escasas fueron sus palabras que me ha resultado sumamente difícil forjarme con ellas una imagen de él. En un principio no se me ocurría nada que pudiera escribir sobre este hombre, hasta que ayer por la noche, cuando repasaba una y otra vez mis anotaciones de aquel día, creí adivinar dos rasgos que podrían ser idóneos para caracterizarlo: por un lado la sensatez, que le hacía matizar las declaraciones de sus compañeros y tornarlas más acordes a la realidad, y por otro lado la honestidad, que teñía cada una de sus intervenciones y que probablemente motivaba su decisión de no intervenir con demasiada frecuencia.
Estos dos rasgos, confundidos por lo general el uno con el otro, han de haber sido los que llevaron a Fernando a mantener una actitud autocrítica despiadada y demoledora frente a toda suerte de problemas, errores y deficiencias que percibía en el EPR: la falta de un comunicador tan competente como el subcomandante Marcos, la reiterada inferiorización de la mujer, la uniformidad y frialdad de las publicaciones... Cuando exterioricé ante Fernando cuánto me admiraba su actitud autocrítica,
él, evidentemente incomodado, se limitó a señalar con humildad:
- No serviría para nada presumir de que no cometemos errores, como hacen otras organizaciones, que no viene al caso nombrar. Todos cojeamos, y todos cojearemos siempre, aunque podemos cojear cada vez menos, pero ésto sólo es posible si reconocemos antes nuestra cojera y nos empeñamos en curarla.

Jacinto el jacarandoso: Especulaciones sobre la seguridad, la verdad y la feminidad
Periodistas mañosos
Si hay sujetos que han nacido con gracia, que no pueden ser más que graciosos y que no saben hablar más que graciosamente, Jacinto era uno de ellos.
Jacinto, magistralmente jocoso, picante, ocurrente y sandunguero; entremeseando y salpimentando la entrevista con toda clase de lindezas, chistes, agudezas y bufonadas; riendo sin parar y haciendo reír a costa mía y de sus compañeros; burlándose de nuestra gravedad, jugando con nuestras palabras, no tomando casi nada en serio, casi nada que no fuese del más exuberante género humorístico mexicano.
Justo después de su llegada, Jacinto se me aproximó, cogió mi cabeza con sus dos manos y me escudriñó una oreja, mientras increpaba a sus compañeros:
- ¿Cómo? ¿No le revisaron las orejas? ¡Pues son ustedes unos irresponsables!
¿Y si trajera un micrófono? ¿Qué? ¿No saben ustedes que los periodistas son todos unos mañosos?
De no haber sido por las risas que suscitó la inocentada, yo también habría desaprobado la negligencia de los eperristas y habría soportado sin rechistar esta muy sabia medida mínima e imprescindible de seguridad.
Jacinto prosiguió, dirigiéndose a mí, gritándome al oído:
- Así como lo oyes, ustedes los periodistas son todos unos mañosos, unos mañosos y unos sinvergüenzas. No se puede confiar en ustedes. Nomás andan viendo cómo entramparnos, malinterpretando lo que decimos, inventando cosas que no decimos, pasando a Gobernación lo que decimos y los que no decimos. Nunca nos regalan nada, nadita de nada, ni siquiera unos miserables dulcesitos, y si nos los regalaran sería porque les pusieron cianuro o porque vienen con policía incluido. Por eso debemos ser tan precavidos, porque la cárcel de Almoloya es muy fría.
Fealdad encapuchada
Desayunamos. Jacinto me ofreció un cigarro, que rechacé, diciéndole que no fumaba.
- ¿Y bebes? -me preguntó con voz extrañada.
- No, tampoco -le mentí.
- ¿Cómo puede ser? No fumas, no bebes. Entonces, ¿qué habrás venido a enseñarnos? -se preguntó Jacinto a sí mismo, rascándose la cabeza y mirando al techo.
- Yo vengo a que ustedes me enseñen -corregí.
- Ya lo vemos -continuó Jacinto-, ya vemos que eres un niño todavía más bueno que nosotros. Ni modo, no podremos aprender nada en este encuentro.
Los demás sí aceptaron un cigarro cada uno. Jacinto se los encendió a todos.
A uno de ellos, que ya no recuerdo quién era, se le quemó una orilla de su capucha. Siguieron las carcajadas y las bromas y la charla se desvió hacia el tema de las capuchas. Jacinto intervino del modo acostumbrado.
- ¡Ah, no! Yo no le tengo miedo a nadie. Yo no me encapucho por miedo, sino por vergüenza, porque estoy bien feo y no es correcto andar asustando a las mujeres.
Todos nos reímos, y él, después de una pausa, continuó en un tono más severo:
- No se rían, que no estoy mintiendo, yo nunca miento, ninguno de nosotros miente. Lo más importante en nuestra organización es la verdad y la sinceridad, no andar con apariencias que se vendan, sino ser lo que somos y decir lo que somos y lo que sentimos, aunque sea feo, aunque no se venda. Así que deben creerme cuando les digo que soy feo, que no estoy guapo como el Che ni como el subcomandante Marcos. Ésta es la purita verdad, puede ser publicada y difundida, no importa que nos reste simpatías. Más adelante, criticando mi cuestionamiento a la ideología del EPR, Jacinto volvió a tocar los temas de la compra y la venta y de la verdad y la mentira:
- Creemos en lo que decimos que creemos. No mentimos. Nuestra moneda no es la mentira. Nosotros jamás compraremos nada pagando con mentiras.
Nuestra única moneda es la verdad, no tenemos otra, no podemos cambiar la que tenemos. Podemos estar equivocados, pero no mentiremos. Si cambiamos de ideas, será porque alguien nos ha convencido que nuestras ideas son falsas, pero no porque alguien nos haya convencido que nuestras ideas valen poco en el mercado de las ideas. Mientras nuestras ideas sean las que son, las proclamaremos tal como son, aunque no tengan ningún valor en el mercado. Nosotros ni siquiera queremos entrar en ningún mercado. Sabemos que no podríamos entrar sin mentir, y lo más importante para nosotros es la verdad. Mi
fealdad, por ejemplo, no cotiza bien en el mercado. Para venderme tendría que asegurar que soy guapo y atractivo, y mentiría, pero yo soy un eperrista y no puedo mentir, y al fin y al cabo tampoco me interesa venderme. Nosotros no nos vendemos, por nada, ni por el triunfo ni por la celebridad, ni siquiera por gustarle a las mujeres.

Comentario falocéntrico
Cuando incursionamos en el tema de las mujeres, Jacinto se defendió con pasión de una de las autocríticas de Fernando, la referente a la inferiorización de la mujer en el EPR.
- Aquí son bien amadas todas las mujeres. Las idolatramos, y hay días que no podemos pensar más que en ellas y que nos olvidamos hasta de hacer la revolución. De todas nuestras bajas, las que más nos duelen son las femeninas, las de esas mujeres traicioneras que se dejan robar por los guapos, los que no tienen que encapucharse como nosotros para esconder su fealdad...
- Puede ser -le advertí- que ciertas mujeres juzguen falocéntrico su comentario.
- ¿Falo... qué?
- Falocéntrico, de falocentrismo, de falo y centro -expliqué sin explicar nada.
- ¿Falocentrismo? ¿Falocéntrico? Me gustan estas palabrotas, suenan muy violentas, muy radicales, y al mismo tiempo muy a la moda, muy posmodernas.
Se han de vender muy bien, ¿verdad?, así que se me hace que desde mañana las vamos a incluir en nuestras declaraciones y comunicados, pa'ganarnos a las mujeres en pie de lucha, pa'que se asusten los burgueses conservadores y pa'que ya no anden criticándonos por usar un vocabulario viejo y anticuado.
¿Lo ves? Yo sabía que ibas a enseñarnos algo... ¡Falocentrismo! Y nosotros hablándote de tabaquismo y de alcoholismo. Siempre los eperristas resultamos ser unos niños más inocentones que los que nos visitan.
No vayamos a pensar que todas las exteriorizaciones de Jacinto fueron tan desenfadadas y campechanas como las que acabamos de mencionar. Ciertamente la gran mayoría lo fueron hasta cierto punto, pero muchas no lo fueron, y en cuanto a las que sí, hay que reconocer que nunca por completo ni en exceso. A través de una ligereza y una gracia cristalina, siempre traslució en ellas un fondo opaco de verdad y gravedad. Por más graciosas que fueran, no sería justo que las tacháramos de frívolas, insustanciales o superficiales. Por otra parte, contamos con aquellas extensas participaciones de Jacinto que fueron predominantemente serias, las cuales serán citadas en la segunda parte y en los capítulos que les correspondan. En ellas, el humorismo, aunque pocas veces haya sido nulo, solía ser mínimo o intrascendente, casi nulo, no sirviendo más que para amenizar o agilizar la conversación.
Para concluir, no está de más asentar mi presunción de que Jacinto ocupaba una posición superior con respecto a los otros entrevistados, probablemente debido a su rango en el escalafón del EPR, o tal vez, simplemente, en virtud de algún mérito personal, de una mayor experiencia en la lucha o de su carisma y su liderazgo natos. La inflexión de su voz, cada vez que dejaba de hablar conmigo y se comunicaba con sus compañeros, lo delataba como un hombre acostumbrado a mandar y a ser obedecido, o a enseñar y aconsejar y a ser especialmente atendido y respetado. En cualquier caso, la diferencia que había entre él y los demás era prácticamente imperceptible, por lo que yo sólo alcancé a percatarme de ella hacia el final de la entrevista. Dicho sea de paso que entre los eperristas, o por lo menos entre estos eperristas en particular, se observaba una gran horizontalidad e igualdad en el trato, cualidades tanto más encomiables cuanto que no resulta nada fácil conservarlas en las organizaciones armadas, las cuales, como bien sabemos, tienden naturalmente a la jerarquización y la verticalidad.


SEGUNDA PARTE

Palabras leídas y oídas
Esta segunda parte la hemos dividido en doce pequeños capítulos, cada uno de los cuales, dedicado a uno de los doce temas generales que tratamos con el EPR, está ordenado por temas específicos y consta de las siguientes dos secciones:
Sección de las palabras leídas. Concierne a las palabras intercambiadas en